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Häxan: La brujería a través de los tiempos | Arte Pirata #04


Arte Pirata #04, una columna de David Chávez Segura

Häxan: La brujería a través de los tiempos es el tercer film escrito y dirigido por el cineasta danés Benjamin Christensen, una cuasi obra maestra de 1922 que permanece vigente por su temporalidad narrativa fantástica y que, en su sugerente condición de documental falso, toca desde el punto de vista histórico-cultural un tema tan particular como es el de la brujería. Producto de un ambiente y época propicios a la creación grotesca sin represiones ni límites, en el que el cine podía ramificarse libremente en géneros inquietantes, Häxan muestra la evolución de la brujería, desde sus raíces paganas hasta su confusión con la histeria en Europa del Este. El director, que expresó estar en contra de las adaptaciones literarias, basó su obra en libros de no ficción, así como tratados sobre la caza de brujas y hasta un manual alemán para inquisidores del siglo XV. Es por eso un interesante repaso del ocultismo en la historia del arte y no solo conforma un gran ejemplo cinematográfico de un estética única e inclasificable, sino también lleva a caer en la cuenta de que las mujeres que por entonces eran acusadas de brujería estaban en realidad enfermas de histeria. No era seres malignos sino personas enfermas. Dejando impronta en el estilo de hacer películas mudas de terror, la película principia con una disertación académica sobre las apariciones de demonios en la cultura primitiva, representadas en estatuas, pinturas y grabados de madera. Podemos ver una antigua representación comúnmente aceptada del Infierno e incluso a una mujer comprándole una poción de amor a una bruja. Se recrean ceremonias antiguas en los que monjas poseídas, ancianas y el mismísimo Diablo, encarnado por el propio Christensen, participan en lúgubres rituales medievales y aquelarres en conventos que costaron lo suficiente como para hacer del film la película muda escandinava más cara y, al decir de un crítico, “una imagen maravillosa, pero inadecuada para la exhibición pública.” Estrenada en Dinamarca, Suecia y Paris, la proyección afirmó la certeza de que el cine no solo podía dar un espectáculo popular sino también ofrecer una narración divulgativa y ensayística que enriqueciera cultural e intelectualmente al espectador: una extensa bibliografía era entregada a los asistentes junto al programa oficial en las primeras proyecciones. También fue uno de los primitivos trabajos visuales considerado dentro de lo que es el cine de explotación o cine mondo. Es decir, donde se nota la explotación visual consciente del desnudo, la violencia, la reconstrucción y exhibición de atrocidades por medio de una coartada cultural y artística. Christensen, quien antes había sido representante de una marca de champagne, vio en una vendedora de flores callejera, Maren Pedersen, el rostro mismo de la Bruja tal y como la representaban los grabados de Hans Baldung Grien, las pinturas de Lucas Cranach o de Francisco de Goya. En sí, en las potentes imágenes de la película, se puede apreciar la influencia pictórica de el Bosco, Brueghel y Durero. Fue filmada solo de noche para reforzar la sensación terrorífica y que los actores que participaron, aparte de los reconocidos en el círculo artístico, fueron en su mayoría pacientes psiquiátricos. En 1968, después de años de dura censura internacional por su contenido de tortura y desnudez, la película, que se considera precursora de un realismo mórbido del que los daneses fueron maestros, se reestrenó para el público norteamericano con unos aditamentos inesperados: un fondo musical entre jazz ecléctico y avant-garde ejecutado por un cuarteto con vibrafón, y la presencia de un narrador, al estilo de un benshi japonés del cine silente. El cineasta Jonas Mekas vio esta copia e irritado escribió: “Les insto a ver esta película a pesar de un hecho desafortunado y es que se trata de una degradada versión inglesa preparada por un bien intencionado pero estúpido jovencito, Anthony Balch, porque se requiere estupidez para hacer lo que hizo con una gran película. A un hermoso film silente le agregó una banda sonora de jazz y una chirriante narración de William Burroughs. ¿Por qué Burroughs participó de este acto de barbarie? Supongamos que nos pusiéramos a embrollar alguna de sus novelas, me pregunto cómo se sentiría él al respecto”. Burroughs, probablemente en mérito a haber escrito un poema dedicado al líder Hassan-i Sabbah de la secta medieval de terroristas esotéricos, se limita a comentar algunos grabados antiguos y leer pasajes del Malleus Maleficarum, el libro infame, el más famoso libro sobre brujería, que Christensen encontró en una librería de Berlín. La difusión de esa versión comentada forjó la reputación del film como película maldita y obtuvo el reconocimiento que en su día mereció y que solo los surrealistas, expresionistas e interesados en el ocultismo de la época le rindieron. Tras incontables proyecciones, ediciones en DVD, restauraciones con el minutaje de la época del estreno de 1922, nuevas bandas sonoras sincronizadas y hasta el rescate y subtitulado de la versión de Burroughs, los productores de la Bruja de Blair decidieron homenajear y a la vez enfilarse bajo la figura de Christensen, bautizando a su productora simplemente con el título de aquella película: Haxan Films. La película es evidentemente una joya intemporal. Didáctica y terrorífica, es apropiada de apreciar en búsqueda de material artístico de esa época y esa temática por los referentes que expone. Ilustrativa en los casos de ingenuidad diabólica, es tan útil para exterminar ese singular y patético activismo inoportuno de esas sectas religiosas que, en temporadas de Halloween, marchan en contra de la creencia en espíritus, demonios y monstruos, resumiendo el tema a la credulidad y no a un análisis de la esencia del misticismo, priorizando escandalosamente el pensamiento medieval que sostienen en defensa de una moral supersticiosa a la medida de su credo, sin apoyarse en razones e indicios históricos mínimamente objetivos.

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