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Una breve y trepidante Historia de la Genética

Un artículo de José Natsuhara.



Lo que preocupa a los puristas es que, si comenzamos a efectuar modificaciones genéticas en las células germinales durante una serie de generaciones, al final el ser humano ya no será como hoy. Se habrá perdido la esencia del Homo sapiens. A mí me parece fantástico. Librarse de todas las fastidiosas enfermedades hereditarias, ampliar mi capacidad muscular, mejorar mis aptitudes intelectuales... ¡Demonios, claro que cambiaremos!. Pero a mejor. No me importaría que me crecieran alas, o propulsores a chorro en las axilas, o que fuera capaz de respirar metano y amoniaco para poder colonizar Venus. Y si el problema es que ya no seguiré siendo un Hombre, en ese caso que los lingüistas y los filósofos busquen nuevos términos. (págs. 131-132) Dyaz, A. (1998). El Mundo Artificial. Madrid: Temas de Hoy.

Una breve historia de la genética, augurando los nuevos descubrimientos y pioneros, se condensa amablemente en el presente ensayo. Desde la embestida de Darwin contra el ego y la ignorancia humana, hasta el debate en torno a la pérdida constante de la definición de lo humano ante la inevitable reescritura genética de los niños del futuro.


Es con Charles Darwin cuando la ciencia de la genética va augurándose un rumbo a través de la biología y el hallazgo de nuestra herencia animal. La obra en la que el inglés publica sus primeros resultados fue conocida como El origen de las especies, aunque poco se sabe de su nombre original y completo El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Es aquí donde se sugiere que tenemos una relación con la familia de los primates, y que debemos ver en chimpancés y gorilas a nuestros ancestros.


Esta teoría solo fue posible de la mano de un amante de todas las especies, tanto en el cuaderno de nota como en los platos, pues Darwin también formó parte del famoso Club de los Glotones en la Universidad de Cambridge (que se dignaba de ofrecer prácticamente al menos un ejemplar de todo animal existente al paladar de sus integrantes). Ante este revés al orgullo del hombre educado y aparentemente separado de lo salvaje, el autor se defendió como le fue posible, llegando a afirmar que prefería ser familiar de un heroico monito que de un primitivo hombre vil y desgraciado. Mismo conflicto que se vio lustrado por Henry Huxley, el bulldog de Darwin, el cual ante la pregunta burlona de si era mono de parte paterna o materna; respondió a un obispo de Oxford: prefiero descender de un simio antes que de un obstuso como usted. Léase este episodio como una síntesis de las dificultades del progreso de las ideas.


Sea como fuera, habría que mencionarse también que las investigaciones de Darwin no quedaron allí sino que, tras casarse con su prima y tener descendencia con ella, descubrió de muy mala manera el peso de la herencia. Lamentablemente su familia padeció de un sinnúmero de enfermedades por lo que él terminaría incluso por perder la fe en Dios. Y aunque esta situación serviría como punto de partida para los progresos de la disciplina, este fue el mayor sacrificio que ofreció al final de sus días.


Es propiamente con Gregor Mendel con el que esta rama del saber se formaliza. Padre agustino que experimentó sesudamente combinando guisantes y despertando el ingenio cuando uno a uno de ellos fue haciendo patente que era posible recuperar características de antecesores. Estos logros serían olvidados y retomados por los botánicos Hugo Marie de Vries, Carl Correns y Erich von Tschermak; y es finalmente con el biólogo británico William Bateson con el que se acuña por primera vez el término genetics.


Esta trepidante aventura atrajo pronto la atención del mundo, y con ello de los poderes brutales de la política y la retórica. Los genetistas en una ingenuidad comprensible pero no justificable decidieron apoyar el proyecto eugenésico que buscaba llegar a la selección de la cepa humana más perfecta. Así, el nazismo llegó a la solución final, argumentando que no solo se heredaba mediante los genes características fenotípicas sino también aptitudes morales superiores e inferiores. No sería hasta el fin de tan tamaña guerra que los científicos vieron su error reflejado en los ojos de los sobrevivientes de los campos de concentración.


No obstante, este no fue un relato aislado, como respuesta a este proyecto fallido territorios identificados bajo las falacias comunistas abrigaron el lisenkoismo, línea para la cual el ser humano era susceptible convertirse en un ser ideal tan solo contemplando y trabajando el aspecto del entorno social. Este choque de malinterpretaciones y deformaciones intencionales de la genética sirvió exclusivamente para apoyar a poderes totalitarios, lo cual terminó en muerte y pobreza.


De todas maneras se podría decir que el tiempo nunca transcurre en vano, y la ciencia tendría una nueva oportunidad de probarse, esta vez para el bien de la humanidad. Es así que los nuevos descubrimientos sirvieron para tratar males se salud y tomar conciencia de nuestra capacidad para superar nuestra precariedad existencial. James D. Watson y Francis Crick en este nuevo contexto ganaron el premio Nobel hallando que el ADN se configura como una doble hélice. Curiosamente esto solo fue gracias al trabajo de Rosalind Franklin, la cual se sabe hoy, dio con la fotografía perfecta de este hecho. Ella terminó muriendo producto de la exposición a los rayos X propios de su constante trabajo sin el cual la historia de la genética estaría por siempre imcompleta.


Este auge de hallazgos y reconocimientos dio el impulso perfecto para que los especialistas no se contentaran con menos, y pronto volverían a caer en un error de cálculo. De este modo, ante la inminente comprensión de la secuencia completa del genoma humano, se pensó por un instante que se habría de entender nuestra naturaleza de cabo a rabo. Todo misterio quedaría revelado. Esto evidentemente no llegó a darse. Aunque fue un descubrimiento que nos lanzó hacia nuevas tareas, planteó dudas frescas y halló que el tulipán y el arroz tenían más genes que nosotros mismos.


Otros quebraderos de cabeza asomarían con la clonación terapéutica, la cual se tachó en algunos países por ser considerada inmoral. Nuevamente se libraría una batalla contra la ignorancia que nos haría recordar la del bulldog de Darwin contra el obispo de Oxford. No se trataría de clonar por completo a un ser humano, sino de aprovechar las células madres de embriones para generar nuevo tejido. Este dilema sería más visible con el caso de la primera oveja clonada, la cual suscitó un escándalo mediático que transitó entre la cucufatería religiosa y verdaderos problemas éticos, los cuales abrieron de par en par las puertas de la bioética.


Así llegamos a un peligroso período de prohibiciones. Por motivos económicos y políticos se prohíbe o no, arbitrariamente, el uso de transgénicos. Se patenta códigos genéticos y se criminaliza a quienes usen ciertas semillas bajo tal sello legal, lo cual hasta hace unos años era impensable. Por otro lado se esparce una concepción parcializada de dichas prácticas, y no se toma en consideración que se pueden crear alimentos más nutritivos que combatan la hambruna y la desnutrición en países donde no existen recursos suficientes. Tal y como le sucede a este ámbito de la aplicación de la modificación genética, sucede con la prohibición del quimerismo para generar órganos humanos en animales, o la clonación de animales a raíz del deceso de Dolly.


Llegado a este punto atendemos a serios cuestionamientos. No es una sorpresa que tendremos que enfrentar un cambio de concepto de lo que consideramos humanidad. Pero, desde mi punto de vista, la ciencia debe de avanzar, si es que no está rompiendo estándares éticos no hay nada que pueda o deba detenerla. Es verdad que generaremos nuevas crisis a medida que descubramos más y más sobre el mundo; pero es inútil querer resolver preguntas que les son propias a las siguientes generaciones. Se trata después de todo de una larga carrera de fondo.


Desearía ahora ampliar algunas reflexiones personales que me parece pueden complementar y cerrar este rápido análisis. Unas palabras en torno al imaginario de lo natural y al miedo que le tenemos a la pérdida de nuestra identidad como especie.


a. ¿Es necesario y ético modificarnos genéticamente? Es la pregunta del millón más cercana a nuestros días. Por un lado pareciera existir una noción romantizada de la naturaleza sabia e inmutable. Y por otro lado, una creencia en el hombre como un ser terminado. Con respecto a lo primero se arguye que es menester mantenernos lo más cercanos a la naturaleza del mundo y de las cosas, por más metafísico y vago que esto llegue a escucharse. Es decir, es la búsqueda de lo natural como superior de lo artificial; dicotomía basada en la nada misma, puesto que la línea divisoria en realidad nunca ha existido. ¿Las papas que consumimos son naturales a pesar de haber pasado por procesos artificiales de domesticación?


La misma naturaleza, como entidad mística y abstracta, no parece poseer las cualidades que se le otorgan vulgarmente. Como lo señala el marqués de Sade, la naturaleza es desordenada, despilfarra recursos y auspicia un ciclo interminable de placeres y sufrimientos injustificados. El filósofo Nick Bostrom también reflexiona sobre esto, y ante la negativa de muchos padres fanáticos por no vacunar a sus hijos o reacios a la intervención de la ingeniería genética para erradicar enfermedades hereditarias de futuras descendencias; señala que aquel padre que no opte por salvar a la siguiente generación de una muerte segura, se parece bastante a la naturaleza (criminal en tanto cruel y azaroso).


b. A mi modo de ver, además de esta concepción errada de lo natural, existe un miedo marcado a perder la esencia del ser humano. Esto se me presenta como un absurdo puesto que desde siempre hemos ido cambiando y evolucionando. Usamos prótesis que no tienen nada que ver con cómo vivíamos hace 100 años, somos capaces de hablar al instante con cualquier persona del planeta, volar hacia islas paradisíacas, instalarnos órganos artificiales, detectar enfermedades a tiempo; ¿es esto también propio de la esencia de lo humano?


Y eso no es todo, es probable que muy pronto seremos capaces de la reescritura genética augurada por el visionario Ray Kurwzeil, y veremos en carne propia la singularidad tecnológica que traerá consigo la inmortalidad y el alzamiento de las inteligencias artificiales fuertes. Nos veremos obligados entonces a replantear lo que somos, pero aquello no será un ejercicio filosófico reciente, será una nueva iteración del proceso de definición del ser. La continuación de nuestra evolución en el universo.

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