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La demonización de la raza afro en la novela "Jóvenes, pobres amantes" | Tren de papagayos #04



Tren de papagayos #04, una columna de Saúl Munevar

La demonización de la raza afro en la novela Jóvenes, pobres amantes, de Óscar Collazos

Jóvenes, pobres amantes, es la novela corta del escritor colombiano Óscar Collazos. Escrita en 1980 y publicada en 1983, en Barcelona. Republicada por la editorial Seix Barral, en 1997. El personaje principal es un joven adolescente de 16 años, perteneciente a una clase acomodada en la ciudad de Buenaventura. En época de vacaciones de sus estudios se encuentra con Toño, un joven afro de la zona. El primer contacto que tiene con él es el robo de sus zapatos y el calzado de estos por parte del victimario como si de un ritual de inicio se tratara (1). A los tres días se lo vuelve a encontrar y entablan una especie de complicidad y seguimiento de andanzas. Toño es un joven vagabundo, sin educación, que se dedica a robar para sobrevivir. Viene de los manglares donde tuvo un padre maltratador. Tiene una compañera apodada La loca que se prostituye y le lleva a él el producto de sus favores sexuales. Toño será el guía para el joven mestizo en una especie de ritual de paso de niño a hombre. Dentro de este ritual tendrá su primer encuentro sexual con La loca, visitará la ciudad suburbana, los cordones de miseria a la orilla del mar, la zona de tolerancia, los lupanares, las cantinas. Conocerá el alcohol barato y la vida triste y decrépita de tres de sus profesores de bachillerato. Va de la mano de Toño y de La loca, en una especie de descenso a los infiernos. La noche crucial la pasan en una cantina con su profesor de historia y Toño, quien demuestra sus dotes de bailarín, gran tomador y cuchillero. En todo este proceso, de manera simbólica, el joven empieza su proceso de transformación hacia la hombría.


De entrada cuando el contexto nombrado es Buenaventura, automáticamente ubica al lector dentro de un contexto mayoritariamente afrocolombiano. La construcción que hace el narrador personaje de la Buenaventura de los años 50 es una ciudad atravesada por la pobreza, es barrial, suburbana, demonizada, delincuencial, prostituida, segregada y exótica. Como si de una caricatura se tratara la primera imagen de Toño es un personaje descalzo. Desde un principio es un arquetipo de las caricaturas históricas y racistas: tez negra, poco racional, descalzo y ladrón (2). En la novela hay una demonización o se relaciona con el diablo a la gente pobre que vive en los suburbios, a la orilla del mar (en palafitos o cambuches) y cerca a los manglares. Hay un lenguaje colonial implícito aquí, y más que colonial; religioso, donde se relaciona al pensamiento y comportamiento afro con lo demoniaco. Además, de ser una geografía al nivel del mar Pacífico con sus elevadas temperaturas, se relaciona con el infierno, nuevamente está presente el arquetipo demonizador construido por el discurso colonial y religioso (3).


Otro de los temas que se destacan en la obra dentro del discurso racista y despreciativo hacia la raza afro, además de su equiparación con la pobreza y otros factores negativos, es el miedo sin fundamento contra dicha etnia (4). Y también presentan a un Toño que es consciente de su condición de dar miedo (5). En otro pasaje donde podemos observar la demonización es a través de los sitios de tolerancia, las cuales son frecuentados por los extranjeros que llegan en barco. Extranjeros a los cuales Toño se encarga de conducir, extranjeras a las cuales asalta el joven delincuente (6). El personaje principal está lleno de prejuicios y referencias negativas frente a la cultura y sociedad afro, por su pobreza, sus condiciones precarias, sus costumbres y su aparente exotismo. Pero sus observaciones siempre son desde la barrera, con Toño viene la introducción y la comprobación a este mundo.


En la obra hay un trasfondo demonizador de la ciudad. Una “ciudad del pecado”, donde el discurso del innominado narrador y personaje se basa desde la moral religiosa. No es muy claro si su familia es conservadora o goda, pero si queda claro que es una familia que practica el catolicismo. Hacia el final de la novela, después de la noche crucial, nuestro personaje se dirige a la iglesia con la intención de expiar sus culpas en la catedral. Cuando ingresa a la misa se queda dormido sobre la banca y no escucha el discurso del sacerdote. El personaje cae en razón de que no es la religión lo que determina su forma de proceder, es ser fiel a sí mismo, y más que fiel a sí mismo, es el autodescubrimiento y darse cuenta que el ritual religioso ya no es necesario. Como lo hace su profesor de historia (Martínez) quien usa el discurso de la sexualidad dentro de sus clases y es consecuente con su discurso al preferir la vida nocturna y bohemia entregada a los placeres del cuerpo. Won Chang Won, es su profesor de física, de origen chino, alcohólico y ferviente consumidor de mentol. Monsieur Lapique, su profesor de idiomas, de quien siente cierto pesar por ser un hombre lejano de su tierra y que pocos o nadie lo conocen. Su actitud es contraria a la de Toño que busca en lo extranjero un medio de supervivencia. Las apreciaciones y aportes sobre la música y cine son siempre extranjeras (gringas o europeas) de parte del narrador. Hacia el final se burla de su profesor de física. Y no le rinde pleitesía a su profesor de idiomas.


La ciencia de la historia, representada y simbolizada en el profesor Martínez, es mostrada en sus clases con temas referenciales a Europa, pero nunca toca temas locales o nacionales, menos sobre la historia afro. La historia, entonces, siempre está mirando hacia afuera y no hay una conciencia sobre la historia propia, su discurso siempre recae sobre la degradación, la desesperanza y cuan importantes fueron los líos de faldas de los grandes hitos de la historia europea (7). Toño Díaz, junto a su novia La loca, el joven narrador y Martínez, representan a los siete pecados capitales de una u otra forma. Lujuria, en una cancha cerca al mar aparece desde los manglares La loca, quien es perseguida por un grupo de jóvenes para sostener relaciones con ella. Aunque al principio opone resistencia al final de la escena la joven se tira sobre la arena y recibe a los que quieren entrar en ella. En otro capítulo será ella quien sostenga la primera relación con el personaje innominado. A través de varios pasajes se hará referencia al alto grado de natalidad y a las prostitutas, sobre todo las prostitutas de tez negra. Ira, está mejor representada en el profesor de historia Jorge Martínez, por una escena que cuenta de su vida personal con un amorío donde reacciona de manera violenta (8). Orgullo, Toño siempre se sintió en derecho de tomar lo que quería cuando lo quería. Tenía un orgullo con el que justificaba su deseo de no trabajar (9), y por ende la pereza, su irresponsabilidad y su indolencia. El mismo orgullo con que le dice a su cómplice de andanzas de tres días que se vaya de su cambuche antes de que intente salvarle la vida. La gula puede retratarse cuando Toño acaba de salir de la cárcel y nuestro personaje lo invita a almorzar. Él se pide una cerveza, Toño, un caldo de pescado y un vaso de leche. Se termina bebiendo hasta la cerveza de nuestro personaje (10). Avaricia, Toño es el intermediario entre los extranjeros y las proxenetas de los distintos prostíbulos. Llega a negociar con ellas, les pide propinas a sus clientes y les pide a las proxenetas, cuando estas no quieren aceptar las condiciones de Toño amenaza con llevarse a sus incautos a otro lugar. En una ocasión llega a pedir como pago que una de las niñas más jóvenes se acueste con él y el joven acompañante. Toño siempre quiere obtener lo que quiere, a su manera y a cualquier costo sin medir consecuencias. Envidia, no parece explícita, pero es el pecado capital que atraviesa la novela de principio a fin y está tan dosificada como un dato escondido que responde a varias de estas preguntas ¿Por qué nuestro protagonista, a pesar que Toño lo robó en un principio, nunca se despega de él? ¿Por qué cuando se desaparece una semana nuestro protagonista lo extraña y lo invita a comer cuando se encuentran? ¿Por qué es cómplice de varias de las andanzas de Toño? ¿Por qué acepta ir a un antro de mala muerte y contempla con tanta atención la forma de bailar y de pelear de Toño? Las respuestas están al principio y al final: “Yo era un muchacho débil y lleno de temores, nada raro, aunque después me hice fuerte y menos temeroso.”(Pág. 14-15) Cuando ve a Toño en su agonía no hay ni una gota de remordimiento ni una insistencia por salvarlo: “Me aparté bruscamente. Si me quedaba un segundo más su agonía sería una punzada en mi propio cuerpo porque ya nada me quedaba en eso que podía llamarse conciencia.” (Pág. 146). Es la envidia la respuesta. Nuestro protagonista, a pesar de provenir de una clase acomodada, nunca pudo gozar de algo: Libertad y valor. Todas sus imposibilidades, frustraciones y miedos los proyectaba sobre Toño, un vagabundo acompañado por una loca que lo seguía a todas partes. Toño ha hecho todo lo que el joven nunca había podido hacer: Enfrentarse a la vida; ser un hombre. Y Toño, con menos que nada, lo hacía todos los días. No era admiración lo que sentía el joven por él, era la envidia y el menosprecio que siempre manifestó por una raza a la que estigmatizaba en sus constantes reflexiones. Es el mestizo quien cuenta la historia de ambos. Hay un meme que podría explicar, a manera de humor, la verdadera razón por la que algunos blancos odian a los afro; la respuesta es una foto del viril David, de Miguel Ángel (11).


Aunque la novela muchas veces incluye el discurso del humor negro, sobre todo a la temática sexual, hay una parte reflexiva que siempre está cuestionando el proceder de los demás personajes. La lectura que expongo aquí está establecida desde los valores actuales sobre los temas de la discriminación y el racismo, lo cual en ningún momento le resta su valor literario a la obra y menos a su autor. Es una novela que a través de la simplicidad construye escenas, diálogos y reflexiones que invitan a la continuidad de su lectura, sobre todo a construir un juicio de valores diferentes con la que fue leída hace veinte o treinta años.




Notas


(1) “Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos.” (Frase de la película Matar a un ruiseñor). Para este caso creo que podría aplicar la frase a la inversa: Me conozco muy poco hasta que alguien empieza a andar con mis zapatos.

(2) Le quedaban estrechos mis zapatos pero andaba con ellos con aplomo y elegancia: los negros caminan como si estuvieran invitándote al baile. No, en verdad bailan cuando andan, ofrecen el demonio de sus cuerpos a los innumerables demonios de su pasado. Pág. 17

(3) A nosotros, nacidos y crecidos en medio de la tibieza y humedad (incandescencia de un purgatorio instalado a la orilla del mar), tanta endemoniada vida empezaba a sernos acariciante. (…) «Estos negros llevan el diablo adentro —decían los blancos—. Con el cuchillo en los dientes.»

(4) Lo vi más negro, casi azulado y brillante. El sudor empapaba su camisa, linda colcha de colores. Por un oscuro temor, de un más oscuro origen, algo más corrosivo que el miedo era lo que sentía ante un negro. (Pág. 25)

(5) — Tienen miedo— adivinó Toño—. Ven un negro y se cagan del susto. (Pág. 27)

(6) Pronto bajaría la tripulación con destino a la ciudad, si se podía llamar ciudad aquel extendido y miserable barrio de putas levantada o en una de las colinas, si ciudad eran estas doscientas mil almas expiando culpas ajenas o improbablemente propias. (Pág. 28)

(7) —Nunca creí que me quedaría en esta ciudad. Con el tiempo me fie ganando. No sé si me entiende, pero encontré un raro magnetismo en estas calles y en estos seres que malvivían de nada. Algo mortecino había en este pueblo y sigue habiéndolo, aunque se defiendan con la irresponsabilidad, la pereza o la indolencia. (Pág. 119)

(8) La miro y ella mira los platos, mientras se pinta las uñas de los pies. « ¿Qué le pasa, Jorge, que no come?», me pregunta. ¡Maldita sea! Cojo el plato y lo levanto. Calculo bien el tiro y ¡Pam!, lo aviento contra el tocador, (…). Entonces ella empieza a berrear: desgraciado, ¿qué carajo le pasa?, chillaba y miraba el pedazo de carne tiesa que se había enganchado en el cristal. (Pág. 92)

(9) «Robar a mí, robar a mí», repetía con sorna.

— Oiga, profe: el día que un malparido me robe algo, estaré perdido. Me levantaré de inmediato una chamba, ¿sabe?, un maldito trabajo de esclavo.

(10) Deboraba el sancocho con dedicación, sin levantar los ojos del plato, inclinada la cabeza hacia la cuchara que alzaba hasta la altura del pecho. ¡Malos modales! (Pág. 47) (…) «Está bueno», decía antes de terminar. Se había bebido la mitad de mi cerveza y dado muerte al vaso de leche. (…) Eructó sonoramente y su lengua empezó a hurgar caries y paladares. (Pág. 51)

(11) Un estibador orinaba contra la pared, sacudía con desdén su gorda picha negra. No estaba floja ni dura, pero podía jurar que nunca había visto una más intensa. La acarició de arriba abajo antes de guardarla. (Pág. 28)

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