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Del ars amandi moderno, incorpóreo | Rozatl a través del tiempo #09


Rozatl a través del tiempo#09, una columna de Stefanía Gómez Angulo

Uno de los motivos más recurrentes en el arte y la humanidad en general es el de las relaciones amorosas. Como otros animales, nuestra especie ha sobrevivido a las adversidades del planeta gracias a que hemos construido manadas, sociedades, para trabajar en equipo y ayudarnos los unos a los otros. En un momento de la historia, algo tan esencialmente biológico como la reproducción se convirtió en un asunto social y económico. Entonces, la unión entre personas se consideró un elemento importante para la perpetuidad de la especie y la cultura. Es por esto, que las reglas que normalizaron estas relaciones se han adecuado al tiempo, espacio e ideología. Y esta época no se queda atrás.


El trabajo que antes hacían los sacerdotes o ancianos de la comunidad, o los sitios donde se conocían los amantes como los quioscos, cantinas y parques, incluso, las fascinantes cartas de amor dictadas a los escribas o los anuncios de ocasión se han convertido en un sitio que une todo. En este rincón, solteros, o incluso casados, pueden colgar su foto, aderezada con un poco de información personal y preferencias, en muros llenos de otros retratos, para que una nueva Celestina invisible elija, entre millones, a la persona que mejor podrá satisfacer las necesidades del buscador, tanto amorosas como meramente sexuales. Una vez encontrado el ideal, se les cuenta a ambos acerca del otro, con el objetivo de que las dos personas se interesen en iniciar una relación.


El nuevo arte de amar me recuerda a un concepto de amor antiquísimo, el amor de oídas, en el cual uno se enamora por lo que se dice de aquel, sin haberlo visto en persona. No obstante, ahora también está la posibilidad de ver una foto, porque, al parecer, no es suficiente lo que el casamentero dice, se necesita una afirmación visual de que es factible tener un vínculo. Muchas de las modernidades dependen de la vista del espectador, el mundo se ha convertido en uno visual, más que tangible. Pero, ¿es suficiente la vista o la fama para elegir a alguien, enamorarse de alguien?


En otros tiempos, el amor de oídas era considerado de altísima valía, ya que la pasión era capaz de vencer los obstáculos de la vida cotidiana, como la distancia o la casualidad. Entonces, ¿este amor es obra del destino? Con estas alcahuetas mecánicas, entiendo que se trata de una cuestión más matemática que de hado. Sin embargo, muchos seguirán creyendo que cualidades mágicas y misteriosas controlan a estos facilitadores del amor. Asimismo, hay un aspecto doloroso que viene con este tipo de amor distante: el arte del engaño. ¿Cómo saber que la foto que vemos es fidedigna? ¿Cómo saber que la idiosincrasia de aquella, que despierta nuestra curiosidad, es fehaciente? ¿Cómo construir una relación sobre mentiras? Afortunadamente, ahora se tienen varias herramientas para poder verificar qué es verdadero y qué no lo es: se pueden hacer llamadas que incluyen videos reales de las personas (aunque he escuchado que estos pueden ser embellecidos) o se pueden mandar cartas instantáneas para establecer una correspondencia y así llegar a conocerse mejor.


Al final, el objetivo de estos hombres y mujeres que exhiben un poco de su ser, falso o verdadero, es conocer a alguien y establecer algún tipo de relación en el mundo real, ya sea platónica, amorosa o sexual. Al parecer, todo es válido, siempre y cuando sea consensuado. Esto puede llevar a dos tipos de relaciones: una, en la se tienen largas pláticas, para realmente establecer un vínculo profundo y duradero con la otra persona; otras, efímeras, que buscan encuentros casuales y sin planes a largo plazo. Pienso que ambas opciones son válidas, siempre y cuando haya honestidad de por medio, ya que considero que esto es lo más importante en cualquier tipo de relación humana.


Somos seres sociales y, ahora más que nunca, esa capacidad para conectarnos con el prójimo ha disminuido considerablemente en la realidad. Se dice que se vive un aire de soledad en la actualidad. Puede que veamos los libros de caras de otros, sus galerías de fotos, leamos sus escritos cortos o disfrutemos sus videos, pero, ¿realmente a cuántas de esas personas conocemos o nos conocen verdaderamente? Esta fuerte necesidad amorosa ha provocado que empresas inventen opciones virtuales que ayuden a los solitarios a conocer personas de carne y hueso, ya que saben que la mayoría pasa mucho tiempo en la Internet, en ese mundo que, de alguna manera, es seguro, donde uno puede ser quien siempre soñó. También, dicho sea de paso, los empresarios hacen millones llenando vacíos.


Ya sea por necesidad biológica, económica, “romántica” o simple soledad, la búsqueda de ese alguien especial entre tanta gente que habita esta tierra no cesará, simplemente cambiará su forma. Incluso, más con la idea que vende la sociedad religiosa de que nuestro propósito en la vida debe ser el matrimonio y tener hijos. Yo considero que cualquier tipo de relación amorosa es válida, aunque no involucre el matrimonio o la reproducción. Lo que importa es amar al prójimo.


El amor incondicional es lo que puede llegar a mejorar el lugar donde vivimos. En una utopía amorosa, no hay guerras o desigualdad, siempre y cuando seamos nosotros los que tengamos la libertad de amar. Sin embargo, si llega un momento en el que el amor sólo se viva en el mundo intangible y esté controlado por el desconocido que teje esa inmensa red, sin más que la vista y, tal vez, el oído, ¿qué caso tendría? ¿Cómo amar sin el tacto, el gusto, el olfato? Entonces, el amor ya no sería nuestro, ese algo que siempre ha sido intrínseco en nuestra existencia ya no nos pertenecería, ya no podríamos usarlo para nuestro beneficio o el de nuestra comunidad. En ese momento, estaremos condenados de verdad. Por eso ama, en el otro mundo, pero también en este.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería