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Las muñecas son para las niñas... ¿o no? | Meditación en el umbral #06


Meditación en el umbral #06, una columna de Fabi Bautista

“Las muñecas son para las niñas” es la premisa cuestionada bajo este cuento infantil publicado en el 2018. Escrito por Ludovic Flamant, la historia es, a primera vista, bastante sencilla: la excéntrica tía de dos niños regala al pequeño de la casa una muñeca, acción que —si bien no resulta agradable para el padre— es tomada como insignificante al pensar que a su hijo menor se le pasaría la emoción en unos cuantos días. Para su sorpresa, o bien, desagrado, el chico le toma afecto a ésta, nombrándola cariñosamente “Teresa”.


La hermana de mi madre es muy rara. Se nota porque siempre lleva la boina puesta, Incluso dentro de casa. Pero la cosa más rara que ha hecho ha sido hacerle una muñeca de trapo a mi hermanito para su cumpleaños. La otra cosa también rara es que a mi hermanito le ha en—can—ta—do este regalo.


Lo que pasa de ser un evento insustancial se convierte en una preocupación de fuerza mayor para el padre, quien busca una y otra vez que su hijo se interese por juguetes considerados “masculinos”; un cochecito o un casco de constructor, por ejemplo. Su esposa, en cambio, le señala que él, siendo hombre, también ha cuidado bebés y llevado a cabo un trabajo excepcional, ¿cuál habría de ser el problema entonces?


Y es que, en apariencia, no debería surgir una problemática a raíz de algo tan sencillo como lo son los juguetes infantiles. Sin embargo, el binarismo de género masculino—femenino se inserta en todos los rincones de la sociedad, dictando así cómo es que deberíamos comportarnos, vestir y hasta con cuáles objetos jugar. Si una de las grandes críticas de la denominada “agenda feminista” se basa en la imposición de la ideología de género, lo que ciertos grupos no toman en cuenta es que un rechazo a la libertad de elección más allá de roles tradicionales es, precisamente, una ideología de género por sí misma.


Traslapado a la cotidianeidad, la ideología de género se nos es impuesta desde que a la niña se le viste de rosado, al varón de azul; cuando a ella se le regala una cocinita y a él un balón de fútbol; al entrar a una juguetería y que cada sección se halle estrictamente dividida en los juguetes por los que cada género debería interesarse. No es por malentenderse, la intención no es una crítica hacia los juguetes por sí mismos, sino a la manera en que imponemos el objeto con el que juegan como un determinante que define en mayor o menor medida su masculinidad o feminidad.


“No se nace mujer, se llega a serlo” reflexionaba la filósofa francesa Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) para referir a que no existe un destino biológico o psicológico que defina a las mujeres, pues la idea de “feminidad” al igual que la de “masculinidad” son constructos sociales. Su crítica permanece vigente en tanto seguimos condicionando a los niños y niñas a seguir determinados roles de género porque “así debe ser”. Bajo una acción tan aparentemente inofensiva como dictarles con qué pueden y no pueden jugar, estamos perpetuando ideas sobre lo que implica el ser hombre o mujer, naturalizando así el hecho de que existan cosas inherentemente masculinas o femeninas.


Esta división, impuesta ya desde antes de nacer, sólo se agudiza a medida que crecemos: “los chicos serán chicos” para perpetuar y justificar actitudes violentas; “llorar no es de hombres” para enseñarles que expresarse emocionalmente o mostrarse sensibles es signo de debilidad y, por tanto, una actividad reservada sólo para las mujeres; “el rosa es de niñas y el azul de niños” para demarcar que incluso en nuestra preferencia y elección de colores debemos seguir ciertas reglas de acuerdo con nuestro género.


Producto de nuestra crianza y formación, estas ideas (sexistas, machistas y demás) se hallan tan arraigadas a nosotros que parecen ser naturales. No es fortuito, entonces, que —al igual que el padre del cuento— las obedezcamos y perpetuemos sin cuestionarlas. En vísperas de Navidad, la complejidad del tema escogido se deja ver ya desde el título, y nos hace pensar cómo un simple regalo puede convertirse en el detonante para reproducir o romper los estereotipos de género. Apostemos por la segunda opción. Brindémosles a los niños y niñas la libertad de elegir quienes ellos desean ser, de forjar una identidad que no sea aplastada bajo imposiciones y roles que, lejos de educar, reprimen. Y, finalmente, acabemos – como el protagonista– con el estigma de que las muñecas son para las niñas.


¿Azul o rosa? Qué más da.

Los juguetes no tienen género.

No se lo pongas tú.[1]



Notas

[1] Tomada de la campaña llevada a cabo en el 2019 por parte del Ayuntamiento de Cáceres para el uso no sexista de los juguetes.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería