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RIOT ACT de Pearl Jam | Las constantes briagas del abstemio #03


Las constantes briagas del abstemio #03, una columna de Juan Rey Lucas


¿Dices que es demasiado ruidoso? Tienes que ser ruidoso, se supone que tienes que sentirlo por todas partes

James Hetfield

No estoy de moda, nunca podré estar de moda. Yo estaba en ella desde sus inicios

Sid Vicious

Con mucho goce melómano nos desenvolveremos por una de las bandas más genuinas y tal parece que de las pocas agrupaciones que sobrevivieron a la genial década de los 90´s la cual fecundó gigantes. Qué por diversas circunstancias caían en controversias o no mantenían el alto vuelo de sus mismas producciones. Bueno, he aquí a la mejor de ellas -a mí parecer- en tanto que es la que ha mantenido su nivel musical. El Riot Act es el disco que en su salida ha tenido la menor de las ventas para el grupo. Pero para ser el primero del siglo veinte uno, tiene una calidad increíble, y que puede verse como una de las grandes construcciones de la banda. Con una excelente base en cualquiera de sus ángulos instrumentales: Con Jeff Ament en el bajo, Stone Gossard en guitarra, y en la segunda Mike McGreadey, en la vocalidad y guitarra de igual manera está Eddie Vedder, y en la batería Matt Cameron. La banda transita por vastedades armónicas que le da su mismo peso en el viaje de su carrera para darse infinitos lujos y grandes toques (Vedder se corta el pelo haciendo alusión a las incisiones que se provocan sea por sus anteriores y posteriores coyunturas).

Emprendemos el disco con la intensificada “Can´t keep”, para seguirnos con la avasalladora y consistente “Save you”. Continuamos con la más mohína de la banda, la sosegada “Love boat Capitan”. Después vendría la genialmente epistemológica y con tinturas roturadas “Corpduster” con ese perspicaz coro: “Todo el mundo está practicando / pero este mundo es un accidente / Era un tonto porque pensaba / que yo pensaba al mundo / resulta que el mundo me pensaba / Está todo al revés / estamos boca abajo”.

Retornamos al buen rock con la veloz, ultrajante y elevada “Ghost”. Para seguir con el primer sencillo que sacaría la banda del disco: la icónica y perenne “I am mine” –un agasajo de canción-. Nos pondríamos melodiosos, con la actuante e itinerante “Thumbing my way”. Nos retrotraemos con la flemática y pulsante “You are”. Para devenir furtivos con la ochentera y aventurera “Green disease”. Volvemos a las zonas del guitarrazo denso con la secante, dura y directa “Get right”. Nos damos una pauta para desembocar en la funesta y siniestra “Help help”. Nos coloca la banda ya en terrenos bluseros con la tabernesca, mesón y cruda “Bushleaguer”; para continuar con la colérica, muy sácale punta y cabrona “1/2 Full”. Después Vedder nos daría un paréntesis existencial con la contemplativa y cuasi-budistica “Arc”. Ha de tapiar el disco de manera estupenda (y perfecta cerrazón) con la extremosamentemorosa “All or none”. Tal vez a Riot Act no se le dio el justo valor que el disco merece; pero ya de haber transcurrido cerca de diez y siete años de su gestación, con el paso y fermento de los sucesos se la de reivindicar. Hoy en día se le llena de loas y documentales a la banda por su trayecto, siempre se han transportado antinatural al lado de las otras agrupaciones. Esto siempre suele suceder con entes que permanecen ocultos en el mundo y que tras volver a acontecer las miserias del mundo: la pobreza, la hambruna, las calamidades culturales (que en nuestro país esto ya es parte del mismo), aparecen de forma abundante y hacen catalizar las fuerzas a vías más plenas, más finas, más llenas de vida. He aquí a un clan que hace de ello una bandera: el movimiento undergruond que es como empezaron en sus mocedades. Pero el tiempo y la historia son quienes están a su favor por ser un excelente alimento artístico. Aplica lo que le gustaba decir a Henri Bergson: la duración es lo que contará.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería