La Poesía y la Medicina, de Alfonso del Granado

Actualizado: jun 10



En Occidente, la lírica ha nacido uncida al culto de la muerte. La primera colección de poemas líricos que se conoce en esta tradición es una antología (anthos: flor. logia: colección) de epitafios ateniense que resumen los hechos y virtudes del ciudadano ido. Como bálsamo o como antídoto, los poetas han escrito frente a la piedra fría de lo irremediable. Así Orfeo, el héroe lírico por excelencia del mito griego, conmueve con su canto a la naturaleza inánime que lo circunda cuando ya no puede rescatar a Eurídice del Hades. Su lira, desplazándose, anima a las piedras, pero no logrará rescatar a la amada de debajo de la tierra.


Así como Cicerón -pensando en Sócrates- estimaba que el filósofo era aquel hombre virtuoso cuyo cuerpo de estudio es la muerte, una poderosa tradición, acompañada, también, por varios doctores de la Iglesia ha establecido a la poesía como remedium intellectus y al poeta humanista como «un médico para todos los hombres». La poesía, tradicionalmente, ha sido el gran argumento contra la muerte, quedando suspendida en el abismo de la fosa, ya para suplementar al héroe épico o trágico con un fama imperecedera, ya para estirar al mismo escritor más allá de sus propias cenizas y dar sentido a su fragmentación y dispersión finales en el manojo de palabras que -en la Modernidad- lo conocen por Autor.


No es del todo arriesgado sostener que en lírica (más allá de la intensidad abismal del coito y de la famosa dicotomía Eros-Thanatos), el amor constituye un tropo que permite eclipsar o ritualizar eficazmente la paradoja de lo que ha dejado de ser, la instancia de lo que se ha muerto. La felicísima traducción quevediana de la elegía de Propercio, en la que el poeta mesmeriza el polvo con el veredicto de «polvo será, mas polvo enamorado» es un mojón apenas de este largo trayecto encantatorio que conoce, más recientemente, momentos como la meticulosa putrefacción de la carroña baudelaireana o el poema a la amada de Fernández Moreno, en el que la voz lírica se detiene celebratoriamente en los detalles más nimios y más perecederos de la amada: sus nervaduras, sus epiplones y espiroquetas. Es la palabra que, como el canto de Orfeo, se lanza a dar un soplo vital a lo que es mecánico o está fatalmente yerto.


La medicina puede ser paradojalmente entendida como un avatar de la muerte. El juramento de todo legatorio de Hipócrates la invoca para negarla. Curar es denegar la muerte, y ejercer la medicina, a la vez, recordarla. Indagar en los arcanos de lo que vive es, a un tiempo, darle un nombre innumerable y puntual a las distintas máscaras de la muerte. La historia literaria conoce de médicos famosos; piénsese en Rabelais o Descartes, o en Keats, quien quiso ser médico pero se limitó a escribir poesía cuando lo atrapara la misma tuberculosis que se llevara a su madre y a su hermano y que finalmente habría de llevarlo a él. Rabelais celebró la vida, pero Asunción Silva fue a visitar a su amigo médico para que le marcara con yodo el círculo del corazón que el poeta terminó de abrirse con un balazo. Su médico le dio una medida a su muerte.



En 1990 Poemas del Amor y de la Muerte

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