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De la música intangible | Rozatl a través del tiempo #03


Rozatl a través del tiempo#03, una columna de Stefanía Gómez Angulo

He escuchado que una de las siete artes ha cambiado ahora más que nunca. Lejos han quedado los conciertos de cámara, destinados a unos pocos afortunados, en los cuales se vivía una experiencia casi íntima, que deleitaba todos los sentidos. La gente ya no está interesada en tener fonógrafos y vitrolas, los días en los que la música era algo físico, aparte de auditivo, se han esfumado. Ya casi no se miran en las casas discos de vinilo, casetes, CDs. Ahora, toda la música que alguien puede querer escuchar está en un solo lugar, en una “aplicación” (bueno, al menos eso se dice).


Me imagino que una diminuta persona está en esa pequeña, pero a la vez, infinita ludoteca, llena de todos los formatos en donde se han grabado sonidos. Esa persona vive para complacernos, para encontrar entre una gran mayoría de la música de esta época y de tiempos pasados esa canción que tanto deseamos disfrutar.


La música ahora es para el público en general. Quien tenga acceso a la Internet puede explorar este maremágnum sonoro. Esto ha permitido que las personas del ahora escuchen las voces del ayer. El conocimiento que está a nuestra disponibilidad puede parecer completo; sin embargo, esto nunca será cierto. Nada ni nadie puede contener el todo, toda la música del mundo, de la historia.


Cabe mencionar que, al ser un lugar abierto, cualquiera puede compartir sus canciones con quien sea. ¿Pero esto significa que cualquiera puede convertirse en un músico famoso, que merece ser escuchado? No cabe duda de que a través de las épocas han existido (y seguirán existiendo) genios musicales, y otras figuras que son creadas por una industria feroz que busca vender millones gastando poco, fabricando ídolos para que la gente los pueda devorar.

Actualmente, el talento musical ha sido desplazado en algunos casos por otros factores superficiales o hasta sociales. La belleza occidental, el estatus y las relaciones públicas son algunos de los elementos que permiten conseguir fama y fortuna en este mundo moderno. La creatividad y el talento todavía son admirados, pero con los avances tecnológicos se puede imitar prácticamente cualquier instrumento musical y alterar la voz para limpiar sus errores humanos. Además, me parece que algunas canciones están hechas para alcanzar más una sencillez en sus armonías y letras que mostrar el virtuosismo del intérprete. En cierto sentido, el camino hacia el éxito se ha ampliado, tal vez hasta facilitado para algunos, pero también se ha formado un hacinamiento, que puede perjudicar al que sólo tenga talento y no relaciones públicas, o estatus.


Recuerdo cuando era un privilegio el grabar una o dos canciones en un disco de vinilo de 45 revoluciones por minuto, ya que el tiempo en el estudio era muy costoso, tanto que los músicos debían prepararse hasta alcanzar casi la perfección para mostrar su talento. No se podían hacer varias tomas o repetir las canciones, la oportunidad era una sola, la aprovechabas o la perdías para siempre. En estos tiempos, los errores son fáciles de corregir, como he mencionado, con la ayuda de la tecnología. No obstante, pienso que la creatividad humana siempre será el origen del arte, por más que avance la tecnología y nos quiera alcanzar.


La música comenzó como un parpadeo fugaz. Alrededor de las fogatas con el sonido de primitivas percusiones, en las cámaras de los nobles, hasta los albores del jazz, la experiencia musical se quedaba con las personas que la vivían en carne propia, en el momento. Esto provocó que se perdiera mucho de este arte con el tiempo, o que los vestigios de algunos autores privilegiados, en forma de partituras, fueran malinterpretados por ojos e instrumentos de diferentes épocas. Cuando se pudieron graban y reproducir sonidos con el fonógrafo, la música pudo alcanzar la trascendencia de otras artes como la arquitectura y la literatura.


Con la materialidad de la música, que se dio con los discos y casetes, los simples mortales tuvimos, por primera vez, la oportunidad de poseer la canción que queríamos escuchar una y otra vez. Esto también nos permitió agradecerle al artista por la felicidad, alivio o hasta catarsis que sus notas, palabras y armonías nos hicieron sentir. Al comprar su música físicamente, al asistir a sus conciertos, le demostramos nuestro cariño. Sin embargo, ahora esa materialidad poco a poco se va perdiendo. Esta fonoteca es intangible para nosotros, los que vivimos en el mundo real. Si queremos entrar, estamos a merced de las máquinas, de esa personita robótica. En realidad, esta música jamás nos pertenecerá, siempre tendremos que pedirla prestada. No la podemos tocar ni ver, sólo nos dejan escucharla ya sea en un celular o en una computadora, si tenemos la aplicación, si hay Internet, lo que también nos limita. A menos que paguemos una cuota para escucharla sin anuncios, sin necesidad de la red. Entonces, ¿realmente somos libres de escucharla cuando queramos, como tanto se afirma? Esta manera de consumir música, ¿le devuelve al artista lo que se merece, o está llenando los bolsillos de otras personas?


La música es parte vital de nuestra existencia, algo que ninguna máquina podrá crear por sí sola, una fiel amiga que nos acompaña, en las buenas y en las malas. Ésta es una de las formas más efectivas para relacionarse con el otro. Muchas veces he escuchado canciones y he pensado que el músico me habla a mí, me entiende y me consuela. Gracias a esto, la evolución de esta caótica industria nunca se detendrá, pero no debemos olvidar retribuir al artista como se merece, y mantener nuestra libertad de elegir y pagar por la música que queramos. Honestamente, ¿de qué nos sirve tener la posibilidad de escuchar “toda” la música del mundo? Claro que podríamos hacer un gran descubrimiento, un disco que nos cambie la vida y que sea imposible de conseguir, pero ¿acaso también estamos pagando por artistas que no son de nuestro agrado? Pienso que la vida es demasiado corta como para gastar tiempo y bienes en cosas que ni siquiera podemos poseer o apoyar arte que no nos hace sentir nada.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería