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Las mujeres invisibles: reclusión y encierro bajo la mirada femenina | Meditación en el umbral #02



Meditación en el umbral #02, una columna de Fabi Bautista


“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” escribió Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia, publicado en 1929. Considerado como un hito dentro de la teoría feminista y los estudios de las mujeres, esta obra y aquella frase —transgresora aún en nuestros días— cobra particular relevancia a través del cortometraje “Las mujeres invisibles” (2018). Dirigido por el español Pablo Cruz Villalba e interpretado por Ana Laura Aquino Gaspar y Jacobo Lieberman, éste narra —por medio de la protagonista, Hipólita—su día a día como empleada doméstica bajo el mando del propietario de la casa, Samuel. “Yo trabajaba en la fábrica […] a veces se acumulaba el trabajo, entonces era muy difícil pues, ir al baño; comíamos en menos de diez minutos; trabajábamos de siete de la mañana a seis y media de la tarde y a veces nos pagaban y a veces no” comenta Hipólita mientras los rayos del sol anuncian el inicio de su jornada laboral. Reflejo de una sociedad marcada por la injusticia e inequidad social, aquel testimonio hace saltar a la vista el concepto de interseccionalidad planteado por Kimberlé W. Crenshaw[1], mismo que exhibe cómo la estructura de dominación opera sobre distintos ejes tales como el sexo, la raza y la clase social. En este sentido, Hipólita vive una doble opresión marcada por dos condiciones: el hecho de ser mujer y el pertenecer a un estrato social bajo, ejes que se entrecruzan para añadir a la dificultad de obtener un empleo digno a la par de un salario justo. Conforme la proyección avanza, se permite entrever una rutina sembrada con el paso de los años, trabajar con sus manos aquello de lo que nunca podrá gozar; la comida servida en la mesa o un par de zapatos nuevos, por ejemplo. Esto último se constituye como un anhelo que resguarda en el único objeto material propiamente suyo, un diario en el que escribe todas las noches: “e visto muchas veces los sapatos del señor pero oy los vi diferentes estan limpios y parecen nuevos no gastados como los mios”.[2] Producto de sus circunstancias o bien, presa del sistema y, revelando una situación de pobreza generacional, cabe señalar la historia de su madre, quien ocupaba el mismo puesto que le fue heredado (o, mejor dicho, impuesto) a Hipólita. Así, la voz de su hija rememora cómo aquel esclavizante trabajo era únicamente abandonado por escasos momentos durante el transcurso de la tarde para preparar la comida a su esposo. Configurándolo a través de su propia experiencia y cuestionando por qué la mujer debe encontrarse al servicio del hombre, Hipólita —sin darse cuenta— genera un espacio de discusión en el que, como destinatarios, ponemos en tela de juicio las diferencias marcadas por los roles de género: “Pareciera que nosotras por haber nacido mujeres tenemos que hacer este trabajo” menciona ella mientras bolea aquellos zapatos desgastados por los años de injusta entrega. El punto culminante surge cuando Samuel, irrumpiendo el espacio privado de ésta, lee las entradas del diario en donde ella ha plasmado su sentir. Reaccionando con una actitud burlona y déspota, la secuencia nos muestra una cruel y temible realidad: Hipólita no es dueña ni siquiera de sus propios pensamientos, no tiene derecho a la intimidad de ver sus miedos y deseos materializados en un papel. Aquel acto desata lo que se convierte en un evento coyuntural; la protagonista toma la cámara que hasta entonces mostraba al espectador su historia y se marcha sin voltear la vista atrás. “Se nos va la vida y la vida es nuestra, al final el producto no” concluye mientras se levanta la mesa. El cortometraje —quizá ficcional por aquel esperanzador (y atípico) final donde Hipólita recupera, o bien, toma por vez primera las riendas de su vida— entreteje la experiencia estética y la reflexión crítica para abrir debate sobre diversas problemáticas en torno a los roles de género, las clases sociales y los grupos minoritarios, entre otros. Así, ante un espectador silencioso y atónito sucumbido en la impotencia, Cruz Villalba exhibe —bajo su propio lente— una propuesta que termina por constituirse como denuncia social; recordemos que el arte es, por excelencia, un medio para transgredir, reconstruir y resignificar. Si en el 2018 filmes como “Roma” del cineasta mexicano Alfonso Cuarón visibilizaron la explotación de las trabajadoras del hogar, confundida por algunos —en un fútil intento de romantización— como una entrega abnegada, “Las mujeres silenciosas” no sólo nos remite a la condición de otredad que vivimos las mujeres bajo el paradigma masculino, sino que nos presenta aquella cruda realidad que nos rehusamos a enfrentar: el sometimiento y la esclavitud permanecen vigentes en nuestra sociedad por medio de distintas caras que hemos matizado bajo la idea de “trabajo duro”. Vale la pena, entonces, confrontar estas verdades incómodas, reconocer la opresión y tiranía en nuestra cotidianeidad para luchar por aquellos que, como Hipólita, han sido despojados de toda libertad.

[1] Abogada norteamericana y defensora de los derechos civiles cuyo trabajo ahonda en las identidades minoritarias conceptualizándolas dentro de los sistemas de opresión, dominación y discriminación. [2] Extractos del diario de Hipólita.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería