snsjcopia.png

El ramen de nuestros días | Deconstruyendo la otredad #02


Deconstruyendo la otredad #02, una columna de Beli Delgado

El tiempo de ocio y las pantallas llenas de luz, nos brindan un gran panorama de colores, nuestros ojos se prenden de ello y se mantienen ahí por más tiempo del planeado —casi siempre— en un movimiento congelado, estancados. Así, yo estaba evitando mi vida por medio de Instagram. De pronto, apareció la fotografía de un mole de olla, esencialmente mexicano: carne, verduras, caldo caliente. Y en letras enormes, se leía “el mejor ramen, nadie podría decir lo contrario”. El.mejor.ramen. El mejor. Mejor, mejor, mejor. Para empezar — pensé— no es ramen. ¿Qué es el ramen? En lo básico ¿lo mismo que el mole de olla? Desde luego que no, el ramen es ramen y el mole de olla, mole de olla, con sus variaciones, matices, graduaciones y mil cosas más. No tienen que competir; un día me apetece ramen y otro, mole de olla y la vida sigue. Ninguno es mejor que el otro. Ni por mi preferencia, ni por mis referentes de sabrosura, ni por mis ingredientes cotidianos. A los mexicanos nos gustan las cosas que se dan en nuestra tierra y que forman nuestra canasta básica de alimentación, históricamente son parte de nuestros sabores cotidianos. Así funciona cada espacio —país— del mundo, estamos acostumbrados a ciertos sabores y no a todos les gusta intentar cosas nuevas para sus referentes. Por ello, cuando vi la instastory, me quedé un largo tiempo pensando en las concepciones y jerarquización de nuestras amplias y milenarias ideas acerca de la comida, sobre todo de las preparaciones de los alimentos. ¿Somos lo que comemos? Con un café en la mano, pienso, ojalá: pura, definida, oscura, intensa densidad, fortaleza y sutileza conviviendo, notas y graduaciones… Podrá resultar un poco ingenuo pero, yo creo que en estas nociones normalizadas se encuentran fuertes artefactos ideológicos bien definidos y sumamente pesados. La comida es sabor y cultura. Pero, ¿y si comes algo que no disfrutas? ¿Y si no puedes costear lo que te gusta? Además ¿tu humor y alrededor influyen? Midnight Diner: Tokyo Stories es una serie que cuenta con una adaptación de cinco temporadas —está basada en el manga Shinya Shokudō—. Todo sucede en un rincón de Shinjuku donde se encuentra el pequeño local de comida —con una pequeña barra y algunos bancos— del Máster — como lo llaman todos los clientes—, quién abre su restaurante a media noche y lo cierra a las siete de la mañana. Recibe a personas que necesitan el servicio a esa hora, en una ciudad agitada, oscura pero brillante: la vida nocturna de Tokyo. La especial particularidad del local es que solamente tiene un pequeño menú, pero el Máster puede preparar cualquier platillo si tiene los ingredientes, si no los tiene y sus clientes los llevan, él se dispone a cocinar lo que deseen; los platillos suelen ser básicos y tradicionales, siempre aunados a los sentimientos y humor de los comensales. Sus clientes son variados y a la vez, definidos, no son “habituales”, son “marginados”, pero en el restaurante, nadie es discriminado, lentamente se convierten en una familia que festeja el Año Nuevo y que escucha los problemas de quiénes se sientan en la barra. El amplio espectro de clientes que muestra la serie se conforma de yakuzas, travestis, bailarinas nocturnas, prostitutas, estrellas porno, mangakas frustrados, oficinistas solteras —algunas veces desesperadas por ello—, un crítico de comida, dueños de otros restaurantes, policías, entre algunos más. Marylin, quien es parte de esta gama, es una chica sumamente apreciada, admirada y respetada por los clientes del restaurante, también es bailarina y nudista en un club nocturno. Su sueño es ser bailarina profesional. Poco a poco, la figura de Marylin se va definiendo, formando parte de una realidad sensible. En una ocasión, conoce a una señora elegante, lo que la hace avergonzarse de su empleo, sin embargo, inesperadamente, esta resulta ser una antigua y famosa bailarina nudista —al igual que ella—, lo que la llena de confort y esperanza. En otro momento, la mamá de Marylin le da muchos problemas. No obstante, en otro capítulo sabemos que se va de gira. Algunas veces le rompen el corazón y proyecta inseguridades, un día encuentra a su hombre formidable. A final de cuentas, Marylin es una chica, tiene aspiraciones, a veces quiere pensar en el amor y otras veces quiere olvidar a su madre. Simplemente: vive. Lo que una hace para (sobre)vivir tiene muchas cargas y las oposiciones comienzan a surgir agresivas. No obstante, ello no debería marginarnos o predisponernos a ser peores o mejores, lo que hacemos es una parte de nosotros pero hay muchas acotaciones al respecto y muchas formas de conocernos y de vernos. Por ello, considero que la serie es una buena adaptación para apreciar los tonos de los personajes que no están presentados como marginados, no son concebidos con su estereotipo general, tintados de oscuridad. Son personas que conviven, tienen problemas y buscan soluciones. Gente que come, recuerda, vive, siente, son parte de nuestra sociedad, son como nosotros. Nos dedicamos a muchas cosas. Los personajes de Midnight Diner son solitarios y se dedican a variados empleos. Hay muchos aspectos que no se desvelan acerca de ellos, sin embargo, el pedacito que nos muestran ¿me basta para quererlos? Sí, es suficiente. Podríamos sentarnos a comer, son como yo y me encuentro en ellos, algunas veces, como cualquier persona. Disfrutan sus alimentos por lo que son, asociando a ellos: recuerdos de infancia, como todos y todas llegamos a hacer en algún momento. Aquello que comen las personas, lo que nosotros comemos, lo que pensamos y decimos acerca de ello, son ideas sobre la comida de los otros que, consolidan —quizá ingenuamente— nuestra perspectiva de ellos, al igual que las ideas acerca de sus trabajos. El hecho de que así suceda, debe invitarnos a dejar de fomentarlo, incluso si es en una simple instastory.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería