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La guerra no tiene rostro de mujer: memoria y silencio | Meditación en el umbral #01


Meditación en el umbral #01, una columna de Fabiola Bautista


Ya no estamos a tiempo de tener un pasado glorioso.

Pero todo el futuro seguirá agonizando

hasta que no sea suyo lo que les pertenece.

(Una de dos, Raquel Lanseros)

“Es justo ahí, en la calidez de la voz humana, en el vivo reflejo del pasado, donde se ocultan la alegría original y la invencible tragedia de la existencia” escribe Alexandra Alexiévich en los extractos del diario que conforman La guerra no tiene rostro de mujer, obra que —tras constantes puertas cerradas bajo el pretexto de la deshonra a la patria— logra ver la luz en 1985 y que, 35 años después, sobrevive el paso del tiempo para recordarnos que el dolor humano jamás ha de permanecer en el olvido. Numerosas son las creaciones en torno a conflictos bélicos, de aquello es consciente la escritora y periodista bielorrusa. ¿Qué la lleva, entonces, a desentrañar el misterio de las historias nacidas en las filas del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial? A adentrarse en aquel mundo descrito por ella misma como “terrible y enigmático”, a palpar las cicatrices latentes de una lucha donde no existieron ganadores. Me atrevo, pues, a dar respuesta mediante aquel calificativo que su trayectoria y sensibilidad le han otorgado a esta Nobel de Literatura: “la voz de los sin voz”. Allí, bajo el escombro del silencio y el anonimato se halla el sufrimiento de cientos y miles de mujeres cuyo pasado ha echado raíces en su alma. Voces quebradas y miradas distantes dejan entrever —siquiera por un segundo— las anécdotas que trastocaron una vida, los olores que acompañaron el campo de batalla, la sensación de frío y muerte que se coló por las vértebras y nunca se marchó del todo. Así, más allá del falso heroísmo donde reside “la frontera entre lo humano y lo inhumano”, estas voces se unen para narrar su propia historia, una que nace de la intimidad femenina. ¿Cómo revelar al lector las atrocidades de la guerra? Se podría relatar sobre las niñas obligadas a convertirse en mujeres en medio de la sangre y el sonido de las balas, sobres las hijas que tomaron el lugar de sus padres cuando el peso de los años impedía a éstos defender su patria, o las esposas que se despidieron con un beso sin saber que sería el último, las madres que cargaron en brazos el cuerpo de un bebé cuyo llanto había cesado para siempre producto de la desesperación y el hambre. Esto y mucho más ha plasmado Alexiévich con las voces que le han sido prestadas, con las memorias que hasta el momento habían quedado bajo la sombra de “la gran Victoria”. “No necesitamos su pequeña historia, necesitamos una Gran Historia” advierte el Censor que amenaza con enmudecer algo que aún no logra comprender: “¿No le basta con los hombres? ¿Para qué quiere todas esas historias de mujeres? Esas fantasías femeninas…”. Mientras el favorecido canon y la historia oficial se han encargado de plasmar el heroísmo del hombre en medio de la masacre en pro de un artificioso nacionalismo, estas “pequeñas historias” albergan lo más profundo del ser humano; sus añoranzas, miedos, deseos y sueños. “Recojo y sigo la pista del espíritu humano allí donde el sufrimiento transforma al hombre pequeño en gran hombre” confiesa la autora. El título escogido para esta obra salta a la vista tras leer unas páginas, las interrogantes no se hacen esperar: ¿cómo ser mujer en medio de la guerra? Y más aún ¿qué significa serlo? Enfadadas por ser consideradas “bailarinas” y “muñecas”, demostraron que su lugar también se hallaba al frente del combate, sitio en donde entregarían su vida de ser necesario, donde quizá dejaron una parte de ella: “Después de la guerra, me pasé quince años más saliendo de reconocimiento. Cada noche. En mis sueños fallaba el fusil automático, o bien nos rodeaban. Me despertaba rechinando los dientes. Trataba de situarme: ¿Dónde estoy? ¿Allí o aquí?”.[1] Se habla del “durante” en medio de la crueldad, pero ¿qué pasa después? ¿Cómo recuperar los cimientos bajo los cuales construyeron la femineidad una vez abandonado el sitio de lucha? ¿Se recupera acaso cuando los rizos crecen de nuevo, cuando las manos abandonan los rifles para ser acompañadas ahora por una sortija o cuando la sangre corre de nuevo para recordarles que no sólo son capaces de quitar vida, sino también de darla? “Había que aprender de nuevo las cosas cotidianas” relata una; las faldas estorbaban, la comida seguía tomándose en raciones y la idea del matrimonio llevaba a las lágrimas. ¿Quién vela por los que salieron vivos? No me atrevo a llamarlos victoriosos ¿quién triunfa en medio de la masacre? Las condecoraciones y medallas quedan resguardadas en algún cajón. De las historias de guerra sólo quedarán las anécdotas y los demonios que cada una carga sin oportunidad de que el mundo los conozca: “Lo que nos hiere por encima de todo es que nos arrancaron de un gran pasado y nos echaron a un presente insoportablemente pequeño.” ¿Por qué la nación da la espalda a quien entregó hasta su último aliento por ella? ¿por qué nosotros lo hacemos a sabiendas que en sus voces encontraremos mucho más de lo que cualquier libro de texto podrá decirnos? Porque reescribir la historia es sencillo cuando se mata en vida a quien la lleva en su piel, porque buscamos admirar un resplandeciente patriotismo ocultando la sangre bajo la cual fue cimentado. Creemos que es posible ignorar el sufrimiento humano esperando que éste, algún día, desaparezca: “Pregúntenos ahora que estamos vivos. No reescriban después cuando nos hayamos ido. Pregunten…”. Si el reciente Nobel de Literatura a la poeta estadounidense Louise Glück abre paso al reconocimiento de la escritura femenina, La guerra no tiene rostro de mujer resguarda en la memoria las palabras, historias y sentimientos de aquellas que se hicieron “un lugar en un mundo que era del todo masculino”. Así —a manera de resistencia— obras como la de Alexiévich no sólo rescatan una guerra desconocida, sino que resultan imprescindibles para todo ser humano puesto que hemos de aspirar a lo sensible. Cuando dejamos de vislumbrar la guerra a través de cifras encontramos las pequeñas historias, las anécdotas; al soldado que lloraba por regresar a casa, a la mujer que se hincó ante la cuna de su recién nacido para despedirse, a la hija que buscaba un trozo de ropa de su madre para poder darle descanso eterno. Necesitamos estas voces para abandonar aquel enaltecimiento a la guerra y cuestionar por qué permitimos que siga ocurriendo. Necesitamos recordar que detrás de cada rostro que peleó en la guerra hay un ser humano como tú y como yo, esperando contar su historia, esperando que el sufrimiento cese. [1] Testimonio de Albina Aleksándrovna Gantimúrova, sargento primero, tropas de reconocimiento.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería