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A veinte años de Bloodflowers | Las constantes briagas del abstemio #01

Actualizado: nov 1


Las constantes briagas del abstemio #01, una columna de Juan Rey Lucas


La música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz

Claude Debussy

La única historia de amor que jamás tuve fue la música

Maurice Ravel

Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexplicable es la música

Aldous Huxley

Exactamente han transcurrido cuatro lustros del disco que los veía retornar a la palestra musical al final de la centuria. El líder iconográfico oriundo de Blackpool, Robert James Smith se ha mantenido modestamente visible (lo último ha sido su colaboración en el tema Strange Timez a dúo con Gorilaz). Quizá las flores sangrantes sea el disco más thecuresco y se le encasille en su misma virtud. Sobre todo, era anhelado su aparecer después de uno de los tantos extensos ostracismos por los que el conjunto siempre gusta. Aquí todo delineó en una frondosa homogeneidad. Es por ello que rememoramos la aparición del undécimo álbum de la banda que aún a pesar de sus salidas, conflictos y reveses siempre ha conservado el aguijón pulido para crear manufactura melómana a la altura para su conservación en la historia. Después de sacar el menospreciado “Wild Mood Swing” por todo el mercado musical, pasarían cuatro años como colofón del siglo XX para que The Cure se propusiera sacar otro disco. Irrumpe Bloodflowers y no llama mucho la atención. Llama más al morbo la presencia de la banda, que el disco en sí. Equivocándose todos lo que lo soslayan. Nadie (en el mundo) como Robert Smith ha sido tan versátil, hábil, variable, transformador para darle multiplicidad al concepto amor: poli-dimensional, de complejidad afectiva, impersonalización del sentimiento, heterogeneidad de aquella idea que se puede (o él logra) percibir en la materia humana. Un bardo oscuro, tierno, genuino. Todo el material conlleva un tono cuasi-acústico que logra bloques de diferentes guisas. Es el amor elevado, caído, tiránico, tonto, robusto, pobre, cósmico, superfluo. Smith embolsa un disco que requiere ser revestido por el tiempo una y otra vez, para que el oído del mortal común pueda percibir la verdadera reciedumbre. Comienza la generación de la aventura con la evocadora y utópica “Out of this World”; acto seguido se manifiesta la concentrada, plúmbea y exorbitante (dura más de diez minutos) “Waching me fall”. Viene la incorruptible, inmanente, e impasible “Where the birds always sing”; para prorrogar con la espléndida, perseverante, y empeñosa “Maybe Someday” con esa letra tan persistente y tenaz: “Sí, quizás algún día vuelva otra vez”. Continúa –quizá- la rola más grande del disco que condensa toda la atmosfera del mismo. La tonalidad barre con todo: lo exterioriza más vivo, más sencillo, lo resalta. Smith alcanza fisuras creativas de primer orden. No sólo la música, sino la letra. La sosegada e imperturbable “The last day of summer”. Aparece una canción-coloquio que oscila en el intercambio traspasados por la eternidad, en una pareja donde ambas partes exhiben su compromiso. La perenne, y transfigurada “There is No if…”. Nos adviene una meseta musical mágica, ensoñadora, alada e ingrávida: la aniñada, cándida y panoli “The loudest sound”. Robert nos expresa que en la edad infantil corren fuerzas que alcanzan lo sempiterno y arrebasan al corpus lactante. Después nos hace entrar a la arácnida, anómala, y fascinantementextraña “39”. La última canción que sella el disco es la que le da nombre. Un cántico que deja a todo el trabajo siempre abierto. Siempre eterno, pues el coro never death de la devastadora “Bloodflowers” es la obstinación por el jamás dejar de existir. The Cure crea un disco inconmensurable en lo afectivo. Tantos hay de detractores como de defensores de él. Pero jamás pasa desapercibido, sobre todo porque fue el retorno de la banda después de una ausencia que parecía en esos años el fin de la banda. Pero fue más bien el cierre al viejo siglo y el inicio del veintiuno. Un disco que abreva de sus dos tiempos ensamblados. Bloodflowers consigue lo que quiere: trastocar no por agresión, sino lo que inspira siempre al líder iconoclasta de la cultura pop del pesimismo: el amor.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería