Si encuentras en el camino a Buda, mátalo. Análisis de la Guerrilla Elegante

Actualizado: 7 de mar de 2019


El autor de La Guerrilla Elegante, disparando a las estrellas con un paraguas y acompañado de la mujer de su vida

Si encuentras en el camino a Buda, mátalo.


Con este intro, nos abrimos paso a la última publicación de José Natsuhara, “La Guerrilla Elegante”.


El libro compone 190 páginas incendiarias, donde el autor nos comparte su pasión por la poesía y la vitalidad de su creatividad, en urgentes y densos poemas que insisten la necesidad de encontrarse a uno mismo recurriendo constantemente al uso de la destrucción y la ternura como argumentos de purga de los males de siempre. Cuestionando la cultura del espectáculo en la poesía y la crisis de esta misma en todos los niveles, sin huir de la realidad o refugiarse en la incompleta belleza, sino más bien enfrentándola. Para él, la belleza nace de esa realidad hackeada por el arte, y es en éste arte donde suceden todas las posibilidades.


La guerrilla elegante es un libro que, si bien suena a manual de combate, es a la vez el halls amargo que persiste a lo largo de sus poemas, aún en medio de la obstinada resaca y el cansancio que pueda provocar la soledad en el trayecto de su lectura y en el vivir de su autor. Pero, ¿de qué guerra hablamos?


El fin probablemente no es un punto fijo en el horizonte, ya que su trabajo no escapa de lo impredecible o de los procesos de interpretación de cada lector. Pero hay algo que lo caracteriza y define por una asimilación casi intuitiva, una asimilación que parece ser consecuencia del nihilismo. De ahí la necesidad de que el lector no sea un ente pasivo, sino alguien que en algún lugar de su alguien se desintegre hasta el punto más inalterado, y no por el autor, sino por su propia asimilación. Como en uno de sus poemas menciona, “regresar al punto más natural y puro del Odio”.


Esta forma de sacudirse de toda la información que nos da forma, que nos hace ser solo imagen por la carencia de dinámica, la ausencia de conexiones fluidas entre los átomos internos y la grandeza del universo. Por más que la relatividad suceda en cada ser vivo y asteroide, si el ojo está ciego, todo pasa sin ser apreciado.


En ese sentido, Natsuhara toma partido desde la filosofía, su compromiso político, social, de hacer poesía para todos, accesible a todo ser no necesariamente iluminado.


Aquí es cuando comprendemos que la enfermedad está en nosotros, es en nosotros donde se almacena toda esa información que nos hace ser inertes. Lao Tsé decía, “Es en nuestros cuerpos donde suceden todas las tragedias”.


La pasividad hace de la vida carente de decisión, porque acepta el “made in” del software con el que crecemos, y el game over con el que nunca existiremos; y ve a al arte como un pasatiempo o entretenimiento. ¿La poesía debe cohabitar con la realidad? La Poesía no es un juego, dice Natsuhara.


La poesía es nuclear.


Y la guerra de la que hablábamos es contra el ego, contra esa pasividad que solo hace vivir lo que la realidad hace de nosotros.


Para él, la poesía no debe ser ajena de la realidad. Dice que la poesía contemporánea y gran parte los poetas contemporáneos se han alejado de los compromisos políticos, sociales.


Esa posición de mantenerse al margen, de obviar, porque se cree que el mundo está tomando su naturalidad diversa, donde los grandes relatos murieron, y que de por sí, la poesía golpea el muro. Es combatir la realidad con guantes blancos. Lo cierto es que, la diversidad solo sucede en algunos sectores sociales y la globalización está matando expresiones. Además, los grandes relatos que se creían muertos, nunca murieron, más bien son los que alimentan las guerras de hoy, las políticas de hoy, los fundamentalismos de hoy. Todo eso de alguna forma será parte de la ligereza con la que contribuye la inerte posición de lo que debería ser un poeta. Un anarquista.


Los personajes de Natsuhara encarnan esta realidad, sobreponiéndolas en paisajes futuristas, la Lima con sus conos, sus barrios fichos, vendedores de la calle, las chelas, las jergas, escritores de comics, las travesías por el interior del país y los amores de frontera. Habla de ciertas especies de animales que experimentan el trajín del nihilismo, el capitalismo, el vértigo de pasar por los círculos de poesía incubando pesimismo, explosión, cenizas, y ver nacer la flor nueva.


Al final no se trata de exponer el miedo a la propia existencia, lo que significa algo, es en cierta medida, lo que uno quiere, y que, en esa pequeña posibilidad restante e inhabitable encontremos al autor a pesar de lo vertiginoso que pueda ser estar expuesto a la sinceridad, porque la sinceridad no está abatida del todo. En medio de ese abatimiento siempre estuvo la esperanza, la esperanza del amor, aferrando su ternura a la existencia y de vez en cuando a los brazos de alguna bella muchacha.



Donny Portillo Ferro, Apurímac.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería