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De una máquina que contiene la vida humana y la controla | Rozatl a través del tiempo #02


Rozatl a través del tiempo#02, una columna de Stefanía Gómez Angulo


Camino por la calle y me llama la atención que las personas miran ensimismadas una pequeña máquina, que cabe en la palma de la mano. Es un pequeño rectángulo con un cristal en frente, a través del cual desfilan distintas imágenes fijas y con movimiento, además de textos. No sé cómo cabe todo eso en tan reducido espacio. Pocos hablan con ella, muchos sólo la observan. Llaman a este rectángulo “celular”. Al principio la etimología me confundía, no lograba comprender la relación entre este artefacto y una célula, pero después lo entendí. Al igual que la célula, éste contiene información, y no cualquier tipo de información, sino del tipo que nos identifica como seres humanos, que define nuestras vidas. Tengo entendido que, al principio, los celulares tenían una función comunicativa, más rápida que la carta y mejor que el telégrafo. Lo revolucionario de estos pequeños teléfonos es que se pueden llevar a todos lados, gracias a su tamaño y que no necesitan de un cable para poder entablar una conversación entre personas. Sin embargo, ahora representan para la sociedad moderna mucho más que una simple forma de mantener el contacto. Cada una de estas angostas cajas sin fondo contienen una vida. Uno puede encontrar en ellas: fotografías de eventos importantes (o de cosas sin sentido); acceso a ese ilimitado otro mundo intangible que es el Internet, al igual que a las llamadas “redes sociales”, creadas para que la gente pueda relacionarse en ese mundo irreal. También se incluyen a pequeñas personas, o aplicaciones, que tienen variadas funciones, como por ejemplo: nos pueden enseñar idiomas, entretenernos con diferentes juegos, ayudarnos a buscar palabras en el diccionario o buscar libros, escriben lo que les dictamos o ponemos en un teclado plano, incluso nos corrigen los errores y nos sugieren palabras para usar, manejan un tipo de megáfono oculto con la canción que nosotros les pidamos, nos dan la hora y el día en el que vivimos, incluso pueden investigar los horarios de otros países, fungen como guías y nos dicen dónde estamos y cómo llegar a otros lugares, nos muestran y manejan el dinero que tenemos en los bancos, pueden monitorear nuestro sueño, nuestras caminatas; en fin, esos diminutos trabajadores le facilitan la vida a quien sea el portador del celular en cuestión. Las posibilidades realmente son infinitas. Pero ¿dónde quedó la comunicación con el otro? A pesar de que la función comunicativa del celular fue primero, ahora me parece que ha caído en una paradoja, pues he podido observar a grupos de personas físicamente juntos, pero que no se hablan, no se miran, sólo ven el delgado cristal del celular. Al parecer, la humanidad se relaciona más en el mundo irreal que en el único y verdadero, y pienso que la popularidad de estas cajitas mágicas ha contribuido a ello. Me parece increíble poder mandar una carta, un telegrama, que inmediatamente llega al otro lado del mundo, poder escuchar con claridad a personas que están a kilómetros de distancia, incluso se dice que se puede ver a la persona con la que uno está hablando, aunque no entiendo muy bien cómo es que puede pasar eso. En este caso, el intercambio cultural que se permite gracias a esta innovación podría ayudar a la comprensión y respeto por el otro, por lo desconocido. Sin embargo, al mismo tiempo que permite la comunicación en el mundo irreal, la bloquea en el mundo real. Entonces, ¿realmente nosotros controlamos nuestra interacción con el mundo exterior o estos celulares la permiten, la manejan? Si no tuviéramos estos artefactos, ¿nos comunicaríamos mejor cara a cara? He mencionado que estas máquinas también pueden ayudarnos en nuestro día a día, al recordarnos fechas importantes, mostrarnos el camino o documentar nuestros pasos con imágenes o palabras, incluso a manejar nuestros bienes y valores. ¿Somos nosotros los que buscamos esa ayuda o ya nos acostumbramos tanto a ella que la necesitamos para vivir? Si fuere lo último, ¿quién tiene el control, el necesitado o la necesidad? Estas máquinas se han convertido en una extensión de la persona que lo porta, a tal grado que cabe la posibilidad de que el celular sepa más de su dueño que él mismo. ¿A qué hora lo despierta con su alarma, a dónde lo lleva todos los días, cuáles son sus búsquedas, sus obsesiones, cuándo muestra su intimidad en las redes sociales? El conocimiento es lo que nos ayuda a entender y llevar de cierta manera nuestras vidas, sentimientos y pensamientos. Sabemos lo que nos gusta y nos disgusta, lo que nos permite pensar y tomar ciertas decisiones. No obstante, estas máquinas han adquirido ese conocimiento también, a tal grado que tratan de adivinar lo que escribiremos, lo que querremos comprar con base en nuestras búsquedas, las personas con las que podremos conversar o los lugares a los que iremos. Si hacemos caso a estas sugerencias, ¿entonces somos nosotros los que pensamos y tomamos la decisión, o son ellas las que toman la decisión por nosotros? El único lugar en el que somos verdaderamente libres es en nuestros pensamientos, jamás debemos entregar esa parte de nuestra alma a ningún régimen, gobierno, persona y mucho menos a una máquina. Si dejamos que estos objetos sepan y controlen cada uno de nuestros pasos, no seremos libres. A mí me queda el consuelo de que todavía existe cierto caos en mi mente, un descontrol que viene cuando tomo el camino desconocido, incierto, que es algo que las máquinas nunca podrán controlar.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería