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Santería y religión yoruba: La máxima expresión del sincretismo religioso | Ojos abiertos #05


Ojos abiertos #05, una columna de María del Rosario Acevedo Carrasco


Hace algunos cientos de años la vida de los pueblos originarios de América cambió radicalmente con la llegada de los colonizadores europeos, al grado que se vieron obligados a ocultar y modificar sus creencias para que pudieran prevalecer. Sin embargo, los conquistadores no venían solos, los acompañaba un grupo que muchas veces queda olvidado en la historia: Los esclavos africanos.


Se calcula que entre 1942 y 1800 llegaron a América nueve millones de africanos, cifra que triplica el número de inmigrantes europeos. Aproximadamente el 20% de estos nueve millones eran yorubas, integrantes de un pueblo situado al sur de Nigeria cuya religión daría lugar a uno de los sincretismos más importantes hasta la actualidad: La santería.


Si bien inicialmente la santería tuvo mayor presencia en Cuba y otras islas del Caribe, con el paso del tiempo se trasladó al resto de Latinoamérica y hoy en día podemos encontrarla hasta en las canciones de Celia Cruz o Héctor Lavoe. Como a casi todo lo que no es católico, se le ha tachado de satanismo y adoración de demonios, pero en realidad la santería no es más que el resultado de adaptar los dioses yorubas al catolicismo.


La religión yoruba cree en un solo Dios cuyos hijos, llamados Orishas, poseen virtudes que pueden ayudar a los humanos si estos lo piden a través de rituales, ofrendas y cantos. Con la evangelización, los yorubas se vieron obligados a buscar una nueva manera de venerar a los Orishas y la encontraron en los santos católicos, específicamente en aquellas imágenes que se asimilaban a sus deidades y poseían virtudes parecidas.


Así, detrás de Jesucristo en realidad se venera a Obatala, con la Virgen de Regla a Yemayá, con Santa Bárbará a Changó, con la Virgen de la Caridad del Cobre a Oshún y podríamos continuar con una lista de cerca de treinta Orishas que encontraron en el catolicismo a una figura similar para su culto.


A diferencia de lo que todavía se cree, el culto no consiste en sacrificar niños o animales, se basa en la creencia de que todo tiene un alma y debe ser respetado. El santero da a sus Orishas ofendas variadas, que pueden ir desde flores y frutas hasta dulces o tabaco; además, puede comunicarse con ellos indirectamente a través de los oráculos para recibir consejo y sin hacer uso de habilidades sobrenaturales como predecir el futuro o comunicarse con los muertos.


Hacerse el santo, o ser iniciado como santero, involucra una serie de ceremonias que comienzan con los “Ilekes”, cinco collares que se usan en honor a los Orishas principales, y que finalizan cuando a través del Babalawo, el equivalente a un sacerdote, se determina qué deidad o deidades serán a las que estará consagrada la persona.


Desafortunadamente, gran parte de la tradición africana ha sido juzgada con ojos inquisitoriales a lo largo de toda la historia y hasta nuestros días, prueba de ello es que podemos encontrar más de un sitio católico que se refiere a los Orishas como demonios y condena su veneración. Lo cierto es que, independientemente de nuestras creencias, resulta increíble la manera en que estas culturas y religiones lograron adaptarse al Nuevo Mundo para no desaparecer y seguir vigentes tanto tiempo después.


En un país, e incluso en un continente católico por excelencia, es interesante detenernos a pensar en todas las creencias que existen ajenas a las nuestras, pero con una presencia tan grande que están presentes en la cotidianidad, ocultas o disimuladas, quizás esperando que las volteemos a ver o deseando que no lo hagamos.


Es más fácil ver nuestras diferencias, pero si ponemos un poco más de atención, veremos que también existen un sinfín de similitudes, que la herencia africana en América ha sido menospreciada, aunque es tan amplia que se siente casi interminable y que nuestros prejuicios no son más que eso, ideas erróneas nacidas por el miedo a lo que parece desconocido.


Quizás entonces, cuando estemos dispuestos a abrir la mente y los ojos, le encontremos sentido a las letras de las canciones, a las películas y a las tradiciones que vemos de lejos por sentirlas ajenas.


Quizás entonces, entendamos lo que Celia Cruz le cantaba a Yemayá y porqué en Aguanilé se oía todo el mundo reza que reza.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería