Selección poética de Martín Adán, el primer hombre en escribir poesía

Actualizado: 13 de ago de 2019


Martín Adán por la lente de Baldomero Pestana

Ramón Rafael de la Fuente Benavides, (Lima, 1908 - 1985), mejor conocido por su seudónimo Martín Adán, fue un poeta peruano, cuya obra destaca por su hermetismo y profundidad. Es considerado uno de los grandes representantes de la literatura vanguardista latinoamericana.

Publicó La casa de cartón (1928), De lo barroco en el Perú (1968), La rosa de la espinela (1939), Travesía de extramares (1950), Escrito a ciegas (1961), La mano desasida (1964), La piedra absoluta (1966) y Diario de poeta (1975). Otra parte de su producción se encuentra desordenada en diarios y revistas: algunos fragmentos del poema Aloysius Acker, destruido por el autor, los trabajos Autores del primer siglo de la Literatura Peruana (1939-40), Una primitiva bibliografía amazónica (1942), el romance La campana Catalina y el poemario Mi Darío.



Escrito a ciegas

(Carta a Cecilia Paschero)*


¿Quieres tú saber de mi vida?

Yo sólo sé de mi paso,

De mi peso,

De mi tristeza y de mi zapato.

¿Por qué preguntas quién soy,

Adónde voy?... Porque sabes harto

Lo del Poeta, el duro

y sensible volumen de ser mi humano,

Que es cuerpo y vocación,

Sin embargo.


Si nací, lo recuerda el Año

Aquel de quien no me acuerdo,

Por que vivo, porque me mato.


Mi Ángel no es el de la Guarda.

Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,

Que me lleva sin término,

Tropezando, siempre tropezando,

En esta sombra deslumbrante

Que es la Vida, y su engaño y su encanto.


Cuando lo sepas todo...

Cuando sepas no preguntar...

Sino roerte la uña de mortal.

Entonces te diré mi vida,

Que no es más que una palabra más...

La toda tuya vida es como cada ola:

Saber matar.

Saber morir.

Y no saber retener su caudal,

Y no saber discurrir y volver a su principio,

Y no saber contenerse en su afán...


Si quieres saber de mi vida,

Vete a mirar al Mar.

¿Por qué me la pides, Literata?

¿Ignoras acaso que en el Mundo,

Todo de nadas acumuladas,


De desengrandar infinitudes,

No si no un trasgo

Eterno, sombra apenas de apetito de algo?


La cosa real, si la pretendes,

No es aprehenderla sino imaginarla.

Lo real no se le coge: se le sigue,

Y para eso son el sueño y la palabra.

¡Cuídate de su atajo!

¡Cuídate de su distancia!

¡Cuídate de su despeñadero!

¡Cuídate de su cabaña!


¿Quién soy? Soy mi qué,

Inefable e innumerable

Figura y alma de la ira.

No, eso fue al fin... y era el principio,

Antes de donde el principio principia.

Soy un cuerpo de espíritu de furia

Asentada de aceda ironía.

No, no soy el que busca

El poema, ni siquiera la vida...

Soy un animal acosado por su ser

Que es una verdad y una mentira.


¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,

Con punzada de nervio y carne!...

Yo buscaba otro ser,

Y ése ha sido mi buscarme.

Yo no quería ni quiero ya ser yo,

Sino otro que se salvara o que se salve,

No el del Instinto, que se pierde,

Ni el del Entendimiento, que se retrae.


Mi día es otro día,

Algún no sé dónde estarme,

A dónde no sé ir en mi selva

Entre mis reptiles y mis árboles,

Libros y cementos

Y estrellas de neón,

Mujeres que se me juntan como la pared

y como nadie... o como madre,

Y el recién nacido que sobre mí llora,

Y por la calle

Toda las ruedas

Reales y originales.

Así es mi vida cabal,

Hasta la última tarde.


El Otro, el Prójimo, es un fantasma.

¿Existe el aire,

Donde te asfixias y recreas

Respirando, tu cuerpo inane?

¡No, nada es sino la sorpresa

Eterna de tu mismo reencontrarte

Siempre tú los mismos entre los mismos muros.


De las distancias y de las calles!

¡Y de los cielos estos techos

Que nunca me ultiman porque nunca caen!


Y no alcancé al furor de lo divino,

Ni a la simpatía de lo humano.

Lo soy y no lo siento ni así me siento.


Soy en el Día el Solitario

Y el absoluto en la Zoología si pienso,

O como carnívoro feroz si agarro.

¿Soy la Creatura o el Creador?

¿Soy la Materia o el Milagro?

¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...

¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?


¡Pero no, el Otro no es!

¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!


¡Y con todos mis sueños resoñados,

Y con toda la moneda recogida,

Y con todo mi cuerpo, resurrecto

Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...


¡Cuando no seas nada más que ser,

Si llegas a la edad de la agonía!...

¡Cuando sepas, verdaderamente,

Que es ayuntamiento de muerte y vida!...

¡Entonces te diré quién soy,

Seguro, sí, que ya sin voz, Amiga!


Que se curan con hierbas eficaces

Los puros animales que te hablan

Allá, entre piedras inmateriales

El mundo real y la ciencia humana,

Donde, con una pelota

Los muchachos aparentes hediondos gozaban.

Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,

En esa vida no estuvo mi nada,

Ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.


¡Qué tarde llega el Tiempo

A su punto de olvido o de sensibilidad!

Viene arrastrando, como el aluvión,

De cúmulo, de suelo, de humanidad.


Que se curan con hierbas eficaces

¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,

Todo yo que cae con el Tiempo

Desde nunca siempre y para siempre jamás!

¡Qué madrugada eterna no dormida

Lo del revolverme en el hacer y en el pensar!


La Soledad es una roca dura

Contra la que arroja el Aire.

Está en cada pared de la Ciudad,

Cómplice, disimulándose.

Me arrojo o me arrojo, sin cesar

Yo soy mi impedimento y mi crearme.


La Poesía es, Amiga,

Inagotable, incorregible, ínsita.

Es el río infinito

Todo de sangre,

Todo de meandro, todo de ruina y

arrastre de vivido...

¿Qué es la Palabra

Sino vario y vano grito?

¿Qué es la imagen de la Poética

Sino un veloz leño bajo un gato írrito?

Todo es aluvión. Si no lo fuera,

Nada sería lo real, lo mismo.


El Amor no sabía

Sino tragarse su substancia


Y así la Creación se renovaba.

Todo me era de ayer, pero yo vivo;

Y a veces creo, y a la Vez me amamanta.


No soy ninguno que sabe.

Soy el uno que ya no cree

Ni en el hombre,

Ni en la mujer,

Ni en la casa de un solo piso,

Ni en el panqueque con miel.


No soy más que una palabra

Volada de la sien,

Y que procura compadecerse

Y anidar en algún alto tal vez


De la primavera lóbrega

Del Ser

No me preguntes más,

Que ya no sé...


Supe que no era lo que no era, no sé cómo,

y toda era

Hasta la cosa de mi nada.

Y fui uno no sé cuándo,

Persiguiendo, por entre numen y maraña

Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con

todas las armas,

Yo por todo paso que me hacía,

A ello persiguiendo... a la palabra

A cualquiera,

A la madriguera o a la que salta.


Si mi vida no es esto

¿Qué será la vida?... ¿Adivinanza?...

Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,

Y yo me reharé mi eternidad;

Lo que me falta,

Porque la eché... me estuvo un momento demás.

¿Sabes de los puertos encallados,

Del furor y del desembarcar,

Y del cetáceo con mojadísimo uniforme,

Que no nada y cae ya?

¿Sabes de la ciudad tanta,

Que no parece ciudad,

Sino cadáver disgregado,

Innumerable e infinitesimal?


Tú no sabes nada;

Tú no sabes sino preguntar,

Tú no sabes sino sabiduría

Pero sabiduría no es estar

Sin noción de nada, sino proseguir o seguir

A pie hacia el ya.



* La investigadora argentina Celia Paschero, enamorada de las letras con sabor y gracia, llegó en 1961 a Perú para realizar su tesis doctoral sobre La Poesía Peruana Contemporánea. Cuando recibió la invitación de escribir un artículo para el diario argentino La Nación, decidió dedicarle tal espacio al poeta Martín Adán, quien ella consideraba había pasado desapercibido por lectores y críticos debido a su vida relajada y bohemia, por su alcoholismo alegre con el que visitaba limeñísimas bibliotecas etílicas. Es así que en una carta le pidió a Adán que se alejara de esas costumbres y le escribiese datos concretos sobre sus letras y su vida donde "se sienta su sangre y su piel". La carta, de una delicadeza filosófica y misteriosa, con la que el poeta le respondió a la ingenua y casi tierna Celia fue esta.



La mano desasida (Canto a Machu Pichu)


La presencia (Fragmento)


¿Qué es la presencia, Machu Picchu?

¿Eres la roca o el aluvión?

¿Eres el tejado o el gato?

¿Eres mi cuerpo o mi amor?

Cuando yo baje por tu madre sabida,

¿Quién seré yo?


Sí, toda era como entonces,

Todavía antes del principio

Eran roca y ser, de donde aún nace

Y sangra el deliberado sacrificio.


Todo eres

Como el labio del recién nacido,

Desdentado o como el del viejo

De la parábola del cigarrillo.


¿Cuándo y cómo eres humano,

Yo el solo humano, y tú hermano y mío?

¿Y qué diré si la palabra

que pesa y pasa tan poco como tu equilibrio?

¿Qué diré sobre tu edad?

¿Qué diré sobre tu río?

¿Qué diré de la indiecita adolescente

Que se baña en chorro, planta de alarde sin sentido,

Desnudez sin amor y sin odio,

Exacto y superfluo y hediondo y oscuro río?

Pero tú estás, piedra de cerco

De todo, límite inmerso y exiguo,

Palabra precisa,

La que yo rehúyo y persigo,

Celestía concreta, duro abatimiento,

Signo...

Carne fétida que dice que es la vida,

Y la vida eres tú, piedra sucia e inodora

Y en tu modo de mirarme, bruta y lírica;

Piedra humana, tremendamente humana,

Toda de terror y de delicia...

¡Tú que bajas del piso quincuagésimo,

Tú, par de ojos de estupor y de malicia,

Tú que traes en el maletín,

Tu muerte y tu vida,

Y tu imagen y tu kodak,

Y tu verdad y tu mentira!...

¡Tú, manera de ser ante lo eterno,

Fotograbado y melancolía,

Y enteramente de aquello de que dudo,

Y seguir adelante con el guía!...

¿Cuándo, Machu Picchu, cuándo

Montaña, llegaré a la orilla?


Pero cuando tú mueras, Machu Picchu,

Dónde me iré, con qué iré, con mi sonrisa

Y con mi carne y con mi hueso y con mi casa

Y con mi herejía,

Y con mi traducir lo del latín gorrión,

Y con mi misa,

Y con no sé qué porque me llegó tarde el ser

Al no ser la hora

Al caerse de abajo la vida.

¡Y este no ser nada sino hablar ante el verso!...

¡Y este temblar ante Dios que es la vida!

¡Y este mirarte y muerte, Piedra

De allá arriba!...

¡Este sentirse uno Dios ante la propia conciencia

Y ante la propia herejía!...

¡Este haberte hecho un humano como yo,

Que no era el Profeta de la Biblia,

Ni el Hombre de las Nieves,

Ni el Gorila!...


¡Este tu ser a mi medida humana,

Sin suelo, sin habitantes y con sola tu agonía!



Underwood


Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad

sin inquietudes estéticas.

Por ellas se va con la policía a la felicidad.

La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.

No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.

Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas

de tráfico.

Las casas rumian sus paces de buey.

Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.

Límpiate de entusiasmos los ojos.

Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.

Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y

tu sonrisa para después de la cena.

Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de

oficina.

El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está

de otro modo.

Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la

ciudad y con los hombres.

¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino

tu alma.

La ciudad lame la noche como una gata famélica.

Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.

Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna

clase.

Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.

Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido,

casi un personaje suyo.

Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.

Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas:

las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria,

etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.

Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.

Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.

Porque no quieren creer que todo es irremediable.

La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que

ir con revólver.

Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.

Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.

Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría

nunca. Él no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta

apoya a los moderados.

El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado

decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho.

Cuando no lo está, abomina de la borrachera o ama a su prójimo.

Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los

hombres.

Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.

Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a

cada instante y no viven nada.

He aquí mis prójimos.

La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.

Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas

ni mujeres.

Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.

En punto a honradez, no soy de los peores.

Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.

Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.

Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.

En cambio deseo el cielo.

Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.

Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son

tintes alemanes.

Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi

nada hombre.

No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser

como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.

Ahora en las calles hay un poco de sol.

No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando

manchas en el suelo como un animal degollado.

Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única

caridad, el único amor de que soy capaz.

Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana

pero verdadera.

Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos

un poco perros)-.

Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con

serenidad.

Pero los hombres tienen posvida.

Por eso dedican su vida al amor del prójimo.

El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo

vacío…

Diógenes es un mito -la humanización del perro.

El anhelo que tienen los grandes hombres de ser

completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser

completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.

Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de

oírme a mí mismo.

Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que

ensaya las grandes felicidades.

Pero la felicidad no basta a ser feliz.

El mundo está demasiado feo, y no hay manera de

embellecerlo.

Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y

fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.

Yo me siento las manos delicadas.

¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.

O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.

Tú no tienes las ojeras demasiado grandes.

Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con

esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con

perfección.

Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando

durante la travesía aventuras como peces.

Pero ¿a dónde iría yo?

El mundo me es insuficiente.

Es demasiado grande, y no puedo desmenuzarlo en pequeñas

satisfacciones como yo quiero.

La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más…

Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.

El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.

Citeres es un balneario norteamericano.

Los yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi

muerta.

El panorama cambia como una película desde todas las

esquinas.

El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas

de cigarrillos. Pero ésta no es la escena final. Pero ello es por lo que

el beso suena.

Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección,

satisfacción, deleite.

¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?

La tarde ya se habría acabado en la ciudad. Y yo todavía me

siento la tarde.

Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los

malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre

que no ha pecado nunca.

Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.

A casa…



VIII


Llego a verde absoluto,

regresando; y no es el valle.

¡Y cómo pesa el pie,

calzado de espesa sangre!

Andando sobre mí mismo,

yo me procuro, cargándome;

y cada cosa me orienta

a un coágulo de sangre.

Miro buey: dos ojos ciegos,

que lucen a eternidades,

bajo testuz que es un vaso

de ofrenda de dura sangre.

Miro regato, de córnea

que una vez miró, vivace:

una lividez de párpado,

rusida de quieta sangre.

Casi humus, casi luz,

vasta electricidades,

los trigos ganados tremen,

vibran: ¡que abreve la sangre!

Nieves de cimas y cirros,

alcores de claras sales,

toisón del cordero albo

morirían para sangre.

¡Ay, que paró el que seguía

como el eterno romance!...

Y se me va la palabra

como se iría mi sangre.

Y escuchando a luces mudas,

aprehendo lo impenetrable:

que todo mi sangre vierte

si no lo agita la sangre.



Todo lo ignoras porque eres de piedra


Todo lo ignoras porque eres de piedra,

Todo lo ignoras porque es otro el día;

Todo lo ignoras porque es otro el río

Y sigue siendo así todavía.


Nada es realidad sino de enfrente,

Y con mi mano encima, encallecida.

¡Cuando tú sepas por qué fue la ojera,

Cuando tú sepas lo de mi camisa,

Cuando lo sepas todo, piedra noble

Si lo sabes, piedra caída!


Vivían todos porque ya vivían

¡Que todo caiga, Piedra!

Todo reviva,Todo sea,

La otra vez, el tiempo

El tiempo de minúscula e idea,


Este cuerpo de estar

Y de amor de belleza

¡No reparar en rima, Todo sea del pie a la cabeza!

¡Toda la letra que no se interpreta

Todo será en un día,


Mi sudor de verano,

Y mis pies sucios,

Y mi vida por de fuera

Todo lo que no soy y que me viva

Ya lo sé, yo enfermo de mi primavera!



Dolce Affogato


Arrúllase dentro de sí el alma, y comienza a dormir

aquel sueño volador.

Fray Luis de Granada.


Wie soll ich meine Seele halten,

Dass sie nicht an deine rührt?

Rilke.



- ¿Y qué licor seré asaz dulce y fuerte!...

¡A sed así, que da y desdona vida!...

¡A ardicia y boca de voz desoída!...

¡A fuego que me abate y no me vierte!...


- ¡Ay!... ¡que El me quiso loor de abeja en suerte

De procurar a eterno fruición fida!...

¡Mas tímpano... témpano... mi medida...!

¡Favo que obro y resulto, arte... muerte!...


- ¡Ay!... ¡si no he sino poesía pura,

De glabra miel y con senil friüra,

Que flujo de floraina envenena!...


- ¡Ay que no he de rendir más que tributo

En mano inmóvil, de panal enjuto,

Cuando Su sombra ahúme mi colmena!...



LITORAL


En el steamer de un Capstan que huma los añiles del horizonte primo, del gris amoratado, navego por gaviotas que sucumben a miles y por islas de vidrio que se apartan a nado.

Las nubes camareras de a bordo, en sus mandiles, con helias ceras lustran el vapor encerado. -Día, uña esmaltada, sonrojo de marfiles en la vergüenza boba de haberse desnudado...

Yo traigo en la maleta mi pipa de cerezo y en la boca la menta de un exquisito beso, capricho de tres dólares, caramelo redondo...

-La playa, que bucea, se trae caracolas-: el cielo, el sol...-, los huesos náufragos de las olas... Señal de que ha bajado hasta el fondo más hondo.


ESQUIZOFRENIA


Manicomnio del alba, asilante un lucero friolero, adormilado, tan ave todavía… -Apenas la tarde se pone luz ap-te-ro, cuerdo, inmóvil, etcétera, a toda celestía.

En la rama cimera de un arbógeno aguacero, estrellín, estrellón, anoche se dormía, el pico bajo el ala, a un grado bajo cero, sin hembra al lado, al lado de un viento que rugía.

Hora aletea torpe con las alas rociadas; loco de soledad, se ignora estrella y pía en tema de ave y topa con las brisas cerradas.

-Avestrella, delirio, patetismo mentales… Los anteojos de Núñez deploran tu manía en ciegas adherencias de orvallos lacrimales.

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