Sobre "Bala Perdida" de Aldo Salvini | Arte Pirata #02



Arte Pirata #02, una columna de David Chávez Segura

“Si te matas… No hagas escándalo” reza el lema escrito en la pared, en una apurada sentencia inicial que sirve de declaración de los principios que regirán Bala Perdida (2001), opera prima del director peruano Aldo Salvini, un drama surreal que cuando menos sirve de ejemplo de la liberación de demonios personales y sociales a través del cine y de cómo personajes secundarios pueden darle estabilidad y realzar una película por momentos desatada en su resolución interpretativa. Se basa en Noche de Cuervos del periodista Raúl Tola, novela sobre los excesos juveniles, que trata de emular con relativo éxito la fórmula visceral beatnik inspirada en trabajos literarios que abordan la drogadicción como la obra de Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs, pero en parte también la crudeza de Charles Bukowski. Un grupo de supurantes adolescentes limeños, entre los que resaltan por sus dilemas X. y Rafa, van al Cuzco en un supuesto viaje de promoción principalmente para abusar de la cocaína, la violencia y la hormonal juventud. Las personalidades de estos chicos, que pueden representar bien al estereotipo de adolescente racista capitalino, se hacen patentes a medida que son atrapados por las circunstancias, algunas de ellas sexualmente reveladoras, como cuando se burlan de los autóctonos habitantes de la ciudad Imperial que pasean sus animales por los callejones fantasiosamente iluminados y les piden que mejor aprendan a hablar castellano. No es raro dado que se trata no de un viaje cualquiera, sino de uno que terminará por ser un recorrido de exploración y descubrimiento de los extremos del terror y el vacío. Un viaje de promoción a la ciudad andina mágica por excelencia, termina por desencadenar las frescas, pero palpitantes mentalidades de estos muchachos que parecen prófugos de algún reformatorio. Abordar la juventud desde esos caracteres puede tomarse como una crítica al inservible sistema educativo, reforzado por el hecho de que, en la introducción, mientras se presentan a los integrantes del grupo, no se les dota solo de un nombre sino también de sus respectivas bajas calificaciones en Religión, Conducta, Química e Historia. Mediante flashbacks en los que el protagonista se desdobla para acompañarse a sí mismo de niño, descubrimos que la problemática dinámica familiar le llevó a embriagarse desde niño para evadirse, lo que es un mensaje de lo determinantes que son las relaciones familiares en la deformación de un sujeto corrupto. La vorágine en el recorrido del Cuzco - sus paisajes, discotecas, prostíbulos y callejones- se torna, con razón de las drogas, somnolienta y multicolor, solo para interrumpir ese letargo con la aparición de Pamela, la portadora del desaire y desamor de X., quien declara abiertamente avergonzarse de ser casto y ve en ella un canal de liberación. Charly, el personaje del reconocido actor de origen indígena Aristóteles Picho, es el colmo de la sordidez en su condición de místico brichero, organizador de sesiones de chemsex en las ruinas de Machu Picchu, y puede considerársele el ente revelador de toda la historia. Los crípticos mensajes que deja y la mirada penetrante acentuada por un ojo blanquecino, son solo rasgos que definen al portador de un conocimiento aún profano para los inexpertos muchachos. Pero es el padre de X, un cocainómano interpretado por Gianfranco Brero, el que hace de su personaje un ser que va de la irremediable resignación de padre violento hasta la alucinada perversión travestida en un burdel surreal donde puede verse también a otro sujeto, Alberto Ísola, leer, en medio de un extraño harén, cierto pasaje del Infierno de la Divina Comedia:


Y yo en tremenda confusión las mientes Dije:

“¿De quién, maestro, es ese grito

y quién son esas tan perdidas gentes?” El ritmo de los diálogos, las frases escritas como afiebradas resoluciones mentales, los planos aberrantes, el uso de filtros de luz que resaltan el carácter erótico y alucinado de las escenas y que le llegan a dar una atmósfera teatral a los sucesos traumáticos en los que X. es un espectador de sí mismo en medio de la violencia doméstica o cuando su padre lo inicia en la cocaína, están dosificadas de forma que a medida que la historia se desarrolla comprendemos que se trata de la historia de la intoxicación y mal viaje de un adolescente frustrado sentimental y sexualmente. Surrealista en el mejor de los casos, la estética adoptada por el film juega en pared con lo onírico. Volver en sueños a la época de colegio, revela una inquietud e inseguridad respecto de la madurez actual de cualquier hombre, porque generalmente es en las épocas escolares donde la identidad se va formando al ritmo de las experiencias vividas, los amigos con los que se convive y los sucesos que marcan generaciones. La violencia, el amor, la sexualidad dejan de ser misterios para convertirse en escenarios emocionantes y, en el peor de los casos, traumáticos.

17 vistas

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería