La locura y el Reconocimiento del Otro (o un método para apuñalar a G.W.F. Hegel)

Actualizado: 28 de feb de 2019

"Remodelling Photo History: Revisualization 1981–2", de Jo Spence.

Ensayo de José Natsuhara.


El Reconocimiento del Otro en la filosofía de Hegel es tratado ampliamente en su obra titulada: El Sistema de la Eticidad. En aquel texto presenta un proceso ascendente de progresiva identidad. Primero son tratadas las relaciones de vida natural, es decir las formas de identidad relativas. Es aquí donde hallamos como primera forma de relación la aniquilación e incorporación del objeto por el sujeto; encontramos además la relación entre hombre y mujer en el estadio amoroso, y la relación entre padres e hijos. En segundo lugar se desarrolla la identidad absoluta propia de la eticidad absoluta, es decir se pasa de la identidad relativa de la eticidad natural a esta segunda forma de indentidad. Es en este punto donde la negatividad hace posible tal transición.


Encontramos entonces una serie de procesos que van conducidos hacia una mayor identidad, y entendemos que para ir ascendiendo se debe de pasar por la negatividad. Para Hegel en las relaciones entre personas el reconocimiento y la identidad deben de ser fundamentales. Una persona toma mayor conciencia de sí a través del reconocimiento del otro y de su identificación en él. Esta perspectiva es central en el Sistema de la Eticidad pues nos da luces sobre lo que Hegel piensa sobre el comportamiento ético, sobre las relaciones sanas entre seres humanos.


Como habíamos mencionado al inicio, si bien es cierto aceptamos que el reconocimiento y la identidad son necesarios para la vida ética; reconocemos también de que ambos son difíciles de lograr. Existe una negatividad insertada en tal proceso, que valga la paradoja ayuda colocando trabas. Para poder comprender esto tengamos presente la relación de hombre a hombre en lo que ha venido a llamarse la “lucha por el reconocimiento”, enmarcada en la relación entre amo y siervo.


Para que un ser humano se sienta completo debe sentirse integrado, reconocido por los demás. Es por esto que si el otro o los otros le niegan la existencia o lo tratan como un siervo, un mero objeto que les pertenece o que pueden usar como una herramienta, o si se da el caso radical de que lo ignoren por completo; el sujeto se verá obligado a librar una lucha a muerte por su reconocimiento. En este sentido lo más doloroso que puede experimentar una persona es la invisibilización de los otros, sentir que su existencia le es negada. La lucha a muerte es necesaria, la negación ayuda al proceso porque ocasiona que se de como tal, hace que uno se rebele contra una concepción externa de sí mismo e intente ser visible en el mundo; y también hace posible la distinción entre uno y otro para luego dar paso a la identidad del uno en el otro.


Ahora, habiendo trabajado estos puntos, preguntémonos si la invisibilización del otro podría en algún momento, más que un acto repudiable o no, más que algo meramente momentáneo, ser algo necesario en determinadas situaciones. Analicemos si en la vida práctica realmente existe un discurso que pretenda integrar a todos y que de hecho se de en el plano social tal integración. ¿A veces es necesario invisibilizar y destruir para así más tarde superar esta negación?


Tal vez a los dementes no se los considere propiamente como dignos para integrarse la sociedad, o tal vez sí, solo que su reconocimiento pasaría por impedirles parcial o totalmente su participación dentro de la vida civilizada. El hombre demente y el hombre sano continúan siendo seres humanos, pero es evidente que su conducta puede llegar a ser diametralmente distinta. El mismo límite que permite trazar cuándo una persona es un demente y cuándo no, es un problema que ya lleva bastante tiempo.


Algunos dirán que la locura es definida simplemente como algo que no se ciñe a los patrones de la gente promedio. Esto es en parte cierto. Pero tampoco hay que extraer de esta premisa el hecho de que la locura sea algo absolutamente relativo, que pueda ser que tales conductas sean normales y saludables. No, en el terreno de la psicología uno puede con más seguridad distinguir entre personas con problemas normales y personas que realmente sufren de enfermedades neurológicas, que poseen patologías serias, que viven una vida incierta y que padecen de tal forma que deben de medicarse o de lo contrario su mente y su cuerpo en general se verán afectados y expuestos a una constante degeneración. En este ensayo tendremos en cuenta este punto antes de proseguir. Es decir, cuando decimos demente tenemos en cuenta un sujeto diagnosticado, una concepción de locura propia de la psicología y no algo vinculado meramente a un relativismo romántico propio de la antipsiquiatría.


El reconocimiento de la identidad absoluta involucra la posibilidad de reconocer en el otro a un igual. La diferencia que pueda existir no puede ser simplemente borrada sino que debe de ser integrada. En el caso de hallarnos frente a una persona con problemas mentales podríamos reconocer en ella características nuestras pero la diferencia entre ambos podría parecer que nos sobrepasa. La comunicación misma para que se de el reconocimiento deberá ser especial, en este sentido si tratamos con un paciente grave no podremos establecer un vínculo de comprensión mutua si no somos especialistas, personas calificadas con los conocimientos necesarios que posibiliten establecer tales vínculos. En la persona enferma reconocemos menos puntos en común de los que reconoceríamos en una persona mentalmente sana; pero por otro lado no es totalmente imposible reconocernos en ella porque pese a todo no es totalmente ajena a nosotros, no es totalmente diferente en tanto sigue siendo de la misma especie.


El reconocimiento de parte del hombre sano al enfermo se da, es decir el hombre sano puede reconocerse en el hombre enfermo, parcialmente al menos. No obstante, el movimiento inverso no necesariamente es posible. ¿Debemos creer que todo hombre con problemas mentales puede lograr reconocerse él mismo en los demás cuando quizá ni siquiera puede tener en claro una idea coherente sobre sí mismo y la realidad?


¿Habría que pensar que todos deseamos ser reconocidos?. Los hombres dementes puede que vivan tranquilamente en el mundo de sus alucinaciones y no posean esta inquietud, que no se vean inmersos en esta lucha por ser reconocidos. Si bien es cierto es importante que sean reconocidos, tal vez en muchos casos los interesados sean los familiares o los tutores, los cuales sí están en capacidad de ver la importancia del reconocimiento en tanto permite que la sociedad no se desentienda de estas personas. Pero quizá los mismos enfermos no siempre sean conscientes de tal lucha, ni deseen librarla, ni estén en condiciones de llevarla a cabo.


En Hegel el reconocimiento del otro va más allá del acto intersubjetivo entre solo dos personas (que es como hemos analizado hasta ahora el problema), pues involucra necesariamente al Todo. Es decir Hegel cree que al reconocerse la persona como parte de un todo social, y solo comprendiendo esta relación con el todo social, es posible que pueda ver a los otros como sus iguales, y se pueda dar una relación verdaderamente ética entre él y los demás.


Es bastante más difícil que podamos afirmar que todos los sujetos dementes sean plenamente consciente del todo social que los rodea. Probablemente en algunos casos el sujeto solo viva en su mundo. Y es que esta clase de precariedad nos hace pensar si todos tenemos las mismas oportunidades, si todos somos capaces de llevar tal proceso hegeliano en igualdad de condiciones, o incluso si algunas personas simplemente no pueden lograr una relación propiamente ética con otros.


Hegel lo creería así, o al menos eso tendría que decir su teorí: que el hombre loco no puede siquiera tener una relación verdaderamente ética con los demás seres humanos que lo rodean pues no es capaz de cumplir con los requisitos adecuados, que son ser consciente del todo social y ver al otro como a un igual.


Imaginemos que nos encontramos con alguien perdido en sí e intentamos establecer un contacto. Puede que seamos heridos, puede que se de una relación insana en la que ambos nos veamos afectados. Puede que se de la agresión, la muerte. Tenemos entonces que en muchas ocasiones los hombres sanos optan por la invisibilización del alienado no solo por un desinterés al respecto, sino por un mero acto de supervivencia. No hay que ir muy lejos para comprender este impulso de supervivencia en la elección de con quienes relacionarnos y con quienes no. Por ejemplo, es verdad que todos podríamos interesarnos por mejorar la educación y la seguridad para así tener mejores ciudadanos, y de hecho podemos estar interesados en ayudar a las personas adictas con el apoyo de determinados programas, etc; pero sería una mentira si es que aceptamos que todos en cualquier circunstancia estamos dispuestos a una relación frente a frente con un criminal, con un demente o con un adicto.


La relación ética no puede darse de manera absoluta. Pero una de las partes: la parte “sana”, puede aún mostrar preocupación por la otra. Lo ético podría ser, y esto es una propuesta propia, preocuparnos por aquellas personas que a pesar de no poder establecer una relación ética están presentes en nuestro todo social y no dejan de ser seres humanos como nosotros. Si una de las partes al menos es consciente de ésto creo que a pesar de que la otra no tenga conciencia de lo mismo puede darse (en la persona sana) una obligación de actuar eticamente. Esta es una manera en la que provisionalmente podemos salvar el problema de cómo miramos y atendemos las necesidades de todos.


En conclusión, la relación intersubjetiva entre personas normales transcurre sin novedades dentro de la teoría del reconocimiento esbozada por Hegel. No obstante, hay diferencias sustanciales cuando este reconocimiento lo aplicamos a la relación que tenemos con personas con problemas mentales serios. Propiamente, los dementes no tienen para Hegel posibilidad alguna de entrar a una relación ética con los demás seres humanos. Los dementes al no ser conscientes necesariamente de sí mismos, de los demás, de la realidad misma no pueden sentirse como parte de un todo social, y no pueden ver al otro en su real dimensión; incluso puede que no tengan necesidad alguna para llevar a cabo una lucha por el reconocimiento (la cual es normal en los hombres mentalmente sanos). Hegel entonces no está hablando de locos cuando crea el Sistema de la Eticidad, o al menos no los contempla en el análisis.


Las personas dementes a pesar de lo que arroje la teoría hegeliana, deberían de ser reconocidas, porque una de las partes (el hombre sano) puede reconocerse en ellos y ser consciente de que forman parte del todo social. He aquí una responsabilidad para con ellos que podría tomarse más allá de los resultados analizados.


La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería