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Autodefinición: el privilegio de ser mujer | Meditación en el umbral #03


Meditación en el umbral #02, una columna de Fabi Bautista

Su nombre fue Teresa Wilms Montt, poeta e intelectual nacida en 1893 en la ciudad de Viña del Mar. Hija de dos influyentes familias miembros de la élite chilena, su vida estuvo dictada por los mandatos de la época; imposiciones contra las cuales luchó hasta el último de sus días. Caracterizada por una voz madura, sensible y fuerte, criticó abiertamente la vida burguesa y los ideales de género para consagrase como escritora. De esta manera, obras como Inquietudes sentimentales (1917), Anuarí (1919) y Cuentos para hombres que son todavía niños (1919) lograron ver la luz aún con el rechazo y estigma social en torno a la creciente inserción de las mujeres en la literatura.

Si bien el yugo familiar en el que se vio envuelta, así como el hecho de ser mujer fueron elementos determinantes que la ataron a un sinfín de costumbres, tradiciones y expectativas designadas para la élite femenina; es preciso apuntar que el pertenecer a una clase social alta fue el punto de partida para acceder a una formación académica que —más adelante— le permitiría desenvolverse en el ámbito literario. En torno a esta realidad, Adolfo Pardo —editor de la revista “Crítica” — señala que “sólo entre las clases acomodadas la mujer podía tomar lecciones de música, leer a los poetas greco latinos y alguna novela francesa de carácter romántico y educativo.” (2001, párr. 2).

Como todo ejercicio de reflexión histórica, resulta imperante el no aludir a dicotomías. Las circunstancias en torno a la educación de las mujeres no pueden ser vistas como un binarismo blanco- negro, bueno-malo; sino como un fenómeno complejo en sus diferentes matices. En tanto aparato ideológico, la formación femenina apelaba al supuesto destino biológico (mismo que, hoy sabemos, es mera imposición social) de madres y esposas para instruirlas en los “buenos modales de una dama” (Pardo, 2001, párr. 2). Aunque precaria, sexista y plagada de estereotipos y prejuicios de género, aquella práctica educativa significaba el acceso a una cultura que de otra forma sería inalcanzable.

Sirva esta breve contextualización como un preámbulo para lo que nos compete, el poema “Autodefinición”, cuya escritura se estima ocurrió entre 1919 y 1921. Ya el título, característicamente preciso, desprende una serie de interrogantes. El dar respuesta a qué significa ser mujer es quizá la primera de ellas.


Soy Teresa Wilms Montt y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie.

De manera contundente, la autora se nombra en el primer verso para marcar una voz poética asumida desde el yo. Lo anterior no sólo designa el nivel de compromiso que establece con lo recitado, sino que —aludiendo al acto moderno de autodenominarse— “constituye una atribución consciente frente al menoscabo y a los insultos recibidos en una posición representativa anterior” (Sepúlveda, 2009, p. 75). Recordemos que su vida estuvo marcada por el rechazo de sus compañeros, su familia y su propio esposo, quienes se veían incapaces de aceptar su libertad como mujer y como escritora. Fue tal la magnitud de esto, que fue obligada a recluirse en el Convento de la Preciosa Sangre, sitio del cual lograría huir tras un intento de suicidio.

Por tanto, y contra toda crítica producto del estigma, Wilms Montt se posiciona abiertamente dentro de sus versos para llevar a cabo una denuncia social. ¿Hacia quién va dirigido? El mensaje es claro, son las mujeres aquellas que comparten su experiencia y sentir. Así, sin importar el lugar o la época, las lectoras se verán identificadas con lo siguiente:


Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo. Cuando me dieron la espalda, yo di la cara. Cuando me dejaron sola, di compañía. Cuando quisieron matarme, di vida. Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad. Cuando me amaban sin amor, yo di más amor. Cuando trataron de callarme, grité. Cuando me golpearon, contesté.

Marcado por figuras retóricas como la anáfora y la antítesis, y lejos de asumir una postura dócil y abnegada, la poeta aborda la experiencia del ser mujer a partir de una contraposición de ideas. De esta manera, cada verso plasma la hostilidad de una sociedad que constantemente la violentó, enjuició, denigró y revictimizó para responder con un “sobreviví”. Para la filósofa norteamericana Elizabeth V. Spelman, el sexismo es “la única relación de poder transversal a todas las mujeres, cualesquiera que sean su clase, su sexualidad, su color, su relación, etc.” (ctd en Dorlin, 2009, p. 71) por lo cual —como lectores— lejos de romantizar esta condición de la mujer como resiliencia, es necesario el cuestionar por qué de alguna forma u otra, la violencia (en todas su vertientes y dimensiones) es un experiencia común asociada al género femenino.


Fui crucificada, muerta y sepultada, por mi familia y la sociedad. Nací cien años antes que tú sin embargo te veo igual a mí.

Wilms Montt no sólo vivió en carne propia la cruel realidad que implica el ser mujer, sino que la reconoce como un presagio para sus congéneres. En este sentido el “quién soy” está marcado inicialmente por el género, es aquel el primer elemento que conforma su identidad. Y es de éste que se desprenden una serie de condiciones históricas, sociales y políticas que vulneran y violentan al “bello sexo”. ¿Qué otros elementos y experiencias constituyen el ser mujer? La antropóloga e investigadora mexicana Marcela Lagarde apunta que “la identidad remite al ser y su semejanza, su diferencia, su posesión, y su carencia” (1990, p. 1). De manera que, inserta en un binarismo de género, la condición femenina está marcada por todo aquello que implica el no ser hombre.


En este sentido, mientras los valores masculinos han sido asociados tradicional e históricamente con características como la apropiación del espacio público, la fuerza y lo racional; la mujer ha quedado relegada al ámbito privado, la sumisión y lo irracional, ideas reproducidas bajo un sistema patriarcal, machista y misógino. Así, frente al paradigma masculino ante el cual se construye el mundo, las mujeres constantemente hemos sido percibidas como “la otredad”, la mitad invisible de los hombres; sus eternas, abnegadas y silenciosas (o silenciadas) compañeras.

Si uno de los elementos que caracterizan a las bellas artes es la atemporalidad; aquella sutil resistencia al peso de los años, la pertenencia de “Autodefinición” aún en el siglo XXI materializa el presagio que Wilms Montt auguraba un siglo atrás: sin importar el tiempo o espacio en el que se halle inserta, la condición de la mujer estará atravesada por la represión, la violencia y la injusticia. Como expone Lagarde, para la ideología patriarcal “el origen y la dialéctica de la condición de la mujer escapan a la historia y, para la mitad de la humanidad, corresponden a determinaciones biológicas congénitas, verdaderas, e inmutables” (1990, p. 2).

El aceptar que la violencia es el destino que nos tocó por ser mujeres funge como una herramienta de represión para mantenernos inertes. Poemas como el de Teresa Wilms Montt no nos incitan a permanecer dormidas, por el contrario, son un medio para que la experiencia vivida en y a través de sus versos no sea la realidad de las futuras generaciones. Es casi imposible no identificarnos con lo que expone la autora chilena, no hallarnos en su sensibilidad. Es justo en ese dolor, pero también en esa rabia evocada por el poema que debemos redefinirnos como mujeres; cuestionar lo que hasta ahora se nos ha enseñado y construir una experiencia, no como la contraparte masculina, ni como las eternas mártires abnegadas del mundo, sino como seres libres “insaciables de ideales”1.


Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas.




1 “Las mujeres somos vehementes, y por eso inconstantes. El hombre es mil veces mejor organizado; ellos esperan. Cuando un ser femenino desea una cosa vive, agoniza, muere por conseguirla. Y en su cabeza no hay otro pensamiento. Cuando lo consiguen vienen casi inmediatamente el hastío y el desencanto. Nosotras somos locas insaciables de ideales, y uno tras otro, sin descanso ni tregua hasta que la vejez pone término al fuego de la imaginación y de la fantasía…” Inquietudes sentimentales, 1917.

Referencias bibliográficas

-Dorlin, E. (2009). Sexo, género y sexualidades. Introducción a la teoría feminista. Nueva Visión. -Lagarde, M. (1990). Identidad femenina. CIDHAL.

-Pardo, A. (2001). Historia de la mujer en Chile. La conquista de sus derechos políticos en el siglo XX (1900-1952). Crítica. http://critica.cl/historia/historia-de-la-mujer-en-chile-la-conquista-los-derechos-politicos-en-el-siglo-xx-1900-1952

-Sepúlveda, M. (2009). El acto de nombrarse Mistral en Poema de Chile. Revista Chilena de Literatura, 75, 157-170.

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