Diario De...

Maj Navaka

En esta novela de tono autobiográfico, Maj está sinceramente apostando al póker. No pretende ganar con una mano precisa, ni perder de una manera rimbombante. Hay una lucidez que le impide ser feliz, pero que le promete la felicidad como un conejo que se despierta en las mañanas a correr lo más lejos posible de estas madrigueras apestosas que son la civilización humana. Este mar, decía, sobre el cuál se puede romper con una tabla; es una realidad que nos promete por medio de la belleza del ritmo y del sol, alzanzar un estado de gracia.

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Diario de...

Maj Navaka
Prólogo de José Natsuhara
Diario de Coliseo: El joven escritor frente al concierto desquiciado de las voces

No se puede ser tan ingenuo para equiparar el proceso creativo con un camino de flores a modo de un colchón existencial donde los niños y los perros dan saltos de atletas olímpicos y huelen los vientos de una permanente traquilidad. Se puede concebir el arte como un medio para alcanzar la calma, incluso las escrituras de la revelación propias del misticismo plantean tal modalidad, pero de ello no podemos afirmar que el camino no sea escarpado. Así, muchachos como Maj Navaka experimentan los altos y los bajos de una marea sobre la cual disponen las tablas de surf. Se trata pues de surfear sobre la oscuridad brillante de un vacío profundo y azul que te puede devorar o brindar lo mejorcito de la adrenalina acuática. Esto bien lo saben los marineros, que el océano puede ahogarte o regalarte un buen cargamento de almejas y anchovetas. Los muchachos deben de enfrentarse a esa línea fina entre la cordura y la demencia que va desdibujando la creatividad. Maj Navaka entra en un coliseo romano donde libra batallas con ese concierto de gladiadores mentales que son las voces que todo escritor conoce. Ya lo había mencionado otro perturbado, que el que se dedica a este oficio a lo mucho escucha voces.


Estas voces de la inspiración son en un principio puras e incontrolables, y la maestría para limitar a la página su campo de acción es lo que define la calidad de un autor. La carencia de ellas seca el panorama de personajes y situaciones que exceden nuestra vida de oficinistas de la realidad; y la sobreabundancia de las mismas puede hacer peligrar la sistematización artística tanto como nuestro autocontrol. He aquí un proceso que es piedra de toque, el reconocer y dialogar con los ángeles y con los demonios, y no perder las riendas en medio de tales labores. En ese sentido este diario es un documento esencial para saber cómo en la ciudad ‒monstruosamente bella, dolorosamente bella‒ de Lima, un colega ha superado a su manera esta etapa de fuego sobre la mente. Maj Navaka expone a las voces y recibe sus cuestionamientos, pero también las golpea con tremendos jabs a la quijada; tiene la irreverencia de decirles que no “les cree ni mierda”. Una postura que cualquier persona debe de anotar si es que no desea acabar en un manicomio por no saber administrar sus propios ranchos. No siempre, pero la demencia puede aparecer por falta de técnica, después de todo también nos exponemos a revivir traumas o abandonarnos largas temporadas a la melancolía. Hay que tener los ojos abiertos ante esos clichés que más que darnos la mano nos lanzan una soga para hacerles compañia al heno del que está formado el dulcísimo planeta.


Hay una preocupación por vincular la locura con la estética. De ello podemos leer aquí poemas que son raptos espirituales que se hacen carne a través de figuras marginadas o encantos sibilinos que aguardan en las bancas de los parques a jóvenes para succionarles el alma usando la piel de firmes cuarentonas. He aquí nuevamente que la edad lozana tiene que oponerse rotundamente al discurso de la inexperiencia amarga y estúpida, tiene que profesar una agudeza del instinto El escritor tiene que estar más despierto que un boxeador en su época de oro, porque ha de experimentarlo todo y tener la desfachatez de salir bien librado con una sonrisa y unos papeles que son regalos para otros que están perdidos pero ansiosos de plenitud.


En esta novela de tono autobiográfico, Maj está sinceramente apostando al póker. No pretende ganar con una mano precisa, ni perder de una manera rimbombante. Hay una lucidez que le impide ser feliz, pero que le promete la felicidad como un conejo que se despierta en las mañanas a correr lo más lejos posible de estas madrigueras apestosas que son la civilización humana. Este mar, decía, sobre el cuál se puede romper con una tabla; es una realidad que nos promete por medio de la belleza del ritmo y del sol, alzanzar un estado de gracia. Le ha de quedar en claro al creador entonces, que en este territorio donde nos jugamos la iluminación, poco han de importar las opiniones de terceros (salvo que tengan estos un interés real y fundamentado en nuestra alegría). Lo que se persigue es una vida extraordinaria y total.