Los aportes de Herbert Mead en la hegeliana Lucha por el Reconocimiento desarrollada por Axel Honnet

Actualizado: 28 de feb de 2019


Herbert Mead (1863 - 1931), filósofo pragmático, sociólogo y psicólogo social estadounidense.

Ensayo de José Natsuhara


La filosofía hegeliana, o mejor dicho el sistema filosófico hegeliano, trabaja temas muy importantes que explican cómo el ser humano y sus relaciones se van formalizando conforme se va integrando a una sociedad, una comunidad, un Estado. Es así que va regulando su comportamiento ciñéndose a las reglas propuestas por un Derecho que pueda brindar cierto grado de equidad y justicia. Hegel destaca además que para lograr este nivel de convivencia y de comunidad es necesario que exista una lucha por el reconocimiento, siendo la forma más completa de reconocimiento la lucha, el antagonismo. Es decir, que estos factores negativos de las relaciones son además necesarios, puesto que deben aceptarse primero para luego ser superados. En la lucha con el otro lo reconocemos ya no como un objeto sino como un ser que puede ofrecer resistencia, que tiene su propia fuerza y voliciones.


“Hegel sostiene la tesis especulativa de que el yo práctico se forja en el presupuesto del reconocimiento recíproco; la identidad individual y autónoma se construye gracias a la capacidad intersubjetiva del entendimiento complementario de sí dado desde la confirmación del otro: “no hay un «yo» sin un «otro/a»”. Gracias a la sistemática distribución de las formas de reconocimiento en la que los sujetos se autorrealizan, se crea un espacio categorial para el proceso de formación de la teoría de la eticidad. El problema es que, desde el prisma metafísico, estas relaciones siguen enmarcadas en una construcción puramente conceptual que trasciende la realidad empírica.” (Pino, 2015, pág. 12)


Axel Honneth realiza una investigación titulada “La lucha por el reconocimiento”, en la que amplía estas nociones hegelianas y las acerca a una visión más práctica. La justificación de Hegel de por qué se dan este tipo de procesos de reconocimiento para Honneth puede caer en lo oscuro y metafísico. Para el autor es necesario aterrizar dichos contenidos y hacer dialogar a Hegel con corrientes actuales del pensamiento. Por ello hace uso de los estudios de Herbert Mead (psicólogo social) y al psicoanlálisis de las relaciones objetales propio de Jessica Benjamin y Donald Winnicott.


La meta de Honneth es investigar la manifestación práctica y comprobable de los procesos del reconocimiento que involucran cómo el sujeto se reconoce psíquicamente a sí mismo en tanto relación con los demás.


“La idea de que el sujeto humano le debe su identidad a la experiencia de un reconocimiento intersubjetivo, no se ha desarrollado tan consecuentemente, bajo presupuestos naturalistas, como en la psicología social de George Herbert Mead; sus escritos contienen el instrumento más adecuado hasta hoy para reconstruir en un espacio posmetafísico las intuiciones teórico-intersubjetivas del joven Hegel. Con el Hegel del periodo de Jena, Mead comparte no solo la idea de una génesis social de la identidad del yo; y las posiciones político-filosóficas de los dos pensadores coinciden no solo en la crítica del atomismo de la tradición teórico-contractualista. Los claros escritos de Mead, en forma de notas para conferencias, muestran amplias coincidencias con la obra juvenil de Hegel en el punto que nos interesa; también esa psicología social intenta hacer de la teoría del reconocimiento el punto de referencia de una construcción teórica con la que debe explicarse el desarrollo moral de la sociedad” (Honneth, 1997, pág. 90)


Honneth entonces busca a través de Mead explicar cómo el presente moral de nuestra civilización actual puede rastrearse en las formas de relaciones intersubjetivas de los sujetos. En este sentido Mead hace uso de su teoría del “self”, que vendría a ser una teoría que desarrollaría cómo se generarían los procesos de conformación psíquica del individuo por medio de la imitación, generalización del otro, feedback, auto-apreciación, integración.


Para Herbert Mead el “self” estaría conformado por dos partes interdependientes. El “yo” y el “mí”. Habría que entender el “yo” como un estadio primario en el que el sujeto reacciona a los gestos y símbolos internos. No existe aquí una regulación de los otros en tanto el “yo” es el territorio de la acción en sí misma, sin aún contar con la respuesta de los otros. El “yo” nunca puede existir en la conciencia como un objeto, porque reacciona a los gestos que aparecen en la conciencia personal.


Por otro lado el “mí” es un segundo estadio en el que el sujeto interactúa con los otros y en base a ello toma conciencia de sí mismo. Es decir, los gestos y símbolos que crea, al ponerlos en contacto con los otros, toman un significado concreto, y ese significado retorna al sujeto. Esta teoría del significado implica que todos los símbolos y gestos necesitan una relación intersubjetiva para surgir.


Llegado a este punto es necesario entender que el “mi” está condicionado por la sociedad, por el entorno en el que el sujeto se relaciona con los demás. Por ello la autopercepción depende como hemos visto de personas externas. En este sentido y en términos éticos es preocupante cómo los problemas del reconocimiento del otro crean una visión distorsionada de nosotros mismos. Por ejemplo en el caso del machismo, la sociedad heteropatriarcal percibe a las mujeres como seres inferiores, por lo que la autopercepción de las mismas se encuentra con este inconveniente cognitivo. Se construye un género en base a lo social, y muchas veces al menosprecio social (cuestión que analizaremos a profundidad más adelante).


El “mi” entonces no es igual en todos los casos, y ello no ha de ser perdido de vista. Asimismo la noción del “otro” no debe de quedar como un “otro” neutro, porque esa neutralidad no existe propiamente o en el peor de los casos refleja un discurso dominante y justamente distorsionado de la realidad. El “mi” se ve influido por condiciones como el sexo, el género, la raza, el estatus económico, el físico, el país de origen, la cultura, la religión, y un largo etcétera. Y esto dado que dependiendo de estos factores el grupo te percibirá de cual o tal manera, y luego uno mismo se percibirá de tal o cual manera.


El “mí” entonces no solo es capaz de desarrollar un lenguaje con el que sea capaz de salir de sí y comunicarse con los otros, sino que además, en este proceso de interacción se percata de sí mismo este reconocerse puede ser positivo o negativo dependiendo de su condición personal y cómo se conforma la sociedad que le rodea. En otras palabras esta transición del “yo” al “mi” entonces es alcanzada cuando el sujeto se hace conciente de sí mismo y logra socializar correctamente con el entorno, generalizando al otro (normas, reglas).


“Conciencia de si mismo, un sujeto puede adquirirla en la medida que aprende a percibir su propio actuar a partir de la perspectiva simbólicamente representativa de una segunda persona. Esta tesis representa el primer paso hacia una fundamentación naturalista de la doctrina del reconocimiento de Hegel en cuanto logra desvelar el mecanismo psíquico que hace depender el desarrollo de la conciencia de sí de la existencia de un segundo sujeto” (Honneth, 1997, pág. 95)


Esta transición es explicada más didácticamente por Mead con las dos fases del juego infantil:

El estadio del play, donde el niño se comunica consigo mismo en base a la imitación de otro niño. Esto vendría ser el hecho mismo de jugar. No se hablaría aquí de reglas.


El estadio del game, donde el niño ingresaría a un cierto tipo de jugar, que vendría a ser el juego de competencia. Para ello no solo basta con imitar el gesto de un compañero; sino que es necesario tomar en cuenta qué papel desarrollamos e el juego y qué papel desarrollan los otros. En un juego de rol como Calabozos y Dragones, por ejemplo, cada jugador tiene que desenvolverse de determinada manera, obrar según su papel y su personalidad. Hay un master, que es quien dirige el juego, y están los jugadores, los jugadores que son guerreros y se comportan como tales, los jugadores que son magos y se comportan como tales, etcétera.


En el estadio del game el niño debe de interactuar con los otros de tal modo que se haga una idea general del reglamento del juego y obre sin salirse de él. De lo contrario se podría afirmar que este “no sabe jugar” y se lo excluiría del grupo. Todos estos otros y sus reglas deberán entonces ser captadas como una suerte de “otro generalizado”.


Estas dos fases explican entonces la conformación del self, la dinámica del “yo” y del “mi”, la construcción del significado mediante la intersubjetividad, y con ello el paso de la vida aislada en uno mismo a la vida como parte de una sociedad llena de otros que se mueven bajo ciertas normativas.


Ahora bien Mead utiliza esta situación del juego en el infante para abordar cómo el hombre en general se desenvuelve en la civilización actual. Cada persona necesita de ese otro generalizado para desarrollar un lenguaje social y encontrar en su expresión personal un significado mayor. Pero ello implica la necesidad de seguir un número de reglas. Esto pues, podría explicar por qué los Estados necesitan de que los ciudadanos regulen su comportamiento de tal modo que el orden siempre o en la mayoría de los casos prevalezca.

Cada vez que un individuo es aceptado por una sociedad (cuando se le reconoce la habilidad de “jugar al mismo juego”), este puede experimentar un sentimiento de “dignidad”. Con ello puede saberse reconocido y saber además el valor que tiene su existencia dentro de un grupo de otros con los que ha decidido convivir y hacer comunidad.


“Mead dispone en relación al «I» y al «me». Estas categorías son comparables a dos interlocutores. El «yo» se representa como una fuerza inconsciente, mientras que el «me» alberga las normas sociales por las que un sujeto controla su comportamiento conforme a expectativas sociales. La formación de la personalidad responde a una experiencia de generalización paulatina del «me» desde la niñez en adelante, albergando un ensanchamiento del espacio de referencia de nuestra autoimagen práctica a medida que el círculo de los otros aumenta. En definitiva, la diferenciación analítica entre el «yo» y el «me» dispone la dimensión normativa del desarrollo del individuo en la que se insertan las normas sociales” (Pino, 2015, págs. 15-16)


Ahora bien, el “yo” entonces es regulado por la sociedad, ¿qué es lo que pasaría si el sujeto no sigue las normas de la misma? Si el sujeto no sigue las normas, como ya habíamos mencionado, es expulsado de la comunidad o castigado de otras maneras. Pero no solo es ser expulsado en sí sino todo lo que implica ello, es decir, que el sujeto dejaría de ser reconocido por los otros y con ello perdería si dignidad. Una persona no reconocida por el resto es una persona invisible, sin valor social. Y esto es justamente el peor castigo para un ser humano: la indiferencia, el menosprecio.


¿Qué sucedería en el caso de que el sujeto viva en un Estado injusto, discriminador y totalitario? He aquí cuando el “yo” podría revelarse, pese al miedo de ser expulsado, frente a una tiranía. Para así no sacrificar su libertad personal. No obstante, según Honneth y Mead, la civilización humana va avanzando más hacia el otorgamiento de más y más libertad individual. Comparando nuestra civilización con las sociedades de la antigüedad, esto podría ser muy claro.


“el proceso de civilización, como dice Mead, sigue una tendencia de liberación de la individualidad: ‘Una diferencia entre una sociedad primitiva y una sociedad civilizada es que en la sociedad primitiva la identidad singular, en lo que concierne a su pensamiento, está mucho más determinada por el modelo de la actividad socialmente organizada, desarrollada por el grupo social ocasional, de lo que está en la sociedad civilizada. En otras palabras, la sociedad humana primitiva ofrece mucho menos espacio a la individualidad, el pensamiento original, único, creador, al comportamiento de la identidad singular, que la sociedad humana civilizada’ (…) Lo mismo que Hegel con el proceso de formación de la voluntad colectiva, así concibe Mead el desarrollo de las sociedades como un proceso de ensanchamiento paulatino de los contenidos del reconocimiento jurídico” (Honneth, 1997, pág. 105)


Llegado este punto Honneth expone que existen patrones dentro de este reconocimiento intersubjetivo. Y detrás del contenido del reconocimiento en el amor, en el derecho y en el marco de la solidaridad, existen contrapartes como el maltrato físico, el menosprecio y la injuria o deshonra.


Para Hegel el amor es el reconocerse a sí mismo en el otro. Es ver al otro como parte de uno como si fuese un espejo, pero sin olvidar que el otro también es una persona libre y única. Mediante esta unión, esta fusión, se genera (en algunos casos) un nuevo ser. Un hijo en el que ambos padres a su vez se identifican, pero que es un ser igualmente libre y único. En el caso del amor de madre e hijo, ambos conviven y comparten sensaciones y sentimientos. No obstante, habría que agregar, que los niños y las madres no se encuentran dentro de una relación intersubjetiva en condición de iguales. En tanto el niño necesita de la madre para sobrevivir, y vive en constante dependencia de ella.


En el campo del derecho, el reconocimiento llega cuando el sujeto es aceptado dentro de una sociedad que se funda en la aceptación moral de ciertas reglas de parte de todos los que la conforman. Esta pertenencia de grupo genera una legitimación de la acción dentro de un marco de Estado moderno y una identidad y dignidad obtenida por el solo hecho de pertenecer a dicho grupo.


Y con respecto a la solidaridad, por medio de esta sensación de pertenencia cada partícipe del grupo desarrolla un afecto con respecto de sus compañeros. Ello podría entenderse mejor analizando el sentimiento de patriotismo o el de un hinchada de fútbol. Se da una valoración del compañero en cuanto comparte vida social y aporta en menor o mayor media con la misma.


Ante estos tres modelos del reconocimiento entonces, surgen tres modelos negativos que hacen mella de la identidad y dignidad del sujeto. El maltrato físico, el menosprecio y la injuria.


El maltrato físico implica una afrenta directa y una lesión física del otro. Ello acarrea una sensación de ya no ser apreciado ni amado por una persona en específico o una comunidad. Se rompe aquí la confianza, que es muy importante para la convivencia, y no solo eso, sino que la afrenta involucra una noción de exclusión, vergüenza y venganza.


El menosprecio por otro lado, acarrea no solo el desprecio de los demás por uno sino el desprecio de sí mismo producto de ello. Recordemos que la autoapreciación viene tanto en cuanto el sujeto se reconoce amado y aceptado por los otros. Se despoja al sujeto de su pertenencia de un grupo se lo toma como un ser ajeno, invisible. A este respecto podríamos mencionar como forma de menosprecio el racismo, el sexismo, el machismo, etcétera.


“Un ejemplo son la discusiones de los años 50 y 60 acerca de los derechos civiles de los negros en EE.UU. En dicha situación histórica accede a la superficie de los hechos del lenguaje la significación psíquica que el reconocimiento jurídico tiene para el autorrespeto de los colectivos excluidos; en las publicaciones acerca del problema siempre se habla de que tolerar una inferioridad jurídica debe llevar a un sentimiento paralizante de vergüenza social del que sólo la protesta activa y resistencia pueden liberar” (Pino, 2015, pág. 18)


Y finalmente la injuria, que implica haber sido manchado en el honor. Haber sido engañado por los otros y haber sido expuesto, denigrado frente al colectivo. Se niega de manera humillante las capacidades de otro compañero.


“La primera forma de reconocimiento se establece en las relaciones primarias de amor y amistad y es denominada como «dedicación emocional» o, en términos de Mead, como «inclinación afectiva». Esta forma de interacción cumple con las necesidades y afectos que son confirmados sólo si son directamente satisfechos. Más allá del círculo de las relaciones sociales primarias, el amor no es transferible a un número elevado de personas, ya que los sentimientos positivos hacia los otros son movimientos involuntarios. El cumplimiento de esta forma de reconocimiento genera como autorrealización práctica la autoconfianza, que de ser censurada se experimenta en aquellas formas de menosprecio traducidas en humillaciones, maltrato o violación. En estas formas de menosprecio se priva al sujeto de la autonomía física en su relación consigo mismo, destruyendo de ese modo una parte importante de la confianza depositada en el mundo” (Pino, 2015, págs. 16-17)


Por todo ello, es posible tanto hacer bien como mal a una persona, según el tipo de interacciones que tengamos con ella. Se hace hincapié aquí a una suerte de responsabilidad moral, que radica en tratar de garantizar la estabilidad psíquica del otro, y trabajando en un clima que cuide de la autonomía de cada quien, en resumen cuidar de su autorrealización y no sentenciarlos a la indiferencia o a la destrucción de su autoestima y honor.


Ante la evidente importancia de asegurar la valoración social del individuo, la cual garantizaría hasta cierto punto la autorrealización del otro, Mead propone el modelo de la división social del trabajo. En este modelo pues, es posible entender al otro como un sujeto con capacidades específicas que aporta en un ámbito específico de la vida e comunidad. A ello se le debe de sumar una noción de que cada labor social de trabajo es igual de importante que otra. Entendido cada miembro social se reconoce como parte fundamental del entramado. De hecho, sin una de las piezas, todo el entramado se vendría abajo. Y al mismo tiempo, claro que en un mundo ideal, cada trabajador se vería recompensado con la apreciación afectiva y el reconocimiento de terceros.


Así, la lucha del reconocimiento de Hegel ha sido actualizada por Honneth, al incluir las reflexiones de Mead con respecto a la formación psíquica de los individuos al momento de relacionarse intersubjetivamente con el otro y con el otro generalizado, entendiendo que forma parte de un mundo más amplio en el que el significado del lenguaje, de los símbolos y de la propia identidad se genera mediante un proceso recíproco. Relaciones de reconocimiento en las cuales hay que cuidar siempre unos de otros, reconociendo sus capacidades y ensanchando así el ámbito de la autorrealización personal y la convivencia armoniosa.



BIBLIOGRAFÍA


Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos. Barcelona: Crítica.

Pino, S. L. (2015). Consideraciones sobre la Teoría del Reconocimiento en Axel Honneth.

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