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Una reflexión a partir de la poética de Mary Grueso | Tren de papagayos #05


Tren de papagayos #05, una columna de Saúl Munevar

Mary Grueso nació en la selva y se crio en el mar donde “Con acte se saca er peje [y se] roma la mapaná…” (1). Descendiente de abuelos esclavos, la poeta encuentra la fuerza de su poesía en sus raíces, en su etnia, en sus hermanos de patria que trajeron el arte de la minería, el saber navegar por los ríos, la construcción de palafitos, y lo más importante, la tradición oral. Con voz de cantautora de la selva, declama con fuerza sus poemas respetando la pronunciación del castellano por los afrodescendientes; esa lengua impuesta sobre la lengua nativa de los negros. Porque su poesía es un viaje, un viaje que empieza en África, donde concluyen todos los ríos de las civilizaciones, y el canto de la poeta evoca con nostalgia y dolor. Canta al Chocó y a Buenaventura; canta a su condición de mujer afro y al amor perdido; canta a la flora y a la fauna del litoral. Y alza en alto aquella historia de hombres negros vendidos como mercancía para ser esclavos. Parte del trabajo de la poeta es, también, rescatar elementos propios de la cultura afro y, ante todo, el orgullo de su negritud. Su grito es de protesta ante la historia, y sobre todo la historia colombiana, a la que ella reclama el reconocimiento del protagonismo de la raza negra en Colombia como estructuradores de este país. A la voz de Mary Grueso se han unido, sin proponérselo, otras que sin distinción abogan por que el legado literario de la etnia negra esté al mismo nivel de reconocimiento de otras y no sea estigmatizado por provenir de un sector de la sociedad, si no por aportar a la multiculturalidad de un país fruto del mestizaje, también presente y fuerte en las letras nacionales.


Parafraseando un poco al escritor Eduardo Galeano, me atrevo a hacer una modificación del texto El 12 de octubre de su libro Bocas del tiempo: Hacia 1520 los hombres secuestrados en África descubrieron que eran negros. Descubrieron que eran mercancía y que la pintura de su cuerpo que los vestía era igual a la desnudez. Descubrieron que su caminar contoneado, su baile y su música eran una forma de adoración al diablo. Descubrieron que no tenían alma y su color de piel era sinónimo del demonio. Descubrieron que tenían un dueño y a él debían trabajo y total obediencia. Que sería motivo de castigo, incluso de muerte, volver a adorar a Shangó, a Yemayá o a Babalú. Que debían adorar al señor dios junto a todas sus vírgenes, ángeles y santos. Que podrían perder la lengua si volvían a hablar en yoruba, suajili u otro “dialecto”. Y las mujeres que encontraran la cura a sus males en las plantas, las semillas y las raíces, serían condenadas a la hoguera por practicar la brujería.


En su poema Si Dios hubiese nacido aquí puede interpretarse como una forma de reclamación al dios católico, y más que al dios católico, a la iglesia, ya que de ellos vino esa declaración y apoyo a la esclavitud al justificar por parte del papa Alejandro VI que los negros no tenían alma. Si, dios tenía que haber nacido aquí, porque “somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen de África. Y Adán y Eva debieron de ser negros” (2)y parece que Dios y la humanidad sufren de amnesia; la amnesia que no recuerda la pobreza, la injusticia y la sangre, como si la melanina de la piel fuera una justificación para el elitismo social: “Si Dios hubiese nacido aquí, /Aquí en el Litoral,/ Sentiría hervir la sangre/ Al sonido del tambor./ Bailaría currulao con marimba y guasá,/ Tomaría biche en la fiesta patronal,/ Sentiría en carne propia/ La falta de equidad/ Por ser negro,/ Por ser pobre,/ Y por ser del litoral.” En el poema hay un sincretismo escondido, porque las religiones africanas debieron camuflarse detrás de los santos católicos. En Colombia falta entender esto sin satanizarlo; si fuéramos consientes que los esclavos debieron renunciar a los nombres de sus deidades y empezarlas a llamar católicamente a Santa Bárbara por Changó o la Virgen de la Caridad por Ochún; comprenderíamos aquellos versos si en vez de Dios, como ente referencial y universal, la poeta utilizara el equivalente y supremo Olodumare, quien “es un dios único, omnipotente y creador del todo. Olodumare (señor al que va nuestro eterno destino), es la manifestación material y espiritual de todo lo existente. Para representar al dios no tiene altar, emblemas ni señales.” (3)


Alza su voz contra el racismo, aún persistente en nuestra sociedad. Además, que no hay reconocimiento a la labor para construir este país, y otros más, los afros también han sido despreciados, estigmatizados, etiquetados, y no se les reconoce abiertamente su pensamiento creativo. Aunque en otro país la figura del afro es exaltada y resaltada como factor social edificante de la sociedad desde hace años, en Colombia ese tipo de lucha es reciente. Basta con escuchar cómo alguien utiliza el calificativo de “negro” para ofender, de la misma forma que se utiliza el calificativo de “indio”. Mary Grueso nos canta así en Negra Soy: “¿Por qué me dicen morena? / Si moreno no es color/ Yo tengo una raza que es negra, / Y negra me hizo Dios. /Y otros arreglan el cuento/ Diciéndome de color/ Dizque pa` endulzarme la cosa/Y que no me ofenda yo.” El poeta senegalés Léopold Sédar Senghor nos entrega un poema que, con algo de humor, nos ofrece este juego de palabras para reflexionar: Querido hermano blanco. Querido hermano blanco, /cuando yo nací, era negro, / cuando crecí, era negro, / cuando estoy al sol, soy negro, / cuando estoy enfermo, soy negro, /cuando muera, seré negro. / En tanto que tú, hombre blanco/ cuando tú naciste, eras rosa, / cuando creciste, eras blanco, / cuando te pones al sol, eres rojo/ cuando tienes frío, eres azul/ cuando tienes miedo, te pones verde, / cuando estás enfermo, eres amarillo, / cuando mueras, serás gris. /Así pues, de nosotros dos, / ¿quién es el hombre de color?


Cuando hubo la liberación de esclavos en 1852, la mayoría de los libres optaron por ir hacia las orillas del río y del mar como pescadores o bogas; al contrario de los indígenas que optaron por las tierras altas y se internaron en las selvas. La cercanía a las aguas debió ser lo más parecido a los paisajes de África, tales como el Congo, Angola, Ghana, Costa de Marfil, Guinea, Sierra Leona, Senegal o Malí. Así como la cantautora Totó La Momposina resalta en una de las versiones de El Pescador la labor humilde, ardua y constante de un hombre que brega en la mar, pero no tiene fortuna y sólo le queda su atarraya. Mary Grueso nos dice en una parte de su poema “¡Que güelva mi mujé!” “(…) Y es por esa negra/ que la pena me va a acabá/ y cojo mi atarraya/ y empiezo a atarrayá. /La marea sube y baja/ y yo estoy en alta má/ pensando que llego al rancho/ y mi negra allá no está. / ¿A dónde estará mi negrita? / ¿Cómo se olvidó/ de tantas cosas buenas/ que a mi lado pasó? / Toitico se lo daba/ lo que poría yo/ trabajaba a sol y agua/ porque era mi adoración. /Me dejó sin motivo/y se fue con el patrón (…)”. Alguien tenía que responderle al “Boga ausente” de Candelario Obeso cuando mientras remaba se preguntó por su negra en 1877: “La negra re mi arma mía, /Mientra yo brego en la má, /Bañao en suró por ella, / ¿Qué hará? ¿Qué hará? /”. Y el boga supuso: “Tar vé por su zambo amao/ Doriente sujpirará, / O tar vé ni me recuerda.../ ¡Llorá! ¡Llorá!” Porque la mujer negra ya no se sienta a esperar a su zambo amado por siempre como en una novela romántica, la mujer actual revindica también una liberación femenina que empieza a través del canto, de la poesía, el arte, la danza, la actuación. Ya no son el “ente exótico del paisaje” sino la protagonista de un país tantos años encerrado en un patriarcado y un machismo que obstaculizó la visibilidad de la mujer en la sociedad.


¿Cómo podría prevenirse el racismo y la discriminación en las escuelas? Los cuentos y los poemas de la Mary Grueso Romero pueden ser el insumo principal para una labor pedagógica donde el principal objetivo sea la siembra de conciencia frente a la otredad y la alteridad frente al otro. Dentro de sus obras infantiles sobresale La muñeca negra. La historia trata de una niña que a falta de juguetes juega con las cáscaras del plátano, las cuales asa después para comérselas después. De igual forma percibe la masa de hacer pan como un elemento para fabricar muñecas que después se convierte en comida y se comparte. Un día la niña le pide una muñeca a la madre, pero ella le dice que se la pida a Dios, sin resultado. Después se la pide a su padre, pero este le dice que se haga una muñeca de trapo. La madre al final decide hacerle una de tela, con este sencillo regalo la niña se conforma. La escritora tiene un poema intitulado de igual forma, incluido al final del libro como epílogo. (4) El poema y el cuento pueden tomarse como un cuento inocente e ingenuo, pero de otro lado refleja el estado de pobreza que, por estigma o arquetipo normalizado, se suele relacionar con la raza negra. Si se interpretara como una crítica el personaje religioso que se menciona aparece reflejado en un distanciamiento natural por ser una deidad creada por los blancos. Pero la pobreza no significa ignorancia o falta de inteligencia. Es precisamente en medio de la precariedad donde la recursividad aflora para buscar soluciones prácticas. Ejemplo es el hecho de ser la madre quien construye con sus propias manos una muñeca que se parezca a la niña. Aquí aparece otro elemento que puede interpretarse como una crítica. El mundo de la juguetería viene clasificado para niños y para niñas. En el caso de las niñas hay una industria que ha monopolizado el mercado infantil con muñecas que han llegado a establecer estándares estéticos y que no reflejan la realidad del cuerpo de las mujeres, y en muchos casos son poco inclusivos en cuanto a etnias. Entonces, ante este panorama ¿cómo sembrar conciencia? La respuesta podría estar en la acción de la docente Carmenza Novoa, maestra de básica primaria en el colegio Alfonso López Pumarejo, en la localidad de Kennedy, en Bogotá. A partir de un caso particular con una estudiante afro en su salón rodeada de soledad y timidez. La docente ante esta situación decide llevar una muñeca fortuita, pero no cualquier muñeca, es una muñeca negra. Y le asigna de cuidadora a la niña. Causó tal revuelo e interés que los demás niños empezaron interactuar con la niña nueva y también con la muñeca, a la que le colocaron un nombre particular: Blanca Luz. Desde entonces la docente empezó a usar este método como una pedagogía de la empatía hacia el otro desde la persona misma y no como una clasificación innecesaria en etnias. Lleva más de quince años con este proceso y los resultados han sido admirados y reconocidos.


Si es posible una reivindicación de la raza negra a través de la pedagogía. La literatura afrocolombiana puede ofrecer un espectro de ideas que puede sembrar conciencia en la niñez para que no sea juzgado el hombre por su color de piel sino por el contenido de su espíritu. La voz negra como manifestación universal; por eso la poeta afirma que su poesía lo es, porque en cualquier país o región donde la esclavitud negra haya sucedido habrá una voz, una canción, un poema, una novela, un testimonio, un tejido, un lamento que sostenga una historia personal que grita en el fondo de la selva, a la orilla de los ríos, al lado del mar. África grita y seguirá gritando, porque la lucha por la búsqueda de una equidad es continua. Y todo artista de las letras ha puesto un grano de arena para tal fin: No nos olvidemos de Arnoldo Palacios, Jorge Artel, Helcías Martan Góngora, Manuel Zapata Olivella que también encontraron en su etnia un diamante negro en bruto, el más valioso, para las letras que han alimentado y destacado el estante nacional mientras se sigue puliendo.




Referencias


[1] El boga ausente, de Candelario Obeso

[2] Eduardo Galeano

[3] http://cubayoruba.blogspot.com.co/2006/12/olodumare.html

[4] Muñeca negra. Le pedí a Dios una muñeca / pero no me la mandó; / se la pedí tanto, tanto, / pero de mí no se acordó. / Se la pedí a mi mama / y me dijo: “Pedísela duro a Dios”, / y me jinqué de rodillas, / pero a mí no me escuchó. / Se la pedía de mañanita, antes de rayar el sol, para que así tempranito, / me oyera primero a yo. / Quería una muñeca que fuera como yo: / con ojos de chocolate / y la piel como un carbón. / Y cuando le dije a mi taita/ lo que estaba pidiendo yo, /me dijo que muñeca negra / del cielo no manda Dios; / “búscate un pedazo´e trapo / y hacé tu muñeca vos”. / Yo muy tristecita / me fui a llorar a un rincón, / porque quería una muñeca / que fuera de mi color. / Mi mama muy angustiada, / de mí se apiadó / y me hizo una muñeca, / oscurita como yo.

La web de TRÍADA PRIMATE y todo su contenido pertenece a José Natsuhara, amo y señor de los confines del arte contrasistema y asesino de palurdos ajetreados empleados de la vara y la patética sobonería