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La delgada línea entre arte y morbo: La tragedia desde los ojos de E. Metinides | Ojos abiertos #03


Ojos abiertos #03, una columna de María del Rosario Acevedo Carrasco

¡Metro! ¡La prensa! ¡El gráfico! ¡Extra! Si nos detenemos en un puesto de periódicos, la oferta es variable y para todos los gustos, los hombres de traje compran sus ejemplares con cientos de páginas sobre lo último, sobre la economía y la política, la cartelera de cine y claro, la sección de sociales. Pero existen otros periódicos, esos que llaman la atención de los transeúntes por las imágenes tan impresionantes que muestran: Los periódicos de nota roja.

Hace solo unos meses, en mayo para ser exactos, el congreso aprobó la ley Ingrid para evitar la difusión de material gráfico que retrate delitos y que comprometa la dignidad de la víctima, esto después de que se filtraran y difundieran fotografías del feminicidio de Ingrid Escamilla. Sin embargo, la nota roja no siempre se trató de quién muestra más sangre y más violencia, antes la crudeza era remplazada por humanidad y el propósito informativo se mantenía fiel a la dignidad humana. La fotografía era casi artística y aquí es donde entra nuestro protagonista de hoy.


Jaralambos Enrique Metinides Tsironides, nació en la Ciudad de México en 1934. A los nueve años recibió de su padre el regalo que marcaría su destino: Una cámara, que de inicio usó para retratar en las pantallas del cine escenas de películas de gangsters y que, no mucho después, retrataría los rostros de criminales, víctimas, armas homicidas y decenas, cientos, miles y quizás hasta millones de cadáveres.


Gracias a la fonda de sus padres, sitio de reunión para los funcionarios de la delegación, se rodeó de las personas que le permitieron tomar sus primeras fotografías de crimen real más allá de la pantalla grande. Con el tiempo, su trabajo lo hizo aprendiz de un fotógrafo de nota roja y salió a las calles a cazar tragedias. A sus escasos once años comenzó a trabajar como fotógrafo para el periódico “La prensa” y por su corta edad, se ganó el apodo de “El niño”.


A lo largo de sus más de 50 años de carrera, Metinides fotografió de todo: Choques, asesinatos, suicidios y tragedias de mayor magnitud como la explosión de San Juanico o el terremoto del ’85. Siempre de traje y con la cámara en mano, fue testigo del sufrimiento humano en su más pura expresión y guardó evidencia de ello, traducida en un acervo fotográfico tan grande que casi es infinito y que ha sido expuesto en las galerías más reconocidas del mundo, de Madrid a Londres, pasando por Nueva York y Francia.


Pero ¿cómo es que el trabajo de un fotógrafo de nota roja, ese que vemos gratis en los puestos de periódico, ha llegado a los lugares más elegantes y sofisticados en el mundo del arte? La respuesta se debate entre la naturaleza puramente artística de la obra y el trasfondo psicológico que, ya sea en una avenida ruidosa o en The Photographer’s Gallery, nos obliga a ver el retrato de la tragedia a los ojos.


Como seres humanos, la única certeza que tenemos es la muerte. No sabemos cómo será nuestra vida, cuánto durará ni dónde estaremos, pero de todas las preguntas que pueden surgir, solamente una respuesta es segura: Algún día vamos a morir. La certeza está en el medio de mucha incertidumbre, de saber cuándo, cómo, dónde y porqué moriremos, aunque nada de eso tiene respuesta hasta que ocurre, momento en que es demasiado tarde para nosotros.


La incertidumbre nos da miedo, se siente demasiado grande y al no poder lidiar con ella, canalizamos nuestro temor a la muerte per se y no a todo lo que la rodea. Nos aterra perder el control y sucumbir a algo que no terminamos de comprender y entonces, ¿qué hacemos con ese miedo? A nuestra manera, buscamos recuperar el control, la pintamos, la fotografiamos y la escribimos. Solo a través del arte sentimos que podemos manejar a la muerte, en lugar de ella a nosotros, calma nuestro temor y nos hace olvidar lo insignificantes y efímeros que somos.


Sabiendo esto, es fácil comprender por qué las fotografías de Metinides trascienden el tiempo y el espacio. No es despreciable, y en realidad es fundamental, notar que las fotografías carecen de la crudeza de las imágenes que vemos hoy en día; si, podemos ver un cadáver, un accidente o a un familiar doliente, pero es tal el amor y la delicadeza con que fueron tomadas, que más allá de la curiosidad y el morbo, nos invade una sensación de paz, pues en el fondo sabemos que ese hombre apuñalado tendido en el suelo o los hijos que lloran desconsolados porque perdieron a sus padres, fueron reivindicados y vivirán eternamente en la memoria colectiva gracias al disparo de una cámara.


La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería