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De calderos, hechizos y pociones: La brujería en el siglo XXI | Ojos abiertos #01


Ojos abiertos #01, una columna de María Acevedo


Cuando escuchamos la palabra «bruja» nuestra mente evoca los cuentos de la infancia: Mujeres con sombreros casi tan puntiagudos como sus narices decoradas con una verruga, preparando una pócima con una variedad de ingredientes que iban desde dedos de muerto hasta lágrimas de niño malcriado. ¿Cuántas veces nos dijeron que, si no terminábamos la merienda, uno de esos malvados seres iba a venir volando en su escoba para llevarnos? Más de una, seguramente. Y todo para que al día siguiente en el colegio un compañero escéptico y aguafiestas nos dijera que las brujas no son más que un invento de las mamás para que comamos brócoli. Te tengo una noticia, Juanito, las brujas son reales y están entre nosotros. La práctica de la brujería es tan antigua como la humanidad. Los primeros hombres tenían la creencia de que representar sus deseos haría que sucedieran y es justo esto lo que significa la magia: Hacer que tu voluntad se vuelva realidad. En cientos de pinturas rupestres vemos reflejadas las ansias por una caza exitosa, por la fecundidad de los animales y, más adelante en la historia, la fecundidad misma de las tribus y de los cultivos. El descubrimiento del fuego fue clave para el sedentarismo y la búsqueda de nuevas formas de subsistir como la agricultura, en este contexto, la concepción animista se fue forjando poco a poco hasta tener los primeros esbozos de las religiones politeístas. Tradiciones relativamente nuevas como la Wicca en realidad datan de estos tiempos, de los rituales que hacían las recién formadas culturas para pedir a los dioses lo necesario para subsistir. La llegada del cristianismo encontró su primer gran obstáculo en estas religiones, a las que tachó de paganas y sacrílegas, condenándolas a la persecución durante siglos. El bien conocido Malleus maleficarum fue responsable de innumerables muertes de aquellos a quienes se consideraba practicaban la brujería, obligando a los sobrevivientes a esconderse. No fue hasta la década de los 50’s que las últimas leyes que perseguían las prácticas mágicas fueron abolidas y, para sorpresa de todos, empezaron a surgir en todo el mundo grupos que practicaban en silencio distintas ramas de la brujería. Se recuperó entonces una tradición milenaria que había sido transmitida a escondidas durante siglos. Hoy en día una simple búsqueda en internet nos dirige a millones de sitios diferentes que ofrecen información sobre la magia, esto sin contar los textos casi infinitos que fueron heredados de generación en generación para preservar el conocimiento tan anhelado y repudiado por las grandes religiones. A diferencia de lo que pudiéramos creer, un libro de magia no es un recetario de hechizos y pociones para convertir a los enemigos en sapos y volverse invisible, es más bien una guía para elegir el camino adecuado a través del conocimiento propio y del mundo que nos rodea. «Haz lo que quieras mientras a nadie dañes» Cita un libro en el primer capítulo, diciéndonos en una frase que nuestras creencias en torno a las brujas malvadas que sacrifican a los niños que se portan mal, no pudieron ser más erróneas. La magia puede experimentarse de mil maneras. Hay rituales, tradiciones y creencias, pero uno es libre de elegir su camino sin ser asfixiado por dogmas y amenazas del sufrimiento eterno, sin límites ni condiciones, ni siquiera el tener la bondad como motor para todos los actos. Una bruja se conoce a ella misma, al mundo y a partir de su sabiduría, es libre. Entiende que la verdadera magia reside en nosotros, en las capacidades que han sido sepultadas bajo la vida ajetreada y monótona del mundo globalizado, un mundo que nos asigna un valor y nos obliga a vivir bajo sus estándares. Una bruja no adora al diablo, ni siquiera cree en él. Mucho menos hace sacrificios, respeta todas y cada una de las formas de vida; vuelve al origen, allá, en la naturaleza, de donde todos venimos y a donde volveremos cuando nos llegue la hora. Una bruja, o un hechicero, no es más que un ser libre y pleno. Si eso es ser bruja, yo también quiero serlo. Todos deberíamos.

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La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería