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Otro modo de ser humano y libre: Rosario Castellanos | Meditación en el umbral #05


Meditación en el umbral #05, una columna de Fabi Bautista


Pionera del feminismo mexicano, defensora de los derechos indígenas y de las mujeres, ensayista, poeta y dramaturga, Rosario Castellanos se consagró como una de las grandes figuras intelectuales del siglo XX. A través de una mirada crítica, reflexiva, y por demás lúcida, dedicó gran parte de su obra literaria, periodística y académica a cuestionar (si no es que a desentrañar, a veces en tono irónico) las implicaciones del ser mujer mediante una reexaminación al “mandato cultural de la feminidad” (Lamas, 2017, p. 35).


Incluido en su antología poética Poesía no eres tú (1972), “Meditación en el umbral” no es la excepción a esto. Ya el título otorga al lector un indicio de lo que confrontará; el umbral —de acuerdo con el Diccionario de los símbolos (1988) de Chevalier— remite “a la significación de la andadura y de la acogida” (p. 1036), de manera que, la persona que se halla bajo él tiene ante sí simultáneamente la posibilidad de separación o alianza. Así, la idea de permanecer o partir se explora a lo largo de sus versos por medio de lo que implica el ser, más específicamente, el ser mujer.


Caracterizado por un alto nivel de referencialidad e intertextualidad, este poema hace una revisión histórica a diversas mujeres dentro y fuera de la literatura, mujeres que lucharon contra los dictámenes y mandatos de su época presagiando esto —en la mayoría de los casos— un fatídico destino. No es coincidencia, entonces, que la entrada esté marcada por lo siguiente:


No, no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy ni apurar el arsénico de Madame Bovary

Ana Karenina y Madame Bovary, ambas protagonistas de novelas decimonónicas consideradas obras cumbre del realismo. En líneas generales, podemos encontrar una serie de similitudes entre estas mujeres. Presas de un matrimonio que las hace infelices, desean hallar un amor que las satisfaga y esto no sólo resulta en un deseo que nubla su juicio, sino también en una sociedad que las juzga y las condena por adúlteras. Sus finales hallan un último punto interconecto al suicidarse como posibilidad última de redención.


ni aguardar en los páramos de Ávila la visita del ángel con venablo antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar.

Por su parte, los páramos de Ávila hacen referencia a Santa Teresa de Jesús, en cuya poesía relata su experiencia mística. Particularmente, Castellanos refiere a la visión donde la poeta veía cómo un ángel atravesaba su corazón con un venablo, hecho que la llevo a reforzar su fe y camino a la santidad. Hoy en día no sólo se le recuerda como escritora y filósofa, sino también por ser la fundadora de la Orden de los Carmelitas Descalzos.


Ni concluir las leyes geométricas, contando las vigas de la celda de castigo como lo hizo Sor Juana. No es la solución escribir, mientras llegan las visitas, en la sala de estar de la familia Austen ni encerrarse en el ático de alguna residencia de la Nueva Inglaterra y soñar, con la Biblia de los Dickinson, debajo de una almohada de soltera.

La figura de la celda en relación con la Décima Musa no resulta sorprendente pues, como menciona Octavio Paz, nos encontramos ante “el caso del intelectual libre en una sociedad cerrada y ortodoxa, por una parte, y la gravedad del tema cuando se trata, además, de la condición de la mujer" (ctd en Pereda, 1982, p. 5).


En los siguientes versos se retrata la vida de la novelista inglesa, anécdotas que se rescatan por medio de A Memoir of Jane Austen publicada en 1869 por su sobrino James Edward Austen-Leigh. En esta obra biográfica se narra cómo la escritora no contaba con una habitación propia para escribir, razón por la cual debía hacerlo en la sala de estar donde las constantes entradas y salidas interrumpían el proceso creativo. Asimismo, y, ante la escasa privacidad, Austen recurría a pequeñas hojas de papel para sus escritos, mismas que podía esconder con facilidad ante las imperantes visitas.


Más adelante, Castellanos nos enlaza con la poeta norteamericana Emily Dickinson, a quien no sólo se le recuerda por su brillante obra, sino por los enigmas que rodearon su vida; la obsesión por el color blanco, el encierro constante, su soltería y las especulaciones en torno a su virginidad. Leamos, por ejemplo, cómo la rememora el diario español El País a través de la crónica titulada “El país de la Dickinson”:


Dickinson: una vida similar a la de tantas solteras que envejecían en los pueblos con sus flores, su perro, el correo, la botica, el cementerio... salvo que ella era un genio. […] ¡Qué distintos somos hoy de la Dickinson! No ha transcurrido ni siquiera un siglo desde su muerte y, sin embargo, ¡cuánto hemos cambiado! ¿Quién de entre nosotros, si fuera poeta, se resignaría a una oscura existencia de solterona en un pueblo? Haría, al menos, algún intento de fuga. (2002, párr. 6)


La crónica, redactada por una mujer, es un reflejo de prejuicios machistas que la mayoría de nosotras hemos internalizado para aplicar (tal vez sin afán de crueldad al considerarlo natural) a nuestras congéneres. Cabe preguntarse si estos son elementos que tomamos a consideración cuando rememoramos la vida de grandes poetas o escritores hombres ¿nos interesa acaso saber su vida sexual? ¿o es que medimos a las autoras y su obra con base en parámetros inexistentes para los varones? Habría que cuestionar si la ropa que portaba, con quién salía e incluso con cuántos se acostó son elementos que realmente nos importan o sólo resultan atractivos cuando se trata de escritoras.


Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.


Marcela Lagarde, antropóloga mexicana, expone en el artículo “Identidad femenina” que “es común que voluntaria o compulsivamente, las mujeres dejen de vivir hitos de su feminidad y encuentren nuevas formas de vida” (1990, p. 3) lo cual supone un hilo de esperanza al concebir ésta como una “distinción cultural históricamente determinada” (1990, p. 2) o bien, un constructo. Esto la convierte en algo modificable, no natural e inamovible. Es decir, la feminidad se construye, experimenta y vive de diferentes maneras.


Aunque, más adelante señala que “como todas ellas son evaluadas con estereotipos rígidos —independientemente de sus modos de vida— y son definidas como equívocas, malas mujeres, enfermas, incapaces, raras, fallidas, locas” (1990, p. 3). ¿Es que acaso nuestro existir debe estar ligado —de alguna forma u otra— a un terrible final, ya no por transgredir, sino por el simple hecho de existir? Condenada a muerte como Mesalina, juzgada de adúltera como María Magdalena. O tal vez nuestro destino sea un “telón de fondo” donde:


Bastan unas cuantas líneas para trazar un esquema, un estereotipo: la madre, con su capacidad inagotable de sacrificio; la esposa, sólida, inamovible, leal; la novia, casta; la prostituta, avergonzada de su condición y dispuesta a las mayores humillaciones con tal de redimirse; la ‘otra’ […]; la soldadera, bragada; la suegra, entremetida; la solterona, amarga; la criada, chismosa; la india, tímida. (Castellanos, 1998, p. 967)


¿Realmente somos eso? ¿es nuestro existir una imagen vacía, inocua y unidimensional? ¿o debemos aspirar a expectativas que —en calidad de ideales— son siempre inalcanzables y por tanto dejan en nosotras una insatisfacción permanente? Elena Poniatowska apunta que Rosario Castellanos “protesta del único modo que sabe: escribiendo” (Lagarde, 2017, p. 37) y “Meditación en el umbral”, como uno de sus tantos textos, reclama un despertar de la mujer.

Lejos de confundirse como un ataque o crítica hacia estos personajes en la Historia, Castellanos cuestiona y nos invita a reflexionar sobre nuevas formas de realización. Ni putas, arpías, santas, princesas o brujas. No más persecuciones, juicios o encierros por elegir una vida nuestra. El mensaje es tajante: somo más que las imágenes creadas por el imaginario masculino, somo más que los ideales y expectativas que se nos han impuesto. Somos el triunfo que mujeres transgresoras desearon para nosotras y en nuestras manos está el trazar nuevas formas de feminidad para las nuevas generaciones. Se los debemos a ellas, nos lo debemos también a nosotras.


Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.



Bibliografía


-Castellanos, R. (1998). Obras II: Poesía, teatro y ensayo. Fondo de Cultura Económica.


-Chevalier, J. (1986). Diccionario de los símbolos. Editorial Herder.


-Ginzburg, N. (08 de marzo de 2002). El país de la Dickinson. El País. https://elpais.com/diario/2002/03/09/babelia/1015635023_850215.html


-Lagarde, M. (1990). Identidad femenina. CIDHAL.


-Lagarde, M. (2017). Rosario Castellanos, feminista a partir de sus propias palabras. Revista LiminaR. Estudios Sociales y Humanísticos. 15(2), 35—47.


-López, A. (2011). Narradoras mexicanas: utopía creativa y acción. Revista semestral del Centro de Estudios Literarios. 89—107. DOI: http://dx.doi.org/10.19130/iifl.litmex.2.1.1991.25


-Pemberley. (s.f.). The Notorious "Creaking Door" and "Sofa" from James Edward Austen—Leigh's Memoir. https://pemberley.com/janeinfo/jealmcds.html


-Pereda, Rosa M. (03 de noviembre de 1892). Octavio Paz: "Sor Juana Inés de la Cruz se hizo monja para poder pensar". El País. https://elpais.com/diario/1982/11/04/cultura/405212404_850215.html


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