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Recitales y peaks lisérgicos: el poema en Diles Que No Me Maten | Miscelánea WAV #03


Miscelánea WAV #03, una columna de Enrique Chávez

Hace mucho que no asisto a los recitales poéticos. Dejando de lado la poca atención que le dan a los pseudo poetas de mierda como yo, seres extraños que escriben pendejadas de cuando en cuando y que no meten sus escritos a veredicto, los recitales, presentaciones de poemarios, lecturas al aire libre y otros eventos similares se han vuelto un tanto aburridos. Está chido que haya personas que escriban como la descendencia arcana de T. S. Elliot y se jacten de ello, para eso escriben; pero creo que, después de andar varios años metido en este rollo, importa un poco más cómo chingados ejecutas tu setlist de poemas. Digo, por eso ya existen “manuales” de cómo leer poesía en público: nada mejor que una guía for dummies para alcanzar el orgasmo en un auditorio de universidad.


Para mí, el hecho de leer un poema requiere un valor y una vergüenza similar al performance. Los Beatniks, los Infrarrealistas y el cabrón de Bukowski hacían bien en darle ese toque de amargura, de alcoholismo, de sátira y de olor a motita mojada a las lecturas. Con el tiempo uno comprende que no hay que tomarse las cosas tan en serio, sobre todo si hablamos de la expresión poética y la imagen/fuerza que requieren. Nada más chingón que un poema bien escrito, divertido y con cierta alegría y coraje al leerlo. Y claro, el motivo de esta columna es hablarles sobre proyectos con bases líricas únicas, con ese toque performático, y para allá vamos. Ya casi no escribo poemas, pero sólo puedo decir que mi nuevo manual for dummies para creación-lectura poética es escuchar a Diles Que No Me Maten, banda de la Ciudad de México inmiscuida en los avatares y misticismos del No Wave, los idilios del género experimental y el lenguaje lírico como potenciador-catalizador del performance sonoro.


No necesariamente tenemos que leer poemas para descubrir cuál es la esencia de la ejecución poética, y con Diles Que No Me Maten ocurre este gran aporte que el post-rock puso de moda desde hace varios años: un paisaje lírico que se opone a la exploración auditiva. Bandas como Slint, Goodspeed You! Black Emperor e incluso los grandes poetas punk como Patti Smith, precursores del arrebato poético en vivo, son claros ejemplos de cómo poner en jaque las grandes líricas institucionalizadas e imponer la palabra viva como parte del discurso melódico. Y ahora, en medio de la periferia y la metrópoli del género No Wave mexicano, Diles Que No Me Maten llega a enseñarnos cómo un poema puede mimetizarse detrás de escenarios lisérgicos, inquietantes y compulsivos. Describir cómo es la música de la banda es un tanto difícil porque pocas veces se presentan proyectos de este tipo y de esta magnitud, pero lo que sí puedo decirles es que Raúl, Jonás, Jerónimo, Andrés y Gerardo componen una de las mejores manifestaciones estéticas de cómo la observación, la improvisación y la imagen poética-cognoscitiva forman parte del lenguaje sonoro de la ciudad y la entidad social que somos.


No hace mucho que reseñé su trabajo más reciente, el EP Edificio (2020), en mi propio blog de promoción sonora independiente, pero creo que aquí puedo explayarme y ampliar todo lo que no pude (o quise) decir sobre su lenguaje lírico. El “escaso” camino de Diles Que No Me Maten incluye un par de álbumes de estudio, sesiones en vivo (destacando las cabronsísimas en Aire Libre FM), video lyrics y uno que otro demo, pero lo que no podemos negar es que nos encontramos frente a una banda veterana en todos los sentidos. Musicalmente hablando, Diles Que No Me Maten es la encarnación de una arritmia cardíaca: placeres citadinos, guitarras en ansiedad, baterías jazzeras, bajos in crescendo, trances dialécticos y meditaciones-angustias cotidianas son algunas de las cosas que encontraremos si decidimos recorrer el malviaje de este proyecto.


En Edificio la banda llega a territorios apoteósicos, oníricos e inexistentes. El leitmotiv del álbum está ligado a su propio nombre: la ciudad, la modernidad y los placeres ocultos dentro de ellas. Edifico es un trabajo con sabor a concreto, a vidrio y a una serenidad que poco a poco se convierte en un trip acelerado y errático por las calles del hombre. Todo esto se logra gracias al sonido; el álbum se siente muchísimo a un especie de soundtrack para la vida diaria, e incluso tiene esas guitarras, bajos y ritmos que despegan y se adhieren a las figuras inanimadas de la urbe. Para más simple: Edificio es un álbum obligado para los seguidores del post-rock y el género experimental mexicano. Además de este desmadre cuajado en cinco tracks, la banda también ha liberado un par de rolillas ocultas en las mareas de YouTube (Prototipos 2020) y otras participaciones en compilados como las sesiones de Martín Delgado (Figuras Al Chocar), así que hay no hay excusa para no entrarle a estos sonidos desoladores y reiterativos por varios lados.


Líricamente, la banda es otro pedo. Vaya, incluso desde el nombre ya nos incitan al lenguaje: Juan Rulfo es uno de nuestros narradores mexas (yo diría poeta, porque traducir a Rilke también tiene su chiste y el viejo lo logró, además de aventarse un poema para La fórmula secreta) por excelencia, y retomar el nombre de uno de sus cuentos más famosos (“Diles que no me maten”) ya debería ser indicio de algo. No es para menos: Diles Que No Me Maten debe ser una de esas pocas excepciones independientes donde el juego de la palabra y la contextualización sonora son prioridades para la creación de la calma o el éxtasis. Tan sólo chútense la lírica de Manos de piedra: “La cama lo más cerca del piso, de la tierra / La habitación color de cobre, de aquí no sale nadie / y a la mitad de todo, tú / Sentada, ocultando la mirada tras las rodillas leyendo / Leyendo el fondo de café como mirando un espejo de juguete / El libro de los libros, tú / Con todos los nervios a punto / Con la piel casi erizada / Con las lágrimas tras los ojos a una revelación lejos del desmayo […] Abatida y matando simulacros / Te necesito porque sabes jugar a ser seria / y yo estoy tratando de ser vidente”. Ah, qué gran rola y qué poemazo. De nada sirve que aquí les esté transcribiendo todo si no se ponen a escucharla. Reconocer la cualidad poética de la banda requiere de eso: del encuentro entre el papel, la palabra y el contexto auditivo. Manos de piedra es simplemente un peak de realidad, de observación y de un lenguaje poético que fluye y fluye en agonías y parajes. La lírica encuentra su propio ritmo y de ahí envejece, se acelera, se deteriora o se inmuta.


Esta hipnosis que la banda desarrolla también tiene mucho que ver con la lectura-interpretación de Jonás. Ahí van otros dos ejemplos, Edificio y Pachuca: “Prefiero no hablar / El mundo es de otros / ciudades de otros / palabras de otros / momentos rotos / el mundo es de otros […] No hay átomo / no hay átomo / en mi / que no / que no te quiera dar”; “Despertaré / de estar despierto / a dónde iré… / A dónde / a dónde iré… / a dónde / a dónde iré… / A dónde / a dónde iré…”. Por eso digo que es mucho mejor realizar el performance poético antes que la vanagloria. De nada serviría esta voz poética íntima, presa del mundo, de los edificios y de su propia composición, si no se le da ese toque de amargura, de posesión o de aullido. Jonás hace una lectura que te eriza o te desvanece, permitiendo que el resto de la banda remate con esos toques finales de serenidad, angustia o peligro de cruzar al otro lado de la calle y del abismo. Esta posición de lector-cantante-actor me recuerda un chingo a esas memorables presentaciones de Slint, donde la voz se apodera de la atención del escenario en algunas rolas como Breadcrumb Trail. Si tampoco han escuchado a esa bandota (y sobre todo esta pieza), recomiendo que lo hagan.


Y tan sólo hemos hablado su EP más reciente. Mucho antes de este pedo ya estaba uno de los mejores álbumes de improvisación y experimentación mexa en los hombros de la banda: Cayó de su Gloria el Diablo (2019), un EP de una sola rola homónima y numerada-separada (I, II, III). Volvemos a las referencias visuales, ahora con la película homónima de José Estrada de 1971. Una chingonería, así de simple. Este EP es 100% improvisación, paralización y destierro, y sólo unos verdaderos cabrones podrían sacar varias líneas de poder lírico en pleno estado efímero. Este EP-sesión es mi favorito de la banda. Tiene de todo: inmersión cuasi-vudú en los instrumentos, experimentación electrónica de synths que rememoran el auge de Giorgio Moroder en The Chase, mensajes destripados de realidad y una caída libre hacia los confines del ruido, el silencio y la pulsación sonora. Para ser el primer trabajo de la banda colgado en Bandcamp, yo creo que es una ópera prima insuperable y rodeada de una vibra ácida y apetecible. Las rolas traen consigo distintos momentos y lo mejor que podemos hacer es soltarnos y dejarnos llevar por las sensaciones y las víctimas del infierno: “Toda la noche se hace de día / Todos deben de estar muertos o en sus casas / mientras esta ciudad crece a mis costillas / ¿Por qué yo no soy tú? / ¿Por qué tú no eres yo? / Toda la noche se hace de día / Ya te lo hiciste a ti” (I); “Otra vez tú te lo hiciste a ti / Tú te lo hiciste a ti” (II, III). Cayó de su Gloria el Diablo podría ser la rola definitiva de la banda. La experimentación es lo mejor en cada minuto de esta pieza porque es una explosión consecutiva que nos taladra el cerebro. Náusea, chirridos, pausas breves y desesperación son elementos que permean esta larga, larga rola. Todo ello le hace honor a su nombre y nos prepara, así como al diablo, para la caída.


Pasa algo bien curioso en su lírica y eso nos incita a hablar del perfomance poético: jamás cambia. No hay alteraciones. La sintaxis prevalece a lo largo del recorrido: el mismo poema, la misma observación. Esto es algo muy vergas porque le permite a la banda transformar su propia manifestación del lenguaje de acuerdo a las necesidades y momentos de la rola, logrando que esta misma oración encuentre sus olas de misterio, agonía y perversión. Así es la poética de Diles Que No Me Maten: construye su propio universo a través del poema y su lectura. Desde ritmos ágiles hasta imágenes desconcertantes y visiones generalizadas, la poética de la banda junta lo mejor de la lírica post-rock y las mutaciones No Wave para regalarnos un espacio tripeante, cotidiano y catártico.


Si les late la poesía en su manifestación más honesta y vívida, yo recomendaría que le pongan mucha atención a lo que tenemos en esta gran bandota mexa. Bien decía el buen Mardonio Carballo, poeta y promotor nahua, no puedes enseñarle a escribir a nadie. Yo le cambiaría algo: todavía podemos inspirarnos en las visiones del otro para procesar la mierda lírica que llevamos dentro. Con la banda aprendemos una cosa: el desmadre poético está aún en los rincones más obvios y en las imágenes más arcanas. Sí, no voy a recitales poéticos, pero con todo gusto me aviento una sesión en vivo de Diles Que No Me Maten. Mucho mejor verlos en directo (con cubrebocas, claro). Qué mejor que ir bien cruzado a una clase de poesía donde las liras, el bajo, la bataca y la voz son cómplices del juego del lenguaje, y en donde las crisis, la ciudad, el llanto y la improvisación son parte indispensable de la marea poética y no de un montón de viejos escribiendo erotismo burdo.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería