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¿Por qué me gusta ver anime? | Versailles Anime #01



Versailles Anime #01, una columna de Francisco Maldonado


Lo que a mí más me atrae del anime es seguramente su mayor defecto, mismo que ha sabido convertir en su mayor virtud, hablo de la velocidad narrativa. Si hacemos un ejercicio mental y regresamos al menos veintitrés años en el tiempo a un sábado cualquiera por la mañana (solo porque los sábados en la mañana transmitían una maratón de series infantiles), tratemos de sentir nuevamente la expectativa dejada por el capítulo de la semana anterior de lo que en la mayor parte de habla hispana conocimos como “Super Campeones” (Kyaputen Tsubasa). Oliver estaba a punto de realizar un disparo definitivo para el Niupi y el cliffhanger nos dejó observando el momento en que estaba haciendo contacto con el balón. Ese remate podía durar alrededor de dos minutos solamente en ser concretado, mientras que en la vida real toma cinco segundos en promedio. Ya que hacer animaciones cuesta dinero (aunque muchos crean que no) una buena manera de reducir costos es conseguir que pasen menos cosas por minuto, que la acción vaya más lenta, es decir, menos que dibujar. Otra manera es sustituir fondos realistas por imágenes más sencillas. Ahora bien, ya te debes estar preguntando ¿y por qué esto es importante? Pues porque esta obligación de tener que hacer las cosas más lentas y sencillas, ha permitido al anime extender la normalidad de la vida cotidiana. Este género ha logrado convertir escenas que en cualquier otro contexto durarían segundos, en macro momentos donde podemos ponderar nuestra infancia, la vida, la muerte, el sexo de los ángeles y tu almuerzo, en el tiempo que le toma a un balón botar en el suelo. E incluso los primerísimos primeros planos de los secundarios de aquellas historias, que son imágenes sencillas, cobran relevancia y se convierten en una ventaja, se hacen potenciadores metafóricos del mensaje. En el caso de un remate durante un partido en Super Campeones, estos detalles dotan a la escena de una energía y un dinamismo que un balón sobrevolando un campo no tendría. Esto convierte al anime más que en un medio para explorar la acción en sí, en un medio para explorar las dinámicas y las emociones humanas alrededor de ciertas acciones. Otro ejemplo, en una escena de la primera temporada de “Demon Slayer” (Kimetsu no Yaiba), cuando el protagonista tiene que acercarse a su enemigo para asestarle con su espada lo que sería el golpe final (capítulo 19) lo que en la vida real duraría unos segundos, a Tanjiro (protagonista) le toma casi dos minutos, lo que le da tiempo para encontrarse a sí mismo, tener una revelación trascendental y abrir cuatro chacras por lo menos. El anime está lleno de momentos, en los que aquellas voces en off, esas reflexiones, se convierten en lo único que tira de ti para que continúes pegado a la pantalla. Cualquiera sería capaz de captar nuestra atención en medio de una pelea de ninjas que usan espadas que lanzan rayos compuestos por los cinco elementos para romper hilos ultra resistentes hechos de sangre y así cortar cabezas de demonios esbeltos. Lo sorprendente es lo que pueden hacer con las escenas cotidianas. Como con un entrenamiento de volleyball en un extra de colegio japonés (ver “Haikyuu”), en lo que el chico tarda en recibir un pase, ya estuvo durante tres minutos reflexionando sobre la relación con sus compañeros y consigo mismo. Y tiene que pasar por todo un proceso en el que reconstruye su autoestima para ser capaz de marcar un punto. William Blake tiene un poema que empieza así (voy a tomarme el atrevimiento de usar una versión traducida): Ver el Mundo en un grano de arena, y el Cielo en una flor salvaje,

tener el infinito en la palma de tu mano, y la Eternidad en una hora. Esto es exactamente lo que es el anime, ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor salvaje. Entender que no hay ninguna diferencia entre la guerra o la cacería de demonios más brutal y el extracurricular de tu colegio, porque todo está compuesto de la mima esencia, las mismas emociones y dinámicas humanas. Igual que un puñado de tierra y un gran palacio de mármol están compuestos por los mimos quarks y los mismos electrones. Y todo esto es vital, porque está ligado a la música, ya que la banda sonora tiene que construirse de tal manera que acentúe la emoción adecuada de cada uno de esos momentos Y así, cuando en pantalla haya solo un plano estático y una voz en off, algo venga y te tome por el cuello para decirte que no dejes de mirar. Quizá por todo esto, además de que sinceramente crecí viendo anime y leyendo manga, que de verdad disfruto al verlo. Hay muchísimas cosas que me he dejado por fuera y que quizás las trate en otro artículo, que hacen al anime algo tan lejano a todo lo que Hollywood nos ofrece. Me gusta ver anime porque la importancia de su guion está en quienes son los personajes y en que no todos son héroes perfectos que pueden salvar al mundo, también hay personas rotas que pueden marcar la diferencia a favor de que la humanidad siga existiendo. Me gusta el anime porque me inspiró a insistir aun cuando estaba roto, a agradecer por la comida y servirla bien caliente en la mitad de la mesa para que todos quienes vienen a mi casa la compartamos y nos veamos las caras, sin caretas ni pretensiones, transparentes, reales. El anime transformó a lo cotidiano y lo rutinario en el verdadero catalizador del poder humano, dándole la misma importancia a un entrenamiento ninja con tu gran Sensei y al compartir un helado con él, haciendo que esto último sea mucho más importante al momento de revelar tu verdadero poder, aquel momento en que decides cambiar el mundo.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería