Natsuhara y el neocortesanismo a lo Castiglione. Aproximación crítica a La Guerrilla Elegante



Aproximación crítica a La Guerrilla Elegante por Elizabeth Peláez Sagástegui


Si como crítica literaria tuviera que dar mi apreciación sobre La Guerrilla Elegante (PERMENSAM, 2019) me sería muy complicado porque mis referencias humanistas, culturales y personales serían infinitas: siento que es un tratado de arte, pero a la vez un manifiesto de vanguardia “posposmodermo”, un líbelo, un panfleto, un ensayo, un cancionero, etc. No obstante, si tuviera que resumir todo ello en una sola idea, diría que La Guerrilla Elegante es un texto que nos interpela como artistas, pero sobre todo como seres humanos, acerca de cómo podemos o pretendemos concebir este arte al que llamamos poesía a partir del entendimiento de lo que realmente es: originalidad, rebeldía, revolución, pero sobre todo, experiencia vital.


En ese sentido, ha sido un gusto para mí leer este poemario porque me ha suscitado muchas emociones, sensaciones y reflexiones que me gustaría tratar en profundidad con respecto a su propuesta poética, pero en esta ocasión solo trataré algunas cuestiones que me parecen claves para explicarla. Una de ellas es, por ejemplo, la relación tan íntima y recíproca que el sujeto poético establece entre la amada y la poesía. Una relación que se puede experimentar en poemas de las cinco tácticas de La Guerrilla Elegante como “Solvalentime”, “Collage y cosecha propia”, “Como enseñarle el mar a una boliviana", “Saluden al poeta” y “El oficio de ser una máquina para crear belleza y contemplarla”.


En “Solvalentime”, poema que inaugura la TÁCTICA 1, somos testigos de cómo la voz poética empieza narrando su historia de amor presentándonos a la amada, cuyo nombre o seudónimo da título al poema de una forma alegórica: “Y Dios, dijo: Hágase la luz. /Y tú, encendiste el malborito azul entre tus labios. /Y de una calada salvaje de cuculíes/ […] Todo el mundo fue para mí creado a tu imagen y semejanza” (Natsuhara, 62). La lectura de estos versos nos ayuda a recrear mentalmente un escenario que hace referencia al pasaje bíblico del génesis, capítulo 1 del Antiguo Testamento, en el que Dios da inicio a la creación del mundo terrenal:Y dijo Dios: Sea la luz: y fue la luz”. No obstante, en el poema de Natsuhara se omiten el resto de los procesos de creación divina de la naturaleza geológica, incluso la creación del mismo hombre, para resaltar la creación de la mujer, una mujer que no nace de la costilla de ningún Adán, sino como creación “natural, salvaje y divina”. Asimismo, esta divinidad de la mujer amada nos recuerda a la dona angelicata (o mujer angelical, en español) en tanto expresa la visión de la mujer amada como un símbolo de inspiración divina y, por ende, como un símbolo de perfección espiritual al que el sujeto poético puede acceder mediante el amor. Así también, para completar la representación que hace el poeta de su amada es necesario leerla en su contexto: vinculada al ámbito artístico contracultural arequipeño. Sobre este escenario, el poeta nos cuenta que Arequipa apareció, “para este recién bajado de la neurosis, / como el aprender a montar bicicleta, y sin manos, / una bañadita top model que brillaba con el matiz/ que la hacía competir con los pueblos fantasmales y los sueños/…” (62). A partir de estos versos vemos cómo el poeta, presuntamente limeño, sale de su espacio de confort “intelectualoide” para vivir una experiencia nueva en Arequipa, una experiencia que puede ser temeraria y marginal, pero por eso mismo emocionante y atrayente dado que le enseña lo que realmente significa vivir.

Una de esas experiencias más vitales y aleccionadoras del poeta será, justamente, la experiencia de amor con la amada: “debo reconocerte que, por mucho, / fuiste más o menos, + que – (siendo yo más caña en las matemáticas/ de los cuerpos, / y del tacto, que es la rama principal de mis amores) / el mejor asilo político con el que un anarquista pudo mojar la cama, / y ello, con todas la implicancias judiciales de ser un exiliado, / aunque de exilio cheverito –que es lo mismo/ que ser un preso de lo más rico de esta vida” (62). En este apartado el poeta reconoce que durante su tiempo autoexiliado de su realidad limeña intelectualoide y marginal en tierras arequipeñas, disfrutó la experiencia amorosa anárquica, rebelde y carnal junto a su amada. Sin embargo, si bien la experiencia amorosa es relatada de una forma muy significativa en este y otros poemas de la TÁCTICA 1, será en Cómo enseñarle el mar a una boliviana” (correspondiente a la TÁCTICA 3) donde se describirá uno de los amores más intensos e inolvidables del poeta:


Cuando te estremeces en el frío paceño y/ piensas en tomar el sol, repito: TOMAR EL SOL, suavemente beberlo/ sentadita en la arena mientras jugamos vóleibol en la frontera, alejados/ del concepto judicial de migraciones, / que migren las aves, que migren los animales/ feroces o se tuesten en las parrillas de este febrero a 25° C/ de puro punche, / los amantes no migran anidan… (128).

A partir de estos versos, somos testigos de cómo el sujeto poético es conciente de que la importancia del vivir aquí y ahora con la amada hace que ignore o pretenda ignorar su contexto histórico: no importa si está a orillas del mar boliviano, no importa la histórica disputa bélica causada por dicho recurso natural entre Perú y Bolivia, no importa que haya un calor intenso que acalore aún más los cuerpos de los amantes, lo que importa, lo que realmente importa, es que los amantes puedan disfrutar ese momento juntos en la arena jugando vóley, juntos soleándose, juntos creando su nido de amor. Una escena romántica que me trae, a su vez, a la memoria los amores de Catulo y su amante Clodia, a quien llamó lesbia en honor a su musa poética oriunda de la isla griega de Lesbos, Safo: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos/ Que los rumores de los viejos severos/ no nos importen. / El sol puede salir y ponerse: / nosotros, cuando acabe nuestra breve luz, / dormiremos una noche eterna”[1]. Como Catulo, el poeta amante sabe muy bien que lo más importante en ese momento es aprovechar la oportunidad que le da vida para estar a solas con su amada boliviana para amarla con toda la intensidad de su ser:


a orillas del mar boliviano (ni chileno/ni peruano, disculpen las molestias)/ yo te cojo de los cabellos y te arrastro por la arena y te huelo/ profundamente/ escuchando en tu caracola el sonido de un mar/ (de vulgaridades) que apremia a los conocedores del beso tierno seguido/ del beso tierno seguido del beso tierno,/ las correas para sujetar a los jinetes, la yegua, los relinchos/ y el dolor suculencia valse criollo de tus ojos lagrimosos/ y gracias sigue por favor/ gracias sigue por favor…(130).

Si enCollage y cosecha propia” el sujeto poético expresa el amor vivido con la amada, a la que llama manadita en su dimensión carnal, en este fragmento vemos cómo experimenta con la amada boliviana un romance mucho más intenso y pasional sin caer por ello en la vulgaridad expresiva, puesto que si bien el coger y arrastrar de los cabellos a la amada explicita el dejarse llevar por este lado salvaje del deseo amoroso que exacerba el placer, también se hace presente el recurso metafórico de comparar la boca y la vagina de la amada con una caracola que emite un mar de intensos sonidos eróticos, lo que a su vez dota a la escena sexual de una atmósfera que por su romanticismo, ternura y belleza podrá ser demasiado sentimental para algunos lectores, pero que nunca pasará de moda para aquellos que, como diría el poeta latino Ovidio, disfrutan y ejercen con justa maestría el arte de amar. Con esta escena amorosa el poeta nos deja en claro lo importante que es para él vivir el amor en y como carnalidad. Asimismo, esta visión del amor carnal del poeta se asemeja al entendimiento del amor que sentía Catulo por su amada: “Lleno de felicidad, vida mía, me planteas que ha de ser este amor nuestro y perpetuo entre nosotros […] Dioses, haced que pueda prometerlo de veras, […] para que nos sea dado prolongar toda la vida este pacto eterno de sagrada amistad”[2]. A partir de estos versos, podemos decir que el poeta latino definía sus sentimientos para con Lesbia recurriendo a nociones que no pertenecen al ámbito de las relaciones eróticas, sino al de la familia o el de la amistad, ámbitos caracterizados por un contenido ético altamente positivo. No obstante, si bien en el poema de Natsuhara el sujeto amante no usa precisamente las fórmulas cortesanas clásicas para describir el acto sexual con su amada como sí lo hacía Catulo, lo que sí podemos constatar es su intención de demostrar a la amada que no es solo un objeto de goce físico, sino que también la ama porque lo motiva a ser un mejor amante: no podemos decir que le prometerá un amor eterno y fiel como Catulo a Lesbia, pero sí que lo motiva a tener cuidado y respeto hacia ella, como se refleja en esta escena de goce carnal donde le da el delicado y bello gesto del beso tierno, seguido de otro beso tierno, y así ad infinitum hasta que dure este amor.


Por consiguiente, será a partir de las experiencias de amor que vive el poeta con amadas como Solvalentime o la boliviana que descubrirá que una vez que ha probado un amor como aquellos nunca podrá olvidarlos. Porque la amada podrá desvanecerse físicamente, pero la experiencia vivida con ella y en ella se mantendrá para siempre, tal como manifiesta con "Solvalentime":


Y Tú, apagaste el malborito azul entre tus labios, / y de un taconazo salvaje de cuculíes, / me mostraste que Todo y Nada se explica, / como diría papá Verástegui–/ más pedagógicamente que una molotov en la cara de un político, / en nosotros y con nosotros, / y que siempre fuiste y serás, más que una excusa, / para ir a esta vereda y fumar hasta la muerte. (64)

En esta escena, el poeta expresa un adiós a la amada que es físico, pero no espiritual, en tanto que la experiencia amorosa vivida con ella permanecerá en su memoria. No obstante, si bien dicha memoria puede ser una maldición que torture al poeta para siempre, es al mismo tiempo esa fuente de inspiración vívida que le hacía falta para escribir auténtica poesía.


“Pero sabes bien que tú no dudas y que el poeta que duda es un marica/ y que tu maquinaria de belleza funciona con la exactitud de las nuevas/ páginas de la historia más jugosa/ y más caleta, la fruta dulce, / la buena merca rotando de mano en mano entre los elegidos del/ [recreo”. (50) Con estos versos de “Saluden al poeta”, el sujeto poético reconfirma para sí que la verdadera poesía solo le es revelada a unos pocos que están dispuestos a buscarla y concebirla como lo que realmente es: ternura, belleza, amor, pasión, experiencia vital. No obstante, pese a que esta revelación le permite crear una poesía que es auténtica en tanto está basada en experiencias realmente gozadas por él mismo -entre las que se ha destacado para esta crítica la experiencia amorosa- también le revela con pesar que su arte no es reconocido por los “poetas expertos”, sean los de academia literaria elitista y conservadora o la de los movimientos artísticos de contracultura, porque la poesía se ha convertido en un arte utilitario que responde a su propaganda de intereses personales, que probablemente tienen que ver con su afinidad con la política del Estado de turno, como bien se refleja en los versos siguientes: “/y sin embargo qué me queda, qué le queda al mundo si no este lenguaje/ que ha sido denigrado por tanto leproso emocional en estos/ espectáculos de flashes y lentejuelas llamado Ministerio de Cultura/ o Contracultura a secas” (185). Frente a este panorama, el poeta -o esta “máquina para crear belleza y contemplarla”, como él mismo se reconoce- entra en una crisis existencial determinante: “/y pienso inútilmente en que quizá éste sea el momento de sentar/ [cabeza y ser feliz; /pero así no funciona la máquina para crear y contemplar belleza, / y a decir verdad así no funciona nada, salvo el adiós. /” (188). A partir de estos versos entendemos que si bien el poeta se siente tan decepcionado, solitario y marginado por el panorama caótico que vive la poesía actual, que está a punto de abandonarla para tener una vida corriente pero digna; luego recapacita y se da cuenta de que esta experiencia restaura su misión aureática como profeta que ha de revelar una verdad que ha de darle un nuevo sentido a su existencia: la verdad acerca de la crisis en que la que ha caído la lírica y la urgente necesidad de devolverle su razón de ser como maquinaria real, rebelde y revolucionaria.


Para concluir, debo decir que la lectura de La Guerrilla Elegante me ha revelado una verdad que respeto y comparto como humanista, pero sobre todo como ser humano: no importa si estamos en una época clásica o contemporánea, el poeta, el verdadero poeta, es un profeta marginal, sugerente e indómito que tiene la misión de desvelarnos la verdad que está oculta a una mirada superflua del mundo y que viene a ser, precisamente, la verdad acerca de la poesía: que la poesía no está en los escritos de los poetas muertos y en su mala imitación por parte de los pseudoartistas intelectuales, sino en la experiencia vital. Experiencia vital que para esta crítica se centró en la experiencia amorosa que vivió el poeta con sus amadas. Experiencias de amor a partir de las cuales obtiene esa esencia vital que le hacía falta y que, trabajada con las técnicas artísticas pertinentes, le permitirán crear una verdadera obra de arte. Porque, como decía Aristóteles, es el talento transformado con la tekné lo que hace al verdadero artista. Porque es así como trabaja el diestro en el arte de las armas y las letras, el neohumanista o neocortesano a lo Castiglione[3], el guerrillero elegante.



[1] LE MIAU NOIR. EL RONRONEO DE LA CULTURA. Catulo, amor e improperios. Martín Alegre, marzo 21 del 2017. <https://www.lemiaunoir.com/catulo-amor-e-improperios/>.

[2] Arturo R. Álvarez Hernández. HABLAR DE POESIA. Apuntes sobre el amor Catuliano. Número 22. <http://hablardepoesia-numeros.com.ar/numero-22/apuntes-sobre-el-amor-catuliano/>.

[3] Neocortesano o neohumanista son expresiones que inventé con fines didácticos mientras elaborada esta crítica.


Elizabeth Peláez Sagástegui (Lima, 1992). Estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha participado en la plaquette colectiva El mar del ángel solo (Lima, 2018); en las antologías Liberoamericanas: 100 + poetas contemporáneas (Liberoamérica, 2018), Versos en su tinta (Sociedad Peruana de Poetas, 2018) y El mar no cesa (Ángeles Del Papel Editores, 2019). Actualmente estudia Comunicación Integral en Isil.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería