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¡Ay, de mí, llorona, llorona! | Ojos abiertos #04


Ojos abiertos #04, una columna de María del Rosario Acevedo Carrasco

En los pueblos se cuentan muchas historias, desde las bolas de fuego que cruzan el cielo para alimentarse de niños hasta los hombres que se transforman en animales y deambulan por las noches cobijados por la obscuridad. Pero hay un relato que trasciende el tiempo y las fronteras, que se cuenta en el campo y la ciudad y que ha pertenecido al folclor mexicano desde hace tanto que todos parecemos conocer al primo del amigo del vecino que jura haber escuchado el desgarrador lamento alguna vez.


La leyenda de la llorona tiene tantos matices que hoy existen versiones para todos los gustos. La historia más común nos habla de una mujer que, al ser abandonada por su esposo, pierde la razón y ahoga a sus tres hijos en un lago, condenándose a vagar por la eternidad buscándolos, casi siempre cerca de algún cuerpo de agua y clamando con el clásico grito «¡Ay, mis hijos!». Sin embargo, el origen real data de hace más de 500 años en el México prehispánico.


El Códice Florentino, escrito por Fray Bernardino de Sahagún, narra que pocos años antes de la conquista hubo en Tenochtitlán ocho tetzahuil o presagios funestos que anunciaban la caída del imperio Mexica. En su mayoría, los tetzahuil constituyeron fenómenos naturales súbitos o con consecuencias devastadoras, pero en la narración de Sahagún llama la atención el sexto presagio: La aparición de Cihuacóatl.


Se cuenta que Cihuacóatl, la diosa protectora de las mujeres que morían al dar a luz, caminaba por las noches llorando y gritando “Hijos míos, ya nos vamos. Hijos míos, ¿a dónde los llevaré?”. En otros textos se menciona que la mujer cargaba consigo una cuna que abandonaba al llegar a la plaza y que, en su interior, tenía solo un puñal.


Con la conquista y la caída del imperio se perdió, entre muchas otras cosas, esta leyenda. Sin embargo, al poco tiempo se popularizó el relato de una mujer vestida de blanco que recorría las calles de la ahora Ciudad de México profiriendo gritos y gemidos lastimeros. Caminaba hasta la Plaza Mayor y se hincaba para lanzar el último lamento antes de continuar su camino hasta el lago, donde finalmente desaparecía. A partir de estas historias, se bautizó al espectro como la llorona y comenzó su consagración como leyenda.


Se decía que era una mujer indígena que se casó con un hombre español, incluso le atribuyeron el nombre de la mismísima Malintzin. El nombre después desapareció y se limitó a una mujer abandonada, enloquecida por la ira y el dolor causados por la pérdida y que la llevaron a asesinar a sus dos o tres o ene hijos. Se le relacionó a los ríos y los lagos, pero también a las calles y caminos por donde transitaban hombres borrachos e infieles a quienes asustaba para escarmentar. Fue hermosa, pero también tan aterradora que cualquiera que se topara con ella perdía la razón, fue un mal presagio, el lamento que anunciaba muertes y hacía estremecer hasta a los animales.


Mito o realidad, no podemos negar lo impresionante e improbable que resulta que un relato haya sobrevivido a lo largo de tantos años manteniendo su esencia casi intacta, quizás es el terror disfrazado de fascinación por lo desconocido, la necesidad de preservar algo que sentimos que nos acerca a nuestro origen o simple curiosidad. Lo que es un hecho, es que ni el paso del tiempo ha podido desaparecer a esta mujer espectral que ha parecido adaptarse a una infinidad de mundos nuevos que aparecen cada día.


La llorona es parte fundamental de la cultura mexicana, al grado que fue protagonista del primer filme de terror hecho en el país. Pero no solo está presente aquí, varios países hispanohablantes han adaptado este espectro a sus usos y costumbres y tienen sus propias lloronas.


Podemos creer las historias y evitar a toda costa pasar por los lugares donde la han escuchado, o ser escépticos y reírnos de lo que nosotros creemos que son tonterías que datan de un tiempo muy distante al nuestro. Al final, es decisión nuestra el creer o no creer, pero todos sabemos que hay una verdad absoluta: Si la escuchas cerca, es porque está lejos y si la escuchas lejos, es mejor no mirar por la ventana.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería