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Entre flores de colores: El culto a los muertos en México | Ojos abiertos #02


Ojos abiertos #02, una columna de María Acevedo

Quizá sea solo el viento que arrastra consigo el olor del pan de muerto recién hecho, o tal vez sean los campos tapizados de naranja cempasúchil. Puede que sean las ollas de barro rebosando de mole y antojitos, quizá los gallitos de pepita. Pero sin importar lo que sea, no podemos negarlo: Hay algo diferente en el aire. En México no les lloramos a los muertos, celebramos su vida y nos burlamos de la muerte; le pintamos cejas y bigote, nos la comemos hecha azúcar y nos tomamos un mezcal en su honor. Y cada año sin falta, abrimos las puertas para recibir a nuestros muertos y consentirlos con lo que más disfrutaron en vida, con ofrendas monumentales hechas con rigor casi científico, entre comida, bebida y fruta, entre flores de colores. El día de muertos tiene orígenes prehispánicos, los aztecas creían que, al morir, las almas no llegaban ni a un cielo ni a un infierno, sino al Mictlán, un inframundo de nueve niveles. En cada uno había una prueba que debían superar y que los ayudaba a desprenderse de su cuerpo, hasta que, tras un camino de cuatro años, las almas volvían a la naturaleza y podían descansar. Para ayudar al difunto en su viaje, se le enterraba con alimentos, joyas, ropa y cualquier cosa que pudiera ayudarle en su viaje.

Con la conquista, ocurrió un choque entre dos visiones de la muerte totalmente distintas: Por un lado, aquellos que la veían como parte del ciclo vital y por el otro, quienes vivían con miedo al infierno y añoranza por el paraíso. De la religión católica se adoptaron dos festividades, el día de Todos los Santos y el día de los Fieles Difuntos, limitando el culto a los muertos al 1 y 2 de noviembre. El día de muertos como lo conocemos hoy, es resultado del sincretismo cultural y religioso iniciado hace casi 500 años.

Desde mediados de octubre vemos los mercados llenarse de flores de cempasúchil, de color naranja tan brillante y olor tan fuerte que es suficiente para guiar a las almas en su camino de vuelta a casa. El olor de la flor es aminorado solo por el incienso y el copal, cuyo humo pareciera atraerlos a ellos y a nosotros. Pero el verdadero sabor de esta fiesta, literal y figuradamente, aparece en forma de fruta cristalizada, dulces de calabaza, mole, tamales y claro, las calaveritas de azúcar, chocolate, amaranto o cualquier otra cosa que se pueda moldear a imagen y semejanza de la huesuda.

Así, las familias se reúnen para montar altares de uno, dos, tres o hasta nueve niveles, todos llenos de ofrendas a las almas que vienen de visita por una noche. Hay elementos que no pueden faltar, como la sal para purificar o el agua para calmar la sed, las imágenes religiosas a las que el difunto era devoto y claro, el célebre pan de muerto. Detalles van y vienen, pero sin duda lo más importante es aquello que al alma le gustó en vida y que se le ofrece nuevamente, su comida favorita, dulces, chocolates, cigarros y tequila para los adultos, juguetes para los niños.

El desfile de las ánimas inicia al medio día del 28 de octubre, con aquellos que sufrieron muerte violentas o accidentales, y recibe cada día a almas diferentes. El 29 vienen los ahogados, el 30 los criminales, huérfanos y olvidados; el 31 los no bautizados que permanecen en el limbo e iniciando noviembre, el primer día es a los niños y el segundo a los adultos. El 3 noviembre, las almas han partido y el velo entre la vida terrenal y la eterna vuelve a cerrarse.

Si los difuntos vienen a visitarnos o no, eso no lo sé, pero es imposible ignorar esa sensación en el aire que nos reconforta, nos abraza y nos hace sentir que no estamos solos. Quizá sea solo por la tradición o la convivencia en familia, pero por un momento casi efímero, podemos sentirlos con nosotros, presentes, como si nunca se hubieran ido.

Y al final, así es. Mientras los recordemos, seguirán aquí.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería